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Equipara a las bestias de Hamás con los valientes y heroicos soldados israelíes. Su burdo antisemitismo ya no admite maquillaje.

por Ricardo Angoso

Precisamente por representar a España, país que hace más de quinientos años expulsó a miles de judíos para siempre por el simple hecho de ser judíos, el presidente de Gobierno del Reino de España, Pedro Sánchez, podría haberse callado y no alborotar el gallinero, como ha hecho innecesariamente. Pero no, no pudo contenerse, y le salió la vena antisemita que lleva encima para equiparar a los atentados de Hamás con la legítima defensa que ejerce el Estado de Israel para defender a los suyos. ¿Pero qué esperaban que hiciera Benjamín Netanyahu, quedarse con los brazos cruzados mientras asesinan impunemente y brutalmente a miles de judíos?

Aparte de estas consideraciones lógicas y razonables, los españoles no somos los más indicados para dar lecciones de tolerancia, respeto a los derechos humanos y convivencia pacífica con nuestros vecinos a los israelíes. Con la sangre aún caliente de las víctimas judías y no judías, incluyendo dos españoles, varias ministras del gobierno de Sánchez ya estaban bramando contra Israel y participando en marcha en favor de Hamás y la Jihad islámica.

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Al igual que su correligionario Adolf Eichmann, Pedro Sánchez viajó hasta Israel para justificar sus nada agraciadas palabras con respecto a los ataques del grupo terrorista Hamás contra ciudadanos israelíes indefensos, entre los que se encontraban niños, mujeres, discapacitados, hombres desarmados, extranjeros y así hasta un sinfín de categorías, y no defraudó a nadie. Y, precisamente, lo hace el presidente del país que ahora desempeña el turno de la presidencia de la Unión Europea (UE), para mancillar más a esa inútil organización que ha contribuido al enriquecimiento de los líderes de Hamás durante años con sus supuestas ayudas “humanitarias” a la Franja de Gaza y que nunca tuvo un gesto de humanidad hacia las víctimas del terrorismo de ese mismo grupo.

Para Sánchez, en su siniestro mundo donde no tiene empacho en sentarse con asesinos, negociar con golpistas y apoyar dictaduras infames, como la venezolana y la cubana, por poner solo dos ejemplos, la equidistancia es su forma de juego y en la misma, como en la canción de Carlos Gardel Cambalache, “todo es igual, nada es mejor lo mismo un burro que un gran profesor”. Para Sánchez, todo es lo mismo, un niño de apenas días decapitado por unas bestias que un terrorista de Hamás.

Para mayor descaro, por no decir ignominia, el gobierno de la democrática España, cuando estábamos enterrando a los niños decapitados, a las mujeres degolladas y tantos inocentes sin nombre asesinados por Hamás en territorio israelí, apoyaba sin ningún control ni mecanismo de fiscalización que la UE triplicará la ayuda de Bruselas a la Franja de Gaza, es decir, a los terroristas de Hamás, cuyos máximos líderes viven a cuerpo de rey entre Teherán y Catar, mientras los gazatíes  se mueren de hambre y padecen todo tipo de penalidades.

EL NUEVO REVISIONISMO Y LOS FAMOSOS DOS ESTADOS

El órgano oficial del régimen sanchista, el diario El País, llegaba incluso más lejos que Sánchez e insinuaba en sus páginas, en una entrevista al escritor palestino Ibrahim Nasrallah, que la matanza de la fiesta de música electrónica en Israel, en la que fallecieron al menos tres centenares de jóvenes, fue obra, ni más ni menos, que del ejército israelí. “Los helicópteros Apache fueron los que bombardearon a los participantes en el concierto. Los cuerpos calcinados fueron el resultado de los misiles de un avión sionista”, aseguraba Hamás en una declaración a los medios de comunicación dada como buena por el citado periódico y también por el supuesto escritor Nasrallah. Al igual que cuando fueron descubiertos los campos de concentración por los aliados tras la Segunda Guerra Mundial, el nuevo revisionismo sobre lo acontecido el fatídico siete de octubre ya está aquí y no faltan los medios que lo replican sin inmutarse ante tanta ignominia.

En la misma línea que Sánchez, el Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, no se sonrojaba en este mismo periódico al declararse abiertamente “propalestino” y seguir abogando abiertamente por la manida fórmula de los “dos Estados”. Borrel, junto con Sánchez y el ex ministro de Exteriores de España Miguel Angel Moratinos, conforman en España el lobby palestino que desde hace años enturbia periódicamente las relaciones entre el Estado hebreo y España, provocando crisis y generando malestar con sus declaraciones fuera de contexto y absolutamente desafortunadas. 

La fórmula de los “dos Estados” es, simplemente, una falacia, una quimera en la que se esconden bajo distintos ropajes todos los progresistas, antisemitas y neonazis de medio mundo que nunca han aceptado al Estado de Israel. Ni siquiera los palestinos, Hamás y Fatah incluidos, han abogado nunca por esa supuesta fórmula y siguen defendiendo públicamente “echar los judíos al mar” y crear una “Palestina desde el río al mar”, tal como predica el líder de Hamás Ismail Haniya desde su dorado exilio qatarí. En las manifestaciones progresistas de todas las ciudades de Europa, desde Madrid a Tirana, los manifestantes han coreado estos mismos lemas junto con jihadistas, extremistas de izquierda y, paradójicamente, grupos gays.

Cuando en 1948 nació el Estado de Israel, hace casi setenta años, las tierras de lo que algunos sesudos analistas denominan ahora “Palestina” eran un desierto inhóspito, casi despoblado y donde habitaban árabes y judíos, incluso conviviendo juntos y en paz desde hacía décadas. Luego, cuando los países árabes atacaron a Israel por no aceptar el plan de partición impulsado por las Naciones Unidas en 1947, que preveía dos Estados en el territorio que hoy ocupa lo que los árabes siguen llamando la “entidad sionista”, los antiguos pobladores de los reinos de Samaria y Judea abandonaron para siempre su tierra ancestral. Nunca más volverían, fueron engañados vilmente por unos dirigentes árabes henchidos de viejas glorias al estilo de las hazañas de Saladino y un burdo nacionalismo árabe casi rayano al nacionalsocialismo hitleriano.

Los palestinos se fueron con la tenue, endeble y mitificada esperanza de que algún día volverían a una tierra ya sin judíos, donde la “entidad sionista” sería tan sólo un sueño del pasado, un espejismo destinado a ser enterrado en los desvanes de la historia. En un principio, los palestinos, engañados y manipulados por todos los dirigentes árabes, fueron hacinados en los campos de concentración -no merecen otro nombre, puedo dar fe de ello, después de haber pasado por uno de ellos en Siria- abiertos por los países “amigos” para aliviar su “corta” espera. Tan corta que todavía esperan miles de palestinos en los campos del Líbano, Jordania y Siria, así como en otras partes del mundo. Esa es la realidad y no la que pintan los progres de medio mundo.

CONCLUSION FINAL: EL PROBLEMA DE SANCHEZ

El problema de Sánchez es que un ignorante mayúsculo y, al igual que Eichmann, se cree con el derecho a pontificar sobre cuestiones históricas sin apenas haber profundizado en las mismas. Como describió Hannah Arendt, la banalización del mal, como hacen estos dos personajes, acaba desembocando en un sistema de poder político que trivializa el exterminio de los seres humanos y percibe el mismo como un procedimiento burocrático ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas y morales. Para Sánchez, Hamás es un interlocutor válido para resolver un supuesto “conflicto” entre israelíes y palestinos sin entender nada de nada y sin ser capaz de ver que, en las actuales circunstancias, Hamás es el verdadero problema para encontrar las soluciones adecuadas a la actual crisis.

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