Parashat Vaetjanán (Deuteronomio 3:23-7:11)

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Doble pecado, doble consuelo
Ellos pecaron doblemente, como dice: “Jerusalem ha pecado un pecado”. Y fueron golpeados doblemente, como dice: “Ella ha recibido el doble por sus pecados”. Y serán consolados doblemente, como dice: “Sé confortado, sé confortado, mi pueblo” (Ialkut Eija 1118).
Este Midrash puede ser entendido en base a los comentarios de Ibn Ezra y de Sforno sobre los últimos versículos de nuestra parashá:
“Cuando en el futuro tu hijo te pregunte, diciendo: “¿Cuáles son los testimonios, los estatutos y las leyes que Hashem nuestro Dios nos ha ordenado?”. Entonces dirás a tu hijo: “Esclavos fuimos del Faraón en Egipto, y Hashem nos sacó de Egipto con mano poderosa… y Hashem nos ordenó cumplir todos estos estatutos, a fin de temer a Hashem nuestro Dios, por nuestro bien todos los días, para darnos vida, como en este día” (Deuteronomio 6:20-24).
Ibn Ezra explica que la pregunta del hijo no es “cuáles son las mitzvot”, sino “por qué nos pusieron un yugo diferente al de los otros pueblos”. La respuesta de la Torá es que debemos confiar en que las mitzvot son para nuestro propio beneficio, porque Dios nos salvó de la esclavitud al sacarnos de Egipto. Sforno dice que si bien el beneficio de las mitzvot es predominantemente en el Mundo por Venir, ellas también nos traen vida en este mundo.
Dios se presenta a sí mismo en el comienzo de los Diez Mandamientos como el Dios que nos sacó de Egipto, no como el Dios que creó el cielo y la tierra. Esto nos recuerda que al igual que la redención de Egipto fue por nuestro propio beneficio, así también las mitzvot fueron entregadas por nuestro propