El caos postsoviético

En diciembre de 1991, tras una era turbulenta e incluso un golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov, la Unión Soviética se disolvió con más pena que gloria y, en su lugar, surgieron 15 nuevos países.

Manifestantes prorrusos retirando la bandera de Ucrania en un edificio en el óblast (entidad subnacional) de Donetsk, Ucrania – Foto: Wikipedia – CC BY-SA 3.0

Ricardo Angoso

Se abrió así paso un periodo marcado por la inestabilidad política, social y económica y un sinfín de guerras y conflictos.

El 8 de diciembre de 1991 fue firmado el Tratado de Belavezha entre los presidentes de las repúblicas socialistas de Ucrania, Rusia y Bielorrusia, Leonid Kravchuk, Borís Yeltsin y Stanislav Shushkévich, respectivamente, por el que las tres partes acordaban la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), un estado multinacional y multiétnico fundado en 1917 al calor de la revolución de octubre. Nada más firmarse el nuevo Tratado se le comunicó a Mijaíl Gorbachov la noticia que significaba, de facto, el final de su mandato y el comienzo de una nueva era turbulenta e incierta. La URSS había muerto.

El mismo tratado preveía la creación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), que trataba de englobar a las nuevas repúblicas emergentes del naufragio soviético, pero que después demostraría su escasa efectividad y nula funcionalidad en la práctica. Los tres países bálticos nunca quisieron formar parte de dicha estructura y después otras ex repúblicas soviéticas, como Ucrania, Georgia y Turkmenistán, abandonaron la organización. La CEI hoy en día es un ente inerte y poco activo en la escena internacional, siendo la mayor parte de sus dirigentes rusos o bielorrusos.

En lugar de la extinta URSS, que se disolvía en medio de una aguda crisis política y económica, se dio pasó a quince nuevas repúblicas:  Rusia, Letonia, Estonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajistán, Georgia, Tayikistán, Armenia, Azerbaiyán y Kirguizistán. El país más grande del mundo saltaba en pedazos y el mundo asistía atónito al mayor cambio en las fronteras desde Asia hasta Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Pero el final de la URSS, donde los conflictos latentes eran reprimidos por la fuerza, dio paso al vendaval nacionalista.


GUERRAS Y CONFLICTOS TRAS LA DESINTEGRACION DE LA URSS

A los pocos meses de producirse la independencia de la República de Moldavia, la región de Transnistria, que ya antes de que se produjera la secesión del país había expresado su derecho a la secesión, se levanta en armas, con la ayuda del XIV Ejército ruso, contra las autoridades moldavas. El motivo del levantamiento, argumentaban los secesionistas, era que los derechos de la minoría rusa en Moldavia estaban en peligro ante el riesgo de la unificación del país con Rumania, cuya lengua y costumbres comparten ambos países.

Tras una breve guerra, entre marzo y julio de 1992, en que se firma un alto el fuego entre las partes, el conflicto concluye con la victoria de Transnistria y la secesión definitiva de este territorio, que dura hasta el día debido a que todas las tentativas de diálogo entre la región alzada en armas y las autoridades de Chisinau han fracasado. Pese a que las Naciones Unidas conminaron a Rusia a que retirase sus tropas de este territorio, Moscú sigue manteniendo un contingente militar de aproximadamente 2.000 militares y se niega a abandonar Transnistria, para seguir manteniendo su influencia en esta estratégica zona, en plena frontera con Ucrania.

Paralelamente a este conflicto, las recién independizadas Armenia y Azerbaiyán se enzarzaron en un conflicto, entre enero de 1992 y mayo de 1994, por el control de la siempre disputada región de Nagorno Karabaj. El conflicto se saldó con una clara victoria armenia, que se quedó con el control de casi toda la región y 7.000 kilómetros de territorio arrebatados a los azeríes, y un saldo desolador en términos humanitarios, dejando la guerra miles de muertos, decenas de miles de refugiados y desplazados y varios centenares de desaparecidos.

Sin embargo, pese a esta contundente y rotunda victoria armenia, en la segunda guerra de Karabaj, entre el 27 de septiembre y el 10 noviembre de 2020, las fuerzas militares de Azerbaiyán infligieron una severa derrota a las fuerzas de Armenia, que tuvieron que aceptar la ocupación de casi todo lo ganado en 1991 y la entrega de otros territorios ocupados, bajo la supervisión de Rusia y Turquía, a los azeríes.

Armenia perdió en total unos 8.000 kilómetros cuadrados y miles de armenios tuvieron que abandonar los pueblos y aldeas donde sus ancestros habían vivido durante siglos. En total, hubo unas diez mil víctimas entre ambas partes y Armenia sigue reclamando al día de hoy la liberación de aproximadamente unos tres centenares de presos retenidos por los azeríes.


LAS DOS GUERRAS CHECHENAS

Las pretensiones independentistas de Chechenia llevaron a Rusia a intervenir en esa región, entre 1994 y 1996, en la que es considerada la primera guerra de Chechenia. El masivo envío de fuerzas rusas, los indiscriminados ataques aéreos, que devastaron la capital chechena, Grozni, y la violación permanente de los derechos humanos, junto con una política de tierra arrasada en los territorios ocupados, llevaron a los rebeldes chechenos a aceptar un alto el fuego y retirarse muchos de ellos a las montañas.

Unos años después, en febrero de 1999, tras la ocupación de Daguestán por rebeldes chechenos y una serie de atentados en la capital rusa, Moscú, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, lanza una dura ofensiva militar contra los rebeldes chechenos, causando miles de muertos, sobre todo civiles asesinados por sospechas de colaborar contra los secesionistas, y logra instalar una dócil administración sometida a Moscú tras haber devastado y destruido materialmente a Chechenia.


