Película de notable calidad

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Jutim Nistarim (Phan­tom Thread, EE.UU., 2017). Dirección, guión y fotografía: Paul Tho­mas Anderson. El film está ubicado en los años cincuenta y se centra en la vida de un diseñador de modas británico Rey­nolds Woodcock encarna­do por Daniel Day-Lewis, un hombre profundamen­te dedicado a su labor, si se quiere podría decirse obsesivamente.

Diseña y dibuja sus modelos asistido por un equipo de costureras de mediana edad que son las que traducen las ideas y los diseños a la realidad de vestidos, por supuesto sin emplear ninguna máquina de coser, todo eso es muy caro y destinado a mujeres muy pudiente de altas cla­ses.

La que se encarga de la administración y que todo fluya sin dramas es la hermana de Reynolds, Cyril (Lesley Manville). Pero no sólo eso, también se ocupa de los affaires de Reynolds, le pregunta qué hacer con Johanna, para ver cómo seguir con la mujer más reciente, a lo cual él contesta que es agradable y ella dice que le dará como compensa­ción el vestido de octubre, como si se tratara de un paquete del que llegó la hora de librarse.

Reynolds va a su resique­dencia de campaña y en un pequeño café la camarera joven llama su atención, es Alma (Vicky Krieps) que lo atiende en el pequeño café en el que ha para­do mientras manejaba hacia su residencia. In­mediatamente, él mues­tra más que una simple atracción que resulta ser mutua y pese a su timidez ella entiende que cada pequeño gesto puede transformarse en un juego de seducción. Eso se nota ya en la ma­nera en la cual pone el té en la taza, ahí hay una carga erótica de importan­cia. Antes que él le pregunte por sus datos, ella ya los tie­ne escritos en un papel.

La pregunta es si ella será una más en su larga serie de conquistas. Al poco tiempo él le está to­mando las medidas que le va dictando a la hermana, se nota la dedicación en la manera que va pronun­ciando los números que en cierta manera, a su ma­nera, la convierten en una presencia en su mundo. Como si ella existiera en cuanto pudiera cuantificarla y categorizarla. Reynolds quiere que todo sea ordena­do sin perturbarle la mente cuando está concentrado en lo que quiere crear. En una escena ella unta sus tostadas con manteca y mermelada y Anderson aumenta el ruido de esas simples operaciones que resuenan como cañona­zos en la gran estancia y ob­viamente producen en Rey­nolds una violenta reacción.

El film presenta el retra­to de un artista que lo tiene todo bajo control, todo lo que lo aparte de su forma de ser es intolerable y lo que resulta para el espectador es que no puede apartar la mi­rada de la pantalla a medida que va evolucionando la ac­ción que ocurre mayormen­te en interiores.

Los juegos de poder entre ambos no giran alrededor de sexo sino de personalida­des. Los tres protagonistas ofrecen una actuación mag­nífica y Day-Lewis muestra de nuevo el gran actor que es y lamentablemente esta podría ser su última pelícu­la. ■

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