Una hermosa ceremonia, pero…

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Samuel Auerbach

Los actos conmemorativos del 70 aniversario de la creación del Estado de Israel fueron dignos de su motivación. La perfección de su realización como su transmisión televisiva, no dieron margen a la mínima objeción. Fueron dos horas y media de placer para los ojos y los oídos, que en varios momentos hicieron impacto en los corazones de los presentes y millones de televidentes.

El público se deleitó con un ininterrumpido desfile de formidables escenas alegóricas enriquecidas con alta tecnología y bellas canciones. No faltaron el tradicional encendido de antorchas a cargo de distinguidos personajes, el desfile de soldados, el cambio de abanderados y los emotivos discursos. Pero un detalle que podría considerarse sin importancia me hizo pensar. Con el fin de solucionar el problema de los espectadores con discapacidad auditiva, todas las palabras que se oyeron durante la transmisión del acto, estuvieron subtituladas. Sin embargo, no fue así con el discurso del señor Primer Ministro Biniamín Netanyahu. La gente con problemas en la audición no pudo gozar con el discurso de primer ministro en tiempo real.

¿Por qué pudo haber sucedido esto? Si bien existe la estenotipia computerizada que es el sistema que permite a una persona entrenada en el método, escribir a la misma velocidad del discurso, no creo que este método fue empleado en la transmisión televisiva del acto conmemorativo. De haber sido así, no hubiera habido motivos para no subtitular las palabras del primer ministro.

En esta oportunidad, para hacer que los subtítulos de las palabras aparezcan en el mismo instante en que se las pronuncian como se observó en la televisión, todo lo que se dijo tuvo que haber sido presentado a los realizadores antes de la transmisión. Si el discurso del primer ministro no fue subtitulado es porque, aparentemente, el primer ministro no entregó su discurso para tal fin. ¿Por qué no entregó la hojas con el contenido de lo pensaba decir como hicieron todos los demás?

De haberlo, hecho se hubiese descubierto su incorrecta intención de exceder los 7 minutos que debería durar su alocución, tal como se había estipulado. Y así fue. Su discurso duró 14 minutos. Un incumplimiento programado con premeditación y alevosía. Fue más largo que el discurso del señor Yuli Edelstein, el presidente del Parlamento quién, según la tradición, debería haber sido el único en presidir el acto y su principal orador.

 

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