Una comedia negra de Haneke

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Por Henry Weich

“Sof Tov” (Happy end, Francia, 2017). Dirección: Michael Haneke. Al comienzo del film, una niña a la que no vemos pero es posible que se trate de Eve (Fantine Hardouin), retrata en su móvil la serie de acciones que hace una madre antes de irse a dormir, dándole a cada acción su nombre.
Después esa misma adolescente de casi trece años, a la que no vemos, prueba a ver el efecto de una píldora antidepresiva que toma su madre sobre el hámster que tiene en la casa y el resultado es la muerte del animal.
De ahí, de esas escenas grabadas en el móvil y la pantalla se adecua a lo que muestra el tamaño del aparato, se pasa a una toma lejana de un lugar en construcción y sucede en ese lugar hay un desmoronamiento, un accidente que interrumpe la actividad temporalmente y sin duda se trata de algo que caracteriza al cineasta austriaco, lo cercano no nos revela que es lo que sucede en la realidad de la película y lo lejano agrega un aura misterioso, es de señalar que en la película hay muchas escenas filmadas de cerca, de ahí surge un efecto dramático que el director quiere transmitir y realzar.
El film se centra en la familia Laurent, propietaria de la firma constructora donde tuvo lugar el accidente que en realidad es su responsabilidad. Habita una mansión suntuosa en la ciudad de Calais, ciudad a la cual muchos inmigrantes ilegales han llegado.
El padre de la familia es Georges (Jean Louis Trintignant) de ochenta y cinco años, sentado en una silla de ruedas. Lo que anhela es terminar esa vida que lo ha limitado y le ha pasado el comando a su hija Anne (Isabelle Hupert), una mujer determinada y no dada a fruslerías quien planea en un futuro pasarle el mando a su hijo Pierre pero dado su carácter errático las posibilidades son limitadas, tomando además en cuenta su aversión a la familia.
El otro hijo de Anne es Thomas (Mathieu Kassovitz), médico, que está casado en segundas nupcias y tiene un bebé, algo que no le impide tener un romance con una mujer con la cual intercambia mensajes nocturnos por Internet.
Luego de que su primera esposa es internada por una sobredosis de píldoras antidepresivas, Eve, con la cual no mantenía contacto pasa a vivir en la mansión. Es una niña que, a juzgar por lo que vemos en la primera toma del film, tiene características sociópatas y es poco probable que en ese lugar reciba la atención que le hace falta.
Al cuadro general se agrega la presencia de una pareja de sirvientes argelinos que están presentes pero como figuras marginales. A ese círculo de figuras frías y alienadas y si se quiere crueles, se agrega la figura de Lawrence (Toby Jones) que está de novio con Anne y que sólo aparecerá en lo más álgido de la acción.
Haneke no analiza las relaciones en y dentro de ese conjunto de personajes de la alta burguesía y a veces pareciera que las mismas son inexistentes, el espectador no se relaciona con alguna de las figuras y a veces aparecen esos inmigrantes antes mencionados, como por casualidad.
El film parece compuesto de fragmentos temáticos que impiden una narrativa coherente, probablemente se trata de la intención del cineasta eliminar toda traza de sentimiento, pero paradójicamente ese modo de diseñar a esa familia trae aparejado un sentimiento turbador de la esencia humana.
Es una creación hecha para observarla desde una perspectiva lejana, algo de las preferencias del austriaco, que nos oculta lo que sucede en la realidad pero nos da indicaciones posibles sobre lo que sucede, se puede tomar como ejemplo dramático la escena en la cual Pierre es enviado a compensar de lo ocurrido en el accidente.
El film no tiene la crueldad que caracterizaba a los anteriores como “Funny games” pero no le falta ironía, comencemos ya por el título que de feliz no tiene nada. Hay en el film menciones de otros de Haneke, por ejemplo Georges menciona a Eve, a la cual quiere de cómplice dejando de hacerse el senil, la manera en la cual dispuso de su esposa enferma en “Amour”. Y hablando de este film y otros grandes, el presente no es una de las películas notables del autor pero no carece de su sello personal e inconfundible. ■

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