En los albores de un nuevo gobierno

Ya está. Estamos estrenado un nuevo gobierno, que por primera vez en más de 12 años ha de funcionar sin la presencia de Benjamín Netanyahu, ni del Likud, ni de los partidos ultrareligiosos judíos. Se dice fácil, pero hasta hace poco, el que esto pudiera acontecer aparecía más bien como una fantasía, como algo fuera […]

Naftalí Bennett y Yair Lapid en la Knéset – Foto archivo: REUTERS/Ronen Zvulun

Ya está. Estamos estrenado un nuevo gobierno, que por primera vez en más de 12 años ha de funcionar sin la presencia de Benjamín Netanyahu, ni del Likud, ni de los partidos ultrareligiosos judíos. Se dice fácil, pero hasta hace poco, el que esto pudiera acontecer aparecía más bien como una fantasía, como algo fuera del alcance de esta sociedad. Y es por eso que estamos recién comenzando a aceptar la vigencia de esta nueva, insólita coalición de gobierno, con una confusa mezcla de esperanzas y temores, difícil de definir, aunque sin duda real. Pero por otra parte, las declaradas intenciones de este nuevo gobierno, obligado a adoptar políticas no sólo diferentes sino que contradictorias en varias áreas, apuntan a temáticas que -por coincidencia o por intención- parecen ser hoy por hoy prioritarias para la sociedad israelí.

En efecto, el Instituto de Democracia de Israel muestra en su más reciente encuesta (Israel Voice Index mayo 2021), que los temas más importantes para el público israelí se centran en el fortalecimiento de la unidad del pueblo (28.9%) y en el cierre de las brechas socioeconómicas (27.7%), mientras que temas tales como la amenaza iraní -el favorito del ex primer ministro- o la lucha contra la corrupción se sitúan muy por debajo en el orden de importancia (8.2% y 8.0% respectivamente). Pero es también digno de mencionar que esa misma encuesta indica que más del 35% opina que la principal amenaza que se cierne sobre Israel se refiere a las tensiones entre ciudadanos judíos y árabes, seguido de cerca del 20% de los encuestados cuyas preocupaciones se centran en las tensiones entre los partidos políticos (derecha, centro e izquierda) y otro 20% que pone el acento en el conflicto israelí-palestino. En esa encuesta, amenazas tales como la que presenta Irán o los conflictos entre jaredim y no jaredim se ubican en un segundo plano.

El esquema de prioridades que parece desprenderse de estos análisis y las declaraciones iniciales del nuevo gobierno no coinciden necesariamente con las actitudes que adoptarán -que ya comienzan a adoptar- los partidos de la nueva oposición, encabezados por el ex primer ministro Netanyahu, que  no cesa de insistir en la amenaza iraní acompañada de visiones apocalípticas, así como de autoelogios que llegan hasta el disparate; su último discurso como primer ministro es un ejemplo de ello. La campaña de oposición al nuevo gobierno, no cabe duda, será muy pesada, y no habrá oportunidad que deje de aprovechar, cualquiera sea su costo. Pero aunque existe conciencia de ello (en los medios de comunicación, expertos de todo tipo se desviven en  una verdadera competencia por llamar la atención sobre los riesgos que corre este nuevo gobierno, con énfasis en los ataques que provengan de Benjamín Netanyahu y su entorno), lo que prolifera es la sugerencia de esos mismos expertos, de cuales han de ser las temáticas inmediatas a ser abrazadas por el nuevo gobierno, que van desde el establecimiento legal de límites al tiempo que se puede ejercer como primer ministro, hasta permitir la circulación de transporte público los sábados, pasando por la figura del matrimonio civil y por la erradicación de la violencia criminal en las localidades árabes de Israel.

Pero a mi juicio -aunque incurra en la misma conducta que atribuyo más arriba a los expertos- lo que tendrá un muy importante impacto en el funcionamiento de este nuevo gobierno será su capacidad de elaborar y aprobar un presupuesto público que cubra lo que resta del 2021 y el 2022, en los plazos establecidos en los acuerdos de la actual coalición. Porque lo que no puede olvidarse es que más allá de todas las tribulaciones políticas previas a la aprobación e instalación de este gobierno, su actividad comienza en momentos en que la pandemia parece encontrarse en retirada en Israel (cosa que no puede decirse aún en el caso de muchos otros países), pero con secuelas, sobre todo en el campo económico y social, que requieren atención urgente.

Es cierto que en términos macroeconómicos Israel ha venido sorteando la crisis originada por la pandemia con cierta holgura, sobre todo en comparación con el resto de los países de la OECD, gracias en gran medida al comportamiento de sus exportaciones, que han mantenido los niveles del año anterior, frente a importaciones disminuidas por la caída del consumo interno. De esta manera, aumentó significativamente el superávit de las cuentas externas, lo que unido a la continuidad (e incluso aumento) del ingreso de capitales por compras de startups, ayuda a explicar en buena medida la revaluación del shekel (de 3.45 a 3.25 contra el dólar entre enero 2020 y mayo 2021).

Pero a la salida de esta crisis, Israel debe enfrentar dos desafíos centrales en el corto plazo: el nivel de desempleo heredado de la pandemia y el abultado déficit público generado para paliar los impactos negativos -en los hogares y en las empresas- del coronavirus. Y a ello se suman otras interrogantes, de más largo alcance: ¿la recuperación económica implicará retornar al modelo vigente antes de la crisis, cuyos logros macroeconómicos contrastan negativamente frente a sus notorias falencias sociales en términos de pobreza y equidad distributiva? ¿o será la oportunidad para comenzar a revisar el status quo, empezando por el plano económico?

La estructura del presupuesto que se comenzará a elaborar dará una pista sobre cuál de éstas será la alternativa más probable, aunque quien apueste por la primera de ellas tendrá -infelizmente- las mayores probabilidades de ganar. De hecho, el recién estrenado ministro de Hacienda, Avigdor Liberman, ha declarado ya que no habrá aumentos de impuestos, pese a la evidencia de que la actual estructura tributaria -a lo que caben agregar los actuales niveles de evasión fiscal- no es el mejor instrumento para responder a los reclamos por el cierre de las brechas socioeconómicas. En esa tesitura, un presupuesto que debe enfrentar un déficit como el que se ha venido generando, junto a las presiones del sector de Defensa por aprobar el programa multianual presentado por el comandante en jefe del Ejército de Israel, tendrá muy poco espacio para mejorar el panorama social (en el dudoso caso de que los responsables por su formulación estuvieran interesados en ello).  Y así, uno de los riesgos que se corre (y que fuera señalado recientemente por el presidente del Banco de Israel en una conferencia pública) es que el tipo de recuperación económica que se alcance no conlleve un aumento significativo de la ocupación, si no se adoptan medidas de fondo que transformen el sistema educativo y sus vinculaciones con el sistema productivo.

Pero el movimiento se demuestra andando. Este nuevo gobierno recién comienza a funcionar, y tiene mucho camino para recorrer y muchos problemas a resolver, varios de los cuales han sido conscientemente puestos al costado por las obvias diferencias que separan a los diversos partidos de la coalición. El ejercicio de gobierno puede que vaya permitiendo afinar políticas y acciones, pero la jerarquización y reafirmación de los valores democráticos exige además una mayor participación de la sociedad, a través de movilizaciones y consultas, de foros y de encuentros. Quizás esa mayor participación ciudadana sea la condición necesaria para ir superando el status quo que continúa marcando el funcionamiento de esta sociedad.

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