Silvina Bullrich – La femineidad enajenada

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Joseph Hodara

Los tránsitos en la vida y muerte de Silvina Bullrich ejemplifican el cambio de rumbo de la vida social y política argentina. Como hija de un celebrado y rico cardiólogo descendiente de padres alemanes, Silvina no conoció en la infancia privación alguna. Sin embargo, su madre portuguesa le vedó el acceso a la escuela secundaria pues “se dan allí clases de anatomía que dañan la inocencia de una niña bien”. Ella compensará esta falta con repetidos viajes a París, meta y ensueño de la nobleza terrateniente argentina en los años previos a Perón.
Nació en Buenos Aires en 1915 y fallecerá en 1990 a resultas de una fallida cura -presumiblemente rejuvenecedora – en el Hospital Cantonal de Ginebra, donde también Borges concluyó allí sus días. En los años cuarenta y cincuenta fue celebrada por sus novelas dirigidas a reflejar el declive de la aristocracia bonaerense, ya despojada de sus latifundios pampeanos. Tradujo del francés cuatro libros de Simone de Beauvoir, una de las dos figuras que modelaron su imaginación literaria; y la otra fue – cercana por cierto a la primera- George Sand, a quien dedicó un esbozo biográfico. Entre sus breves novelas cabe recordar Teléfono ocupado (1956), Los burgueses (1964), Mañana digo basta (1968), obras que Bullrich procuraba concluir hacia el mes de noviembre a fin de que sus lectores – del sexo femenino en particular – alimentaran con ellas las despreocupadas y habituales vacaciones veraniegas en las playas del Atlántico.
Las tramas de estas novelas presentan espejos de la burguesía bonaerense: los desengaños y la incomunicación en el matrimonio, la marginalidad de la mujer-esposa, las traiciones y las mentiras apenas disimuladas por el almidonado trajín cotidiano. Muchas de estas novelas se han olvidado, con excepción de un relato que ha merecido reediciones. Es Teléfono ocupado que se publicó por vez primera en 1956 cuando, al desplomarse el primer régimen peronista, Silvina vislumbró el probable retorno de la hueca aristocracia argentina amparada por el régimen militar.
Se trata de un relato apenas comprensible para lectores que hoy manejan el whatsApp y que excepcionalmente se desprenden del omnipresente y tiránico aparato que hoy nos acompaña hasta íntimos lugares. Se alude al medio teléfonico de otras épocas, con su horquilla, timbres y cordones, “ese aparato que en las demás capitales del mundo la gente usa para comunicarse y que entre nosotros constituye el vínculo más sólido, a menudo el único, entre seres humanos.”
Apenas despierta y lúcida, la protagonista del relato se sobresalta al oír la campanilla del teléfono. Aproxima el auricular y escucha una voz desconocida que sin ceremonias le recuerda un pasado que ella había resuelto sepultar: las cartas que intercambió en tiempos idos con un amante, historia y episodios que en ese momento le abruman pues su presente y legal marido los ignora.
Prometiendo que todo quedará en el secreto, la voz telefónica le pide a cambio dinero y joyas, y le concede algún tiempo para ajustar el pago. Para asegurarse de que no es engañada, la protagonista pide pruebas en torno a las aventuras eróticas que habría experimentado con Pedro. La interlocutora le promete facilitárselas en los siguientes días.
Sin dejar rastros, el teléfono enmudece y ella reflexiona abrumada por el miedo: “….callar durante seis años, creer mi felicidad a salvo de cualquier comentario para sentirla de pronto tambalear porque una voz desconocida une mi nombre al de Pedro, mi amante”. Sin ilusiones, imagina que el teléfono se asemeja a la caja de Pandora pues se trata de “un laberinto de hilos y campanillas donde se incuban todos los males de la humanidad”.
Abrumada por los secretos que ahora amenazan abrirse, resuelve confesarse ante su marido. Retoma el aparato y llama a su oficina donde hierven sin treguas los sonidos telefónicos. Le informan que su marido está ocupado, y, en la prolongada espera, sus pensamientos y nostalgias vuelan hacia la noche que supo a Pedro.
Al correr de los días y a través de repetidos y anónimos diálogos telefónicos, ella sabrá que su esposo y el amante de otros tiempos son íntimos amigos y que ambos – con mínima dosis- aprecian su condición de mujer y los sentimientos que tuvo y tiene respecto de ellos. Se encierra entonces en sí misma. Pues las repetidas llamadas de un teléfono – lejanas y anónimas – le han revelado lo que no quiso saber: su marginal y enajenada existencia. ■

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