17 julio, 2020

De Balfour a Rothschild

El Lord inglés Arthur Balfour, Ministro de Exteriores británico, envió el 2 de noviembre de 1917 una carta a Lord Lionel Walter de Rothschild. La carta era tan esperanzadora para el magnate, filántropo y líder de la comunidad judía de Gran Bretaña, como lo sería para todo el pueblo judío víctima del exilio y todas […]

Walter Rothschild – 2do. Barón de Rothschild – Foto: Wikipedia – Dominio Público

El Lord inglés Arthur Balfour, Ministro de Exteriores británico, envió el 2 de noviembre de 1917 una carta a Lord Lionel Walter de Rothschild. La carta era tan esperanzadora para el magnate, filántropo y líder de la comunidad judía de Gran Bretaña, como lo sería para todo el pueblo judío víctima del exilio y todas sus pérfidas consecuencias. Se puede ver en la carta histórica que la Reina daba el aval y el visto bueno de la creación de un Estado judío en esa tierra del medio oriente. La familia Rothschild había servido a la corona desde épocas Napoleónicas. Sin el apoyo de esta ilustre familia de la banca internacional tal vez no hubieran podido derrotar al ejército francés de Napoleón. Así que había una deuda que era hora de pagar y esto también fue la declaración Balfour.

El ex premier Balfour era un hombre descrito por quienes lo conocieron como un hombre tímido y falto de carácter, Winston Churchill realizó una comparación entre Balfour y Herbert Asquith, ex premier también de Gran Bretaña y quien luego sería Lord Oxford, diciendo que la diferencia entre Balfour y Asquith es que Arthur era malvado y moral, mientras que Asquith era bueno e inmoral. Mientras que, Balfour paso a la historia y Asquith no, probablemente Churchill haya tenido la razón, además que fue amigo cercano de ambos personajes.

Los judíos residentes en Europa fueron incesantes víctimas del antisemitismo que se presentó desde Rusia hasta Portugal. Era una necesidad darle una tierra al pueblo de Israel. Lord Rothschild quién había comprado tierras desde hacía ya un tiempo para otorgarlas a judíos europeos que fueran a colonizar esta tierra inhóspita, baldía y sin vida. Aunque existía una milenaria población judía y una población árabe, esta tierra estaba en ruinas. El periodista judío inglés Israel Zangwill, en pleno comienzo del siglo XX en 1901, inmortalizó su frase “Una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra”. Cosa que luego acontecería, cuando se firmara la Declaración Balfour, que otorgaría la región del protectorado británico en Palestina, otrora la Siria Otomana, a la causa sionista.

Asimismo, Mark Twain en 1867 visitó esa región denominada “La Palestina” que estaba bajo dominio del Imperio Otomano y luego escribiría en la obra llamada “Inocentes a bordo” que esto acontecería: “De todas las tierras de grandes paisajes, pienso que Palestina debe ser el príncipe. Sus montañas son infértiles, tienen un color opaco, tienen una forma poco pintoresca. Los valles son desiertos, que tienen una vegetación débil, que tiene una expresión de ser triste y abatida”.

 Twain también escribiría en un diario americano en 1899, en defensa de los judíos nacionalizados estadounidenses y en contra de los antisemitas norteamericanos como Henry Ford y Thomas Alba Edison y otros sectores xenófobos académicos, empresariales y sectarios como el Ku Kux Klan, lo siguiente:

“Los egipcios, los babilonios y los persas aparecieron, llenaron con sonido y esplendor el planeta, luego se desvanecieron en la materia de los sueños y desaparecieron. Los griegos y los romanos los siguieron y también hicieron mucho ruido y también se fueron. Otros pueblos han surgido y sostenido sus antorchas en alto por un tiempo. Pero también se agotaron y permanecen en alguna nebulosa o han desaparecido.
El judío los vio a todos. Los venció y está ahora como siempre estuvo, sin exhibir ninguna decadencia, ningún deterioro debido al tiempo, ningún debilitamiento de sus componentes, ningún retardo en sus energías, ningún aplacamiento de su mente alerta y activa.
Todas las cosas son mortales menos el judío. Todas las otras fuerzas pasan, pero él permanece”.

