30 agosto, 2021

Silencio de los inocentes

La semana pasada tuvo lugar la visita del primer ministro de Israel, Naftali Bennet, a la Casa Blanca.

Joe Biden y Naftalí Bennett – Foto: Casa Blanca vía Twitter

Elías Farache S.

La primera visita de un primer ministro al presidente de los Estados Unidos es siempre un gran acontecimiento para Israel, y en muy buena medida define el tono de las relaciones entre ambos países en lo sucesivo. El encuentro entre Bennett y el presidente Joe Biden se puede calificar de cordial.

Vale la pena hacer algunos comentarios.

En primer lugar, el encuentro tuvo que ser postergado de jueves a viernes.

El atentado al aeropuerto de Kabul, causó cambios en la agenda presidencial.

Ello provocó que Bennett tuviera que pasar Shabat en Washington, y esto y es ya parte del anecdotario histórico del Estado de Israel.

Naftali Bennett, un judío observante, cumple con las normas religiosas del día de descanso semanal y su comitiva tuvo que organizarle las comidas y rezos propios del sábado.

Esto es un incremento en cuanto a visibilidad de la observancia. Cuando Menajem Begin visitó la Casa Blanca, fue la primera vez que la cena de gala que ofrecía el presidente fue kasher, a diferencia de las visitas anteriores cuando el catering no era kasher y se traían platos especiales para los eventuales comensales observantes.

Las relaciones entre Joe Biden y el anterior primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu no eran precisamente las más cálidas.

Netanyahu fue muy agresivo en cuanto a denuncia a los cuatro vientos la inconveniencia del tratado nuclear con Irán.

Resultó muy incómodo para la administración de Barak Obama y para el vicepresidente de entonces, el mismo Biden. De entrada, la figura de Bennett auguraba un clima de menos tensión entre los mandatorios, y así fue.

La retirada de las tropas americanas de Afganistán y las consecuencias de esta, ahorraron al primer ministro israelí muchas palabras para justificar su posición en cuanto a la solución de dos estados para dos pueblos, en cuanto a las retiradas unilaterales o consensuadas.

La dramática situación que se vive en Afganistán y el número de atentados y víctimas hablan por sí solas acerca de la peligrosidad inherente a las retiradas y las cesiones de poder.

Pero el tema principal, casi único entre Biden y Bennett, fue la carrera nuclear de Irán y el peligro que significa, a los ojos de Israel y también de los Estados Unidos, un Irán con capacidades nucleares.

Netanyahu no estuvo presente, y seguramente ambos líderes no lo querían ni mencionar, pero el asunto de Irán copó la silente agenda en términos bastante similares a los que esgrimía Netanyahu.

A decir verdad, no se hicieron declaraciones importantes respecto al tema. Aquellas de rigor: que no se puede permitir un Irán nuclear, que Israel cuenta con el respaldo de los Estado Unidos, que Israel se debe defender por sí misma en caso de ser necesario.

Tampoco se tocó el tema del conflicto palestino israelí, ni su componente respecto a Gaza. Buen ambiente, algo de somnolencia, ninguna disidencia y muy poco tiempo de intercambio.

Queda demostrada la amistad entre ambas naciones, el compromiso de los Estados Unidos para su aliado del Medio Oriente en términos ya tradicionales.

Pero, en definitiva, a pesar de los comentarios positivos y la armonía predominante, privó un inocente silencio respecto a los asuntos críticos que afectan a Israel.

Cuando vemos las imágenes de Afganistán, cuando prestamos atención a lo que se hace y dice en Irán, solo nos queda esperar que el inocente silencio percibido sea el silencio de los inocentes y no la inacción de los irresponsables.

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