Pésaj: ¿Matze o Jametz?

El Jametz. Mi madre (Aida Daitch Z»L) siempre me insistía al llegar la época de Pésaj, la explicación que muchos rabinos dan al Jametz que representa al leudado, lo que hace que la masa «se infle o se levante», y esto hace alusión al orgullo. Obvio, entendido como «soberbia» usado en muchas ocasiones como un […]

Mesa preparada para el seder de Pesaj Foto: RadRafe Wikimedia Dominio Público

El Jametz.

Mi madre (Aida Daitch Z»L) siempre me insistía al llegar la época de Pésaj, la explicación que muchos rabinos dan al Jametz que representa al leudado, lo que hace que la masa «se infle o se levante», y esto hace alusión al orgullo. Obvio, entendido como «soberbia» usado en muchas ocasiones como un sinónimo, que se trata de un sentimiento de valoración de uno mismo por encima de los demás. Y claramente se define como un exceso de estimación hacia uno mismo y hacia los propios méritos por los cuales la persona se cree superior a su prójimo.

Igualmente, debo aclarar, que toda persona requiere de una cierta dosis de «sano orgullo», si por esto se entiende como todo sentimiento de satisfacción hacia algo propio o cercano a uno que se considera meritorio. El orgullo bien entendido alimenta nuestra autoestima, y nos alienta y nos da fuerza en nuestra vida laboral y social.

Resumiendo, la soberbia es «por sobre el otro», mientras el sano orgullo «gira en torno a la propia persona y no requiere o es independiente del reconocimiento ajeno».


La Matzá.

Por el contrario, mi progenitora, insistía que el pan ázimo es chato o llano, y eso alude a cómo debería ser todo judío. Es decir, humilde, donde el diccionario asiste, y claramente no se refiere a pertenecer a una clase social inferior, por el contrario, a la virtud moral contraria a la soberbia, donde el individuo sabe aprovechar sus cualidades y capacidades para obrar en bien de los demás sin decirlo.


La Hagadá señala.

Y la Hagadá o relato, inicia con las siguientes palabras: «Al principio nuestros antepasados observaron cultos extraños, pero el Omnipresente nos atrajo a su servicio», de tal forma que de entrada (nomás) fue Hashem y no nuestro mérito. Es decir, fue Él y no nosotros.

Y aun retrocediendo, la idea vuelve a ponerse sobre el tapete: «Por tanto, aunque fuéramos todos sabios, todos doctos, todos ancianos, todos conocedores de la Torá, ello no obstante sería nuestro deber el relato del éxodo de Egipto».

Para concluir este tercer bloque, debemos como siempre intentar llegar al punto de equilibrio entre nuestro sano orgullo de ser iehudim, sin caer en la tentación de creer que son nuestros propios méritos (derechos) son los que nos dan el crédito a modo de «privilegio o de alguna clase de status especial», o de pertenecer a una especie de «club de exclusivos» con permiso de ocupar un sitio y una silla en el  Seder de Pésaj.


Gratitud. Reflexión final.

No cabe duda, aunque experimentamos genuina alegría por nuestra libertad física de la esclavitud egipcia, y nos recostamos (utilizando un almohadón o cojín) hasta en cierta forma, somos como reyes en la mesa pascual, es necesario insistir que solo intentado ser simples y chatos como la matzá, intentando alcanzar una sincera humildad, que nos de la posibilidad de alejarnos del egoísmo y de la insensibilidad espiritual, y por este mérito (no cabe duda) fuimos rescatados de Egipto también denominado «la olla de carne».

Y entonces, vuelvo a citar la Hagadá: «Por eso tanto más gratitud doble y múltiple le debemos al Omnipresente, cuando Él nos sacó de Egipto, condenó a ellos y sentenció a sus dioses, etc..».

Y para concluir, como decimos en el paso del maguid o narración: «Este es el pan de la aflicción que nuestros antepasados comieron en el país de Egipto. Quién tenga hambre que venga y coma. Todo menesteroso venga y celebre la Pascua. Este año estamos aquí, el año venidero en la Tierra de Israel. Este año somos siervos, el año próximo seremos libres».

Y me permito agregar: libres de nuestras pasiones y angosturas o limitaciones. De nuestro falso orgullo y de nuestra soberbia. Contra toda nuestra limitación humana y contra toda lógica, poder volver a ubicar el verdadero y genuino perfil que como judío debemos tener y manifestar y expresar (conducta). Echando por la borda todo lastre de ideas o presunciones o pretensiones, o falsas ideas y de cualquier sobrevaloración fatua que pueda aflorar en nuestras mentes y corazones.

A todos los lectores de Aurora deseo ¡Jag Pésaj Sameaj!

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