30 julio, 2021

Parashat Ekev

Lo que Dios exige En pocos versículos la Torá nos dice «¿qué pide .A. tu Dios de ti, sino que temas a .A. tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a .A. tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de […]

Tissot, Moisés con los Diez Mandamientos, Museo Judío de Nueva York – Foto: Wikipedia – Dominio Público

Lo que Dios exige

En pocos versículos la Torá nos dice «¿qué pide .A. tu Dios de ti, sino que temas a .A. tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a .A. tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de .A. y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad? He aquí, de .A. tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella. Solamente de tus padres se agradó .A. para amarlos, y escogió su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como en este día. Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz. Porque .A. vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho;  que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto» (Devarim 10: 14-19).

¡Qué palabras tan familiares! No es para menos. Decenas de veces aparece la prescripción de amar a los extraños y luchar por los oprimidos y olvidados, tan fácilmente referenciados pero, a quienes siempre se deja de lado.

Nos preguntamos, ¿qué hace el versículo que ordena «la circuncisión del prepucio del corazón, y relajar la cerviz»? La respuesta es que sin ese ejercicio que parece fácil pero que no lo es, no se puede «andar en todos Sus caminos, y que lo ames, y sirvas a .A. tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma». Únicamente cuando somos capaces de quitarnos nuestro blindaje podemos abrirnos a las experiencias de los demás y revelar al Creador. Para ello es imprescindible un trabajo espiritual interno sin el cual no se puede cambiar el mundo, y menos aún compartir de verdad con los oprimidos. No podemos tener uno sin el otro.

Hace unos meses nos preguntábamos cómo se verá del mundo después de la pandemia del Covid-19, especulando que el mundo ya no sería igual que antes, que aprenderíamos la lección. Hoy la pandemia sigue golpeando a muchas partes del mundo cobrándose víctimas fatales y expandiendo la pobreza más que antes… y quienes se van salvando, miran hacia un costado, y ni siquiera agradecen que sigan vivos y sanos y que tengan bienes que les permite satisfacer todas las necesidades.

Parece necesario más que nunca amar al extraño y alimentar al huérfano sin embargo las diferencias entre ricos y pobres son cada vez mayores. Quienes pueden se lanzaron a una carrera de gastos sin mirar al otro necesitado.

La justicia vendrá cuando nuestro corazón esté abierto y nuestro cuello flexible, cuando “hacer por” sea reemplazado por “hacer con” o mejor aún recibir instrucción de la viuda, el huérfano y todos cuyas voces hayan sido ignoradas.

Ekev nos dice que la buena vida se basa en buenas acciones: caminar en la senda de Dios y guardar los mandamientos. Debemos hacer estas cosas sin esperar ninguna recompensa: Dios hace justicia por el huérfano, la viuda y el extraño, así que debemos hacer lo mismo.

Pero si eso no es suficiente, estas acciones deben tomarse con el conocimiento de que Dios puede destruir, y ha destruido, a quienes no las hacen. No solo debemos hacer estas cosas, debemos hacerlas con todo nuestro ser y debemos enseñarlas a la próxima generación. Ya es bastante malo tener que cargar con estas complejas responsabilidades y explicaciones, pero tenemos que pasarlas a nuestros hijos.

El sufrimiento, el fracaso, el dolor, la recompensa y la alegría son partes de la existencia humana.

Ekev parece decir que las posesiones materiales pueden o no ser una recompensa por nuestro mérito; en algunos casos también pueden sernos entregadas por razones que nos harían retorcernos. Pueden ser más la pérdida y el castigo de otra persona que nuestra recompensa. Lo que debería preocuparnos no son las posesiones materiales, aunque deberíamos estar agradecidos por ellas. Más bien, nuestro enfoque real debería ser aliviar el sufrimiento, ser diligentes con la obligación de vivir de una manera piadosa, estar agradecidos por las cosas buenas que se nos presentan sin asumir que las merecemos e inculcar estos entendimientos en la próxima generación.

Vivir la vida consciente de estas complejidades puede ser la mejor manera en que todos podemos lograr una buena vida.

Un buen comienzo para ello es cercenar la coraza del corazón y el sentimiento, y no volverse altivo después de haber estado humillado o de ver el menoscabo y el empobrecimiento del otro.

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