 Aunque había ofrecido la ONU al movimiento sionista (sin lugar a dudas, el principal precursor del Estado moderno de Israel) tierras que no tenían ninguna relación con el pueblo judío. Uganda fue una opción o Madagascar, estas como propuestas vagas que terminarían llevando finalmente a la consecución de devolver la tierra milenaria del pueblo judío.

Israel no obtuvo en 1917 el terreno denominado La Palestina por Adriano, que la había denominado así, en revancha con Israel, poniéndole el nombre de los “filisteos” enemigos bíblicos de los hebreos. Sin importar la declaración Balfour, con el aval de la Corona Inglesa, no se entregaría a Israel su tierra prometida. Y, también por otros motivos como negociaciones secretas con los árabes, como la correspondencia Husein-McMahon, que salvaguardaba los intereses británicos en el Medio Oriente, que data de antes de los acuerdos de Sykes-Picot.

Hará pues falta para la obtención de la “Tierra Prometida” que seis millones (6.000.000) de judíos muertos en la Shoá (Holocausto) pagarán con sus vidas el precio de no tener un Estado propio en el cual hubieran podido exiliarse estas víctimas inocentes de una guerra entre Europa que luego implicaría a otros Estados. Los judíos europeos no tuvieron a donde ir, salvo algunos que escaparon al nuevo mundo, como Estados Unidos y Argentina mayoritariamente. Los que se quedaron en Europa terminaron en campos de exterminio algunos sus tempranas vidas y al final de la guerra algunos que no corrieron con el fatal destino, lograron sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial. El genocidio fue total, en el caso judío desapareció alrededor de una tercera parte de la población existente en la época.

El pueblo judío sin Estado fue víctima directa y casi totalmente exterminado por la maquinaria nazi que, empoderada por Adolf Hitler, despojaría de toda pertenencia y enviaría a campos de concentración y exterminio a mujeres, hombres, niños y ancianos a un destino final deshumanizado en lugares como Auschwitz. Fueron necesarios treinta (30) años más para que el 29 de Noviembre de 1947 la recientemente creada ONU declarará la creación del Estado Judío en Israel. La mayor potencia Imperial de la época Gran Bretaña ratificaba su apoyo desde la declaración Balfour pero no era está una declaración con la legalidad y el peso que tendría luego la declaración 181 de las Naciones Unidas.

La declaración Balfour no logra una consecución como tal parecía; pero era el inicio de lo que se cristalizaría tres décadas luego. Sin hacer de lado que Gran Bretaña y Francia, colonizadoras del Medio Oriente, firmaron el acuerdo de Sykes-Picot que prometía desde ya un Estado Judío que no se vio de inmediato creado. El asunto de tensión histórica, y que tiene repercusiones hasta nuestros días, es la repartición hecha casi que a escuadra entre ingleses y franceses del medio oriente luego de ser los vencedores en la primera guerra mundial y que hasta hoy tiene violentas reacciones en toda la zona. El movimiento sionista logró el sueño de su líder y fundador Theodor Hertzl pero no sería nada fácil llegar a una tierra que estaba abandonada pero también estaba bajo el dominio árabe y en su vecindad.

Aun así, es un precedente histórico que cambia la historia moderna. La creación del Estado moderno de Israel es un hito histórico. Las guerras comienzan desde el momento en que los soldados británicos se marchan. Los países árabes vecinos, habían conformado la Liga Árabe (Transjordania, Egipto, Siria, Líbano e Irak), que se desplegaría en contra de Israel, poco después de haber tenido lugar la Declaración de independencia de Israel. Guerras las cuales, hasta hoy, Israel ha obtenido el triunfo. Así que, como diría David Ben Gurión en la declaración de Independencia, que tuvo lugar en Tel Aviv, precisamente en el bulevar Rothschild “Eretz Israel ha sido la cuna del pueblo judío. Aquí se ha forjado su personalidad espiritual, religiosa y nacional. Aquí ha vivido como pueblo libre y soberano; aquí ha creado una cultura con valores nacionales y universales”.

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