ANEXION DE CRIMEA Y TENSION CRECIENTE ENTRE RUSIA Y UCRANIA

En marzo del año 2014, cuando Ucrania atravesaba un periodo turbulento tras un cambio de gobierno en Kiev, el parlamento de Crimea se declara independiente de Ucrania y decide solicitar la adhesión a Rusia. En apenas unos días, entre el 11 y el 21 de ese mismo mes, Crimea firma con la Federación Rusa la adhesión definitiva a la misma y todas las instancias legales rusas dan su conformidad con la “anexión”. El proceso tiene el sello inconfundible de Vladimir Putin, uno de los principales valedores del “regreso” de Crimea a la madre patria y que supo aprovechar el vacío de poder reinante en Ucrania para aprovechar el momento preciso para poner en marcha la deseada reintegración. Así, de un solo golpe, recuperaba Crimea y la ciudad de Sebastopol, sede de la importante y estratégica base militar naval rusa en el mar Negro.

Pero donde la tensión está al límite es en el Donbás, territorio levantado en armas contra Ucrania desde el mismo año de la anexión de Crimea y donde la guerra, aunque ha reducido su intensidad inicial, sigue presente. Para nadie es un secreto a estas alturas que Rusia está detrás, apoyando con armas, hombres e incluso pensiones, a los separatistas del Donbás, una región conformada por las antiguas provincias ucranianas de Lugansk y Donetsk. La guerra comenzó en abril del año 2014, cuando tras un cambio político en Kiev, que dio pasó a un gobierno de corte derechista y desplazó a un prorruso de la presidencia, se creó un clima de temor en la minoría rusa de Ucrania -alrededor del 20% de la población-, pensando, quizá con razón, que su idioma y sus derechos se verían relegados e incluso desplazados por el nuevo ejecutivo.

De esta forma, en estas regiones, donde la minoría rusa superaba el 35% de la población, los secesionistas, jaleados por Moscú y Putin, ocuparon todas las instalaciones oficiales ucranianas, incluidos cuarteles, comisarías y centros de poder, y se alzaron en armas contra Kiev, que supuestamente pretendía vulnerar sus derechos. Desde el año del comienzo de la guerra hasta ahora, en que hubo combates muy virulentos y al principio una clara ventaja de los secesionistas, sobre todo debido al apoyo de Rusia, ha habido más de 15.000 bajas, muchas civiles a causa de los bombardeos y lanzamiento de misiles sobre poblaciones indefensas por ambas partes.

Aparte de esta grave crisis en estas regiones, la reciente concentración de tropas rusas en la frontera de Ucrania -se habla de hasta más de 120.000 hombres- ha encendido las alarmas en la OTAN, la Unión Europea (UE) y los Estados Unidos, cada vez más recelosos de las verdaderas pretensiones rusas y que se niegan a aceptar el veto de Moscú con respecto a la posible entrada de ex repúblicas soviéticas en la Alianza Atlántica. Rusia quiere vetar la entrada de Georgia y Ucrania en esta estructura militar, algo que los occidentales no parecen dispuestos a aceptar. Por ahora las espadas están en alto y las dos partes, Occidente y Rusia, buscan el acuerdo político y diplomático.


LA SITUACION EN RUSIA, BIELORRUSIA Y KAZAJISTAN

Tras 22 años en el poder el presidente ruso, Vladimir Putin, ha conseguido convertir al gobierno salido del derrumbe soviético en una autocracia caracterizada por la ausencia de una oposición democrática, que él mismo mandatario se ha encargado de desactivar a merced de una persecución atroz, y en la prohibición, bien sea cerrando medios u organismos independientes, de toda forma de disidencia. Putin, que piensa seguir en el poder por muchos años, ha cambiado el ordenamiento legal ruso para continuar otros dos mandatos más en la presidencia hasta alcanzar el año 2036, en que el máximo líder ruso sería un anciano.

Pese a haber salido airoso de los conflictos de Georgia y Ucrania, Rusia tiene ante sí numerosos desafíos políticos, sociales y económicos.  En primer lugar, nadie sabe a ciencia cierta qué pasará el día después que Putin deje el poder y haber eliminado, a veces de una forma brutal, como fue con el caso del disidente envenenado y ahora encarcelado Alekséi Anatólievich Navalni, otras más sutil, como fue la prohibición de algunas organizaciones consideradas “extranjeras”, a toda forma de oposición, le ha restado al régimen mucha credibilidad, sobre todo a nivel internacional.

En lo que respecta a Bielorrusia, el principal aliado de Rusia en el mundo postsoviético, las elecciones de agosto del 2020 no contribuyeron a crear un clima de sosiego y estabilidad en el país. La oposición democrática, capitaneada por la candidata Svetlana Tiajnovskaya, que se consideró así misma como ganadora en el proceso electoral, no aceptó los resultados y organizó masivas protestas contra el régimen del reelecto presidente Aleksandr Lukashenko. Después, superados los fuertes enfrentamientos entre la policía y desafectos a Lukashenko, Tiajnovskaya se exilió y las aguas volvieron a una cierta calma, aunque eso no evitó que los Estados Unidos y la UE impusieran duras sanciones a Bielorrusia.

Finalmente, la tranquila y estable Kazajistán, gobernada durante lustros con mano de hierro por el sempiterno Nursultán Nazarbáyev, ha padecido en las últimas semanas un terremoto político, al levantarse inesperadamente miles de kazakos contra el sucesor y delfín de viejo patriarca, Kasim Jomart Tokayev, quien había decidido subir el precio del gas licuado. La errónea decisión, que después fue revocada, afectaba directamente a la incipiente clase media kazaka y fue muy mal recibida por una población muy cansada de esperar unos cambios que nunca llegan.

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