Némirovski: La mujer como escritora

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Letras y Letrillas – De Aquí y de Allá
Joseph Hodara
¿Quién posee ajustada capacidad para señalar la presunta fealdad del judío? Sin reparos: no el antisemita. A éste le presiden frágiles y distorsionadas consideraciones cuando se inclina a enjuiciar al judío por oblicuas y maliciosas inclinaciones y exige en correspondencia su muerte o, al menos, alejarlo de la vista de la presumiblemente honrada gente. Su odio a si mismo es encubierto por el odio al otro y a la otredad. No es el caso del judío que, consciente de sus debilidades y de las distorsiones que afectan a otros que le son cercanos, se inclina a desnudar a sus semejantes sin ocultar sus perversiones.
Ésta es la convicción que presidió la vida y las creaciones de una escritora que tardíamente -después de tres décadas de su muerte en un campo nazi- merece hoy amplio reconocimiento.
21josephAludo a Irene Némirovsky quien no cesa de suscitar interés y curiosidad entre críticos y lectores. Una celebrada revista norteamericana -New York Review of Books- le ha dedicado el mes último varias páginas para comentar su itinerario vital y literario. Pone acento en una de sus creaciones literarias, que escrita con minúscula letra por faltarle el necesario papel, ya fue llevada a la pantalla. Se trata de La suite francaise que, en español, puede ser leída íntegramente y sin costo, con la puntual introducción de Myriam Anissimov. Obsequio ofrecido por Google.
Irene nació en Kiev en 1903. Su padre fue uno de los hombres más ricos de Europa oriental. La familia se instaló en San Petersburgo con el fin de mejor administrar los negocios desde la Rusia imperial; pero las revoluciones de 1917 trastornaron estas intenciones. La fuga a Finlandia y la llegada a París en 1919 remodelaron su vida. Un padre ausente consagrado a sus negocios y una madre que jamás ocultó el odio a su hija presidieron su vida que alternó entre las festivas diversiones parisinas y la prolija lectura de escritores rusos e ingleses.
En 1929 se atrevió a enviar un manuscrito, sin revelar su nombre, a Bernard Grasset, celebrado editor en París. Al quedar éste impresionado por el descarnado retrato que ella articuló en torno a David Golder, movilizó recursos para encontrar a la autora. Y con esta publicación Irene adquirió instantánea celebridad. David retrata a un judío que procura sobrevivir en un medio hostil y no ahorra delitos y abusos en este afán. Es probable que la experiencia de Irene con su propio padre y de otros que le fueron cercanos nutrieron este relato.
En los años treinta ella enriquece su hacer literario; publica más de diez relatos. En paralelo intenta obtener la ciudadanía francesa con el fin de formalizar su identidad en el país donde nacieron sus dos hijas. No lo logró. Para obtener alguna seguridad en un continente ya amenazado por la guerra, toda la familia resolvió adoptar la fe cristiana. Fue inútil. La policía de Vichy, en correspondencia con la estricta política nazi, la arrestó en julio 1942; varios meses después fue asesinada en Auschwitz.  Destino que tendrá también su esposo meses más tarde.
Las páginas de Suite Francaise contienen las vivencias de Némirovsky al verificarse la ocupación alemana de Francia. Con apretada letra -décadas más tarde habrá necesidad de una sensible lupa para descifrarlas- describe a franceses y a alemanes, con sus debilidades y torpezas, atrapados todos ellos en una vorágine apenas comprensible. Imaginó que el relato debía desenvolverse en cinco capítulos; alcanzó a redactar sólo dos. Perseguida por franceses y alemanes entregó las páginas a sus hijas que lograron sobrevivir gracias a amigos que le fueron fieles. El texto les acompañó durante décadas; nadie, incluyendo a sus hijas, lo leyó durante casi cuatro décadas. Al cabo, una de ellas -Denise- resolvió finalmente publicarlo atendiendo el consejo de amigos y editores.
Sus páginas constan de dos secciones. La primera -Tormenta en junio- es un inmisericorde retrato del miedo y la cobardía de las tropas francesas al enfrentar al invasor alemán. Y la siguiente relata la vida en una aldea en la que sus moradores se rebajan con humillantes conductas frente a los invasores entre los cuales, sin embargo, hay un oficial alemán que revela humana y comprensiva conducta respecto a una mujer perseguida. Alusiones específicas a los judíos están ausentes en este relato. Le interesa a la autora-testigo un tema algo más amplio: el drama humano y las fuerzas contradictorias que lo informan.
Algunos críticos profesan que Némirovsky ejemplifica a “judíos que se odian a si mismos”. Veredicto injusto. Jamás ella negó su origen e identidad; procuró sobrevivir sin abandonar a una Europa trastornada por nazis y comunistas que coincidían en el odio al judío. Y frisando los 40 años encontró la muerte por su judía condición. Sus textos le conceden justa e ineludible vitalidad.

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