Nuestro tiempo es azaroso como el de la Reina Ester

Reflexión con motivo de Purim

Esther y Mordecai escriben las cartas a los judíos,​ siglo V a. C. -​ Óleo por Aert de Gelder, 1675.​ Colección Hirsch, Argentina. – Foto: Wikipedia – Dominio Público

Rabino Yerahmiel Barylka

Cuando nos encontramos ya en el segundo mes de Adar del calendario hebreo, tan cerca de Purim, lo que sucede en el mundo bajo nuestras narices tiene mucho de arriesgado, fortuito, y aleatorio, lo que nos provoca turbación y temor que no podemos controlar. Como si la humanidad se encuentra en un post trauma que no puede curar y sus líderes hayan perdido su sentido común y su inteligencia afectiva.

Lamentablemente, lo que vivimos en estos días, no es un juego jocoso de Purim como los que entretienen a los niños. Se trata esta vez, otra vez, de enfermedades de difícil control y de acciones de políticos y militares, sin principios morales.

Me refiero a la guerra que se está produciendo debajo de nuestras narices en Europa, con tantas víctimas mortales y tantos refugiados que buscan en el frío insoportable, un techo y un alimento para poder sobrevivir, y al Covid-19 que todavía no nos abandona.

Recordemos que ya la Torá nos relata el nefasto asalto contra los hijos de Israel, de parte de Amaleq que se llevó a cabo alevosamente, en forma aleatoria y espontánea, sin que existiera ninguna provocación previa y fuera de todo contexto. 

De allí que la nación de Amaleq, de la que procedía Hamán, se asocia a menudo en nuestra memoria histórica, con la doctrina del azar, la creencia de que todos los asuntos del mundo se desarrollan sin dirección o propósito determinados, sin ton ni son.

Tan baja que fue la agresión que la Torá nos ordena: «Acuérdate de lo que te hizo Amaleq en el camino cuando saliste de Egipto…   de cómo te salió al encuentro en el camino… Por tanto, cuando .A. tu Dios te dé descanso de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que te da por heredad para que la poseas, borrarás la memoria de Amaleq de debajo del cielo; no lo olvides…» (Devarim-Deuteronomio 25).

Si nos moviéramos en la historia hasta los sucesos de la Meguilá de Ester, descubriríamos allí que Hamán consiguió persuadir a su soberano de liquidar a los judíos de su vasto imperio, en una secuencia contingente que terminó siendo evitada a último momento. 

Todo ello, cuando los judíos de la época estaban alejados geográfica y culturalmente de su tierra natal y de su identidad judía, hasta que las circunstancias lograron que, pese a que se habían desprendido por completo de sus raíces espirituales, la chispa de la devoción y la identidad que había permanecido intacta, pudo volver a encenderse.

Así se les cayó la «máscara» de casualidad aleatoria, con la participación de Hadasa, cuyo nombre persa, Ester, luego hebraizado, suena como «haster» ocultamiento-encubrimiento de la Presencia Divina, que luego se llamó el eclipse de Dios.

Ese grupo humano, pasó casi sin transición alguna, de su decadente jolgorio en el palacio de Ajashverosh, a las brigadas de autodefensa en un drama aparentemente fortuito.

Por eso celebramos el milagro de Purim escondiéndonos detrás de máscaras, ocultando nuestra identidad verdadera y comportándonos de una manera que parece muy distante de todo lo relacionado con lo correcto y lo esperado de nosotros. 

Los sabios talmudistas en Meguilá 7b, nos instruyen que «una persona está obligada a embriagarse en Purim hasta que no pueda distinguir entre ‘maldito sea Hamán’ y ‘bendito sea Mordejai'».  El mensaje que subyace a esta declaración, ciertamente muy peculiar, es que en Purim reconocemos al «Mordejai» dentro de cada «Hamán», la bendición dentro de cada maldición. Que todos tenemos dos facetas y mostramos alternadamente una de esas. Y quienes nos ven no entienden todo.

En Purim existe la mitzvá de beber hasta el enajenamiento, una obligación que contrasta con la firme postura de nuestra tradición de desalentar la borrachera y otras formas de perder noción de la realidad. Bebemos hasta el punto en que las líneas se difuminan, recordándonos que, en última instancia, que lo bueno y lo menos bueno está confundido. 

Durante el resto del año, debemos enfrentarnos a las duras realidades de la vida, distinguiendo cuidadosamente entre «Mordejai» y «Hamán», entre el bien que hay que promover y el mal que hay que derrotar, y trabajar para conseguir los objetivos del bien. No podemos permanecer indiferentes. No podemos ser espectadores paralizados en nuestra zona de confort.  

En Purim, por pocas horas, nos inspiramos en el optimismo de un descendiente de Hamán llamado Akiva, que se convirtió en un erudito recto, animándonos con el conocimiento de que la esperanza nunca se pierde, y el optimismo y la alegría pueden encontrarse en todas las situaciones y en las circunstancias más difíciles. 

Purim nos recuerda que debemos enfrentarnos y luchar contra el mal en todas sus formas, para lograr que, en última instancia, todo sea positivo.  La propia historia de Purim transmite el mensaje de que incluso la circunstancia más oscura y sombría se puede convertir en algo positivo.

En algún lugar, detrás de la máscara del mal y del sufrimiento, hay bondad, aunque nos cueste identificarla durante mucho tiempo y entretanto, pueden pasan muchas generaciones.  

No en vano, tal vez, la guemará quiso llamar nuestra atención sobre el hecho de que el descendiente de Hamán enseñara Torá específicamente en Bnei-Brak, en la ciudad de Rabí Akiva, el lugar asociado con el optimismo y la positividad desenfrenados.  Curiosamente, Rav Yehuda, el hijo de Rav Shmuel, es el que la guemará cita como introductor de la norma de «mi-shenijnas Adar marbin besimjá» -«desde que inicia el mes de Adar- y nos transmitiera el requisito de alegrarse con el comienzo del mes de Adar, ampliamos la alegría».

Tarea imposible, estar alegres cuando los tanques retumban y los cañones truenan y Rusia y Ucrania y ambas partes se acusan mutuamente de provocaciones, e inventan éxitos propios imposibles de comprobar y fracasos del otro. Por eso se equivocan quienes piensan que Adar provoca alegría. El mandamiento nos dice que, pese al dolor y al sufrimiento, debemos esforzarnos mucho, contra corriente de nuestros sentimientos para tener un paréntesis de alegría y optimismo.

Todo lo que he escrito hasta ahora se contradice, y es fácil de rebatir, impugnar, desmentir, oponer, y rectificar, como en una comedia de enredos.

Si. Esa es la lógica de Purim. Desatinada, irrazonable, e incoherente, inconsecuente, e inverosímil, tan extravagante, que parece ridícula, y engañosa, tal como es la lógica de la nueva guerra en Europa.

Leeremos la meguilá y «castigaremos» ruidosamente a Hamán, a quien cuando deseamos olvidar, es recordado estruendosamente por otros descendientes espirituales, que buscan y logran el exterminio de inocentes, sin piedad alguna, los que provocaron el martirio de rabí Akiva.

Daremos «Matanot laevionim» –obsequios a los pobres, a los perseguidos, a los refugiados, y manot, porciones de alimentos a nuestros semejantes, para provocar una tregua al dolor.

Este año, pese a todo, Purim demuestra una lógica impensable. Un raro raciocinio y entendimiento y una esperanza como la de rabí Akiva, de tiempos más alegres.

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