Israel: Una economía que avanza a dos velocidades

  En la terminología económica que se ha impuesto desde los planteamientos latinoamericanos, especialmente en su versión desarrollista, destaca el concepto de heterogeneidad estructural como un rasgo que ha venido caracterizando desde tiempo atrás al funcionamiento de las economías de esa región. De manera esquemática sería posible definir la heterogeneidad estructural como “la coexistencia de […]

Banco de Israel – Foto: Wikipedia

 

En la terminología económica que se ha impuesto desde los planteamientos latinoamericanos, especialmente en su versión desarrollista, destaca el concepto de heterogeneidad estructural como un rasgo que ha venido caracterizando desde tiempo atrás al funcionamiento de las economías de esa región. De manera esquemática sería posible definir la heterogeneidad estructural como “la coexistencia de sectores, ramas o actividades donde la productividad del trabajo es alta o normal junto con otras en que la productividad es mucho más baja”, como la caracterizara en su oportunidad Octavio Rodriguez.

Esa caracterización, aunque pensada para el comportamiento y funcionamiento de las economías -y las sociedades- de los países latinoamericanos (y por extensión para todos los llamados subdesarrollados), es sin embargo perfectamente aplicable a un país como Israel, donde la economía parece funcionar a dos velocidades como ya lo indicara en alguna nota anterior, aun cuando por una cantidad de razones (entre las que destaca el actual alto nivel del Producto Interno Bruto por habitante), este país se incluye entre el grupo de los desarrollados. De hecho y a título de ejemplo, cabe citar una investigación de hace más de 10 años de Lach, Shiff y Trajtenberg, publicada como documento de trabajo en el Technion en febrero del 2008, con el título de “Juntos pero separados: Las tecnologías de la Información y la Comunicación y el crecimiento de la productividad en Israel”. En ese documento no se utiliza la expresión heterogeneidad estructural pero se habla de una economía dual, y se muestra como en Israel el sector de Información y Comunicación (ICT, por sus siglas en inglés) creció muy rápidamente durante los años 90 y se convirtió en un semillero de innovación y avance tecnológico medido con estándares mundiales. Sin embargo, el crecimiento de la productividad en general se mantuvo lento, con los sectores tradicionales tanto en la manufactura como en los servicios, incapaces de beneficiarse de los éxitos del sector ICT. En las conclusiones de ese documento se señala que: “La economía israelí ofrece una fascinante ilustración del éxito extraordinario de la industria de ICT, junto al mediocre desempeño -en términos de crecimiento- del resto de la economía. La difusión y adopción de nuevas tecnologías en los otros sectores que los de ICT no ha materializado aún y por lo tanto los beneficios del sector de ICT han eludido hasta ahora al resto de la economía”.

Esa brecha entre el funcionamiento dinámico de las actividades asociadas a la alta tecnología, y el resto de las actividades económicas permanece hasta hoy en día, si es que no se habría profundizado. Pero además se ha constituido, en los últimos años, en una preocupación constante del Banco de Israel. Este, en su carácter de asesor económico del gobierno, ha insistido una y otra vez en los prejuicios que causan a la economía y a la sociedad israelí los bajos rendimientos en materia de productividad en general, que contrastan con los altos resultados que alcanza en las actividades de alta tecnología. Pero en la medida que estas últimas ocupan menos del 10% de la fuerza de trabajo del país, dejan al resto muy rezagado, especialmente (aunque no exclusivamente) en materia de salarios, dada la relación existente entre éstos y los avances de la productividad.

Ahora bien, vale la pena señalar que el estudio arriba citado ponía el acento en el nivel de inversiones y de capitalización de los distintos sectores de la economía, como una explicación central de las diferencias de productividad existentes. Por su parte, el Banco de Israel enfatiza los problemas existentes en el sistema educativo para la capacidad y calificación de la futura fuerza de trabajo, como responsables, en gran medida, de las heterogeneidades presentes en la estructura productiva del país. Obviamente, no es preciso elegir entre ambas interpretaciones; ambas se complementan y forman parte de un conjunto mayor de razones, no sólo económicas sino también políticas y sociales, que conducen a esta situación (y que tenderían a perpetuarla).
Pero parece importante detenerse un poco en el énfasis puesto por el Banco de Israel, en relación con las vinculaciones entre el funcionamiento del sistema educativo y la baja productividad promedio de la economía. En estos días se han publicado los resultados de PISA (Programme for International Student Assesment), un programa internacional de la OECD orientado a evaluar el rendimiento de los estudiantes en más de 70 países (Israel incluído), que se lleva a cabo cada tres años (el último realizado en el 2018). Los resultados para Israel han sido decepcionantes.

Mientras que la proporción judía de la población estudiantil no ha mostrado en promedio progresos ni retrocesos significativos con respecto a los resultados de PISA 2015, en la población estudiantil árabe sí se han registrado caídas importantes con relación a esa misma evaluación, lo que algunos analistas atribuyen a la diferencia de recursos por alumno asignados a la población estudiantil judía y a la árabe. Es importante señalar también que los resultados de PISA 2018 muestran que en Israel existe y persiste una amplia brecha (la mayor de todos los países participantes) entre estudiantes de estratos socioeconómicos altos comparados con los provenientes de estratos socioeconómicos bajos. Esta situación se subraya también en un muy reciente estudio titulado “Desigualdad educacional en Israel”, de Hanna Ayalon, Nachum Blass, Yariv Feniger y Yossi Shavit, del Centro Taub de Estudios de Política Social en Israel”.

El hecho es que la economía israelí se ha ido estructurando alrededor de un número reducido, pero altamente dinámico, de sectores de alta tecnología, alimentados por altos influjos de capital en esos sectores y por una elite académica de muy buena capacidad (y es preciso reconocer también el aporte de la fuerte migración durante los 90 de los países de la ex Unión Soviética). El indudable éxito de esas actividades, que asumieron el rol de dinamizar las exportaciones del país alrededor de su producción incrementada de bienes y servicios, ha llevado a identificarlas como la imagen general del país. Pero la realidad es que junto a esos sectores se sitúa el resto de las actividades, en las que se concentra la mayor parte de la mano de obra, con una reconocida baja productividad. Y ese el verdadero modelo de funcionamiento de la economía israelí, una economía dual que avanza (si es que el término correcto es avanzar) con dos velocidades diferentes, dejando así atrás a gran parte de su población.

Es así que en el caso de Israel corresponde también hablar de la existencia de heterogeneidades estructurales, que se han ido generando a lo largo del tiempo y que no han de resultar fáciles de corregir. Como ya se ha señalado, el funcionamiento del sistema educativo colabora en la creación y el mantenimiento de esas heterogeneidades, mientras que del avance de los sectores de alta tecnología depende cada vez más del exterior, que financia la mayor parte de sus actividades de investigación y desarrollo y que aporta una parte significativa del capital que alimenta la continuidad de esos sectores.
Mientras tanto y en el corto plazo, la preocupación está centrada en las tribulaciones para conformar un gobierno, que muy probablemente conducirán a nuevas elecciones, Pero los problemas reales (los económicos pero también los políticos y los sociales) continúan sin resolverse y todo lleva a pensar que continuarán así por un largo lapso. ■

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