¿En qué realidad vivimos?

¿Qué realidad estamos viviendo?  Los largos meses de encierro a los que nos obligó la pandemia nos han ido apartando de la normalidad, o de lo que pensamos que era la normalidad, para trasladarnos a nuevas rutinas, construidas mayormente con una mezcla de temores y esperanzas. Aquí en Israel, el largo, difícil e inestable 2020, […]

Foto: Maguén David Adom

¿Qué realidad estamos viviendo?  Los largos meses de encierro a los que nos obligó la pandemia nos han ido apartando de la normalidad, o de lo que pensamos que era la normalidad, para trasladarnos a nuevas rutinas, construidas mayormente con una mezcla de temores y esperanzas.

Aquí en Israel, el largo, difícil e inestable 2020, con su carga adicional de traiciones políticas, indecisiones gubernamentales y continuas opacidades en materia de información (mientras sus actuales dirigentes iban tomando conciencia a regañadientes que la marea Trump, que tanto apoyaron, llegaba a su fin), dio paso a un 2021 más relajado, al menos en lo que a la pandemia se refiere.

Una buena y avanzada disponibilidad de vacunas contra el Coronavirus (olvidemos por el momento la ridícula  utilización politiquera que de ello hiciera -y continúa haciendo- nuestro aun Primer Ministro), junto a un buen despliegue de capacidad organizativa por parte de las instituciones de prestación de salud en el país, ha permitido ya vacunar a una amplia proporción de la población e ir levantando, en consecuencia, una serie de medidas restrictivas. Esto no significa, claro está, que se haya superado ya la crisis sanitaria. A lo largo del planeta la pandemia continúa todavía haciendo estragos, e Israel forma parte del planeta, por lo que no corresponde aún declarar la victoria y aflojar todo control.

Pero en otros planos, como el político y el de seguridad, cabe también preguntarse en qué realidad estamos viviendo. Porque mientras la pandemia ha impuesto una pesada losa de restricciones sobre nuestra conducta habitual y sobre el sistema educativo y ha distorsionado el funcionamiento económico -con un impacto particular sobre el empleo y las modalidades del trabajo-, en el ámbito político y también en el de seguridad, la carencia de transparencia es abrumadora, de modo tal que la realidad queda oculta tras los velos de la opacidad. No se trata, ciertamente, de un fenómeno nuevo; la manipulación de los hechos o simplemente el fingir su inexistencia es ya una costumbre arraigada (la forma en que la sociedad israelí vive a espaldas de lo que sucede en los territorios ocupados, en todo sentido, es un ejemplo de ello: la determinación de no discutir ni incorporar en los currículos de estudio una versión más objetiva de cómo surgió el problema de los refugiados palestinos, es otro).

Pero en los últimos tiempos esa opacidad ha venido adquiriendo contornos épicos. No tenemos presupuesto, y no sabremos para cuando es de esperar que contemos con alguno, pero mientras tanto, y como por milagro, se siguen aprobando gastos más allá de los límites legales (¿y el déficit que se acumula? Bien, gracias). Nos enteramos por la prensa que una empresa de la Unión de Emiratos Arabes está gestionando la compra de un porcentaje del yacimiento de gas natural, pero parece ser tabú el airear lo que eso pueda significar en materia de seguridad, en materia ambiental y en términos económicos.

Una noticia perdida nos informa que Benjamín Netanyahu habría estado negociando la posibilidad de retener para sí y para su familia el privilegio de permanecer en la residencia del Primer Ministro en la calle Balfour de Jerusalén, aún si no ejerciera como tal, y nadie se inmuta. Resulta que sí atacamos pero que no atacamos a barcos iraníes, y que el reciente derrame de petróleo en las costas de Israel es un atentado, pero no es un atentado sino un accidente. Mientras que el actual gobierno de los EEUU, nuestro principal aliado, está buscando soluciones diplomáticas para detener los avances nucleares de Irán, parece que continuáramos con estrategias más afines al período de la Administración Trump, pero el silencio sobre eso -y sobre cómo y quién restablecerá buenas relaciones con los EEUU  (y con la comunidad judía estadounidense)- es atronador. Y por supuesto, las apuestas sobre la eventualidad de nuevas elecciones ya forman parte del folklore nacional -serían las quintas en poco más de dos años- mientras permanecemos en el limbo con respecto al intento (¿vano?) de construir coaliciones imaginables e inimaginables. El episodio de los submarinos -tanto la compra de los mismos como la venia para su adquisición por Egipto- está también incorporado al folklore nacional; la plana mayor naval (o la ex plana mayor naval) estaría involucrada, así como una serie de personas ligadas al Primer Ministro, pero éste sale impoluto de toda esa trama, aunque en el correr de la misma haya pasado por alto las obligadas y necesarias consultas de seguridad.  Mientras tanto, ese episodio aparece y desaparece cada tanto en los medios de comunicación, vaya uno a saber a impulsos de qué intereses o conveniencias.

La lista de opacidades podría continuar, pero lo que es importante destacar es que la sociedad israelí parece haberse ido acostumbrando a esta falta de transparencia, aunque su respuesta parece ser una persistente pérdida de credibilidad en la mayor parte de las instituciones del Estado.  Y esto constituye de por sí un handicap para la democracia, que se suma a los ataques a la misma, que se han vuelto últimamente un hábito. ¿Qué realidad es esta?

Quizás lo que sea rescatable -todavía- es el funcionamiento material de esta sociedad. En Israel, a pesar de la crisis económica generada por la Coronavirus, el producto de los sectores de alta tecnología creció un robusto 5,8% en el 2020, lo que es uno de los factores que explica la relativa moderación del impacto económico negativo de la pandemia, en comparación con otras situaciones (el PIB en Israel se redujo en 2.6%, cuando el promedio de los países de la zona del Euro tuvo una caída de 6.8% y el promedio mundial disminuyó 3.4%).  Gracias también a los sectores de alta tecnología las exportaciones en el 2020 tuvieron un crecimiento moderado pero positivo, de 1.3% con respecto al año anterior. Esto, unido a una caída significativa de las importaciones (-8% en el 2020) permitió un importante superávit en cuenta corriente, lo que en alguna medida contribuye a explicar la fortaleza del shekel.  Ciertamente, el consumo privado (el gasto de las familias) disminuyó de manera significativa en el 2020 (-9.5%), y no alcanzó a ser compensado con el aumento del gasto público (2.9%). Sin embargo, esa restricción del gasto privado implica seguramente la existencia de una disponibilidad de recursos no utilizados en el 2020 y que probablemente se vuelquen al consumo en el presente año (el Banco de Israel estima un crecimiento del consumo privado del 11% en el 2021) y contribuyan así al crecimiento del PIB.

Pero el funcionamiento económico se desarrolla al margen de los avatares políticos (vale la pena recordar una vez más el dicho mexicano de que “el país crece cuando los políticos duermen”). Una muestra de ellos es que los temas económicos (¡inclusive el presupuesto!) han estado y siguen estando totalmente al margen de las interminables (y hasta ahora infructuosas) negociaciones para constituir un (remedo de) gobierno. Es así que, una vez más, las menciones de izquierda y derecha florecen en el discurso político israelí, pero han perdido totalmente el carácter internacional de esos conceptos; una muestra más de las realidades alternativas que se viven en el país.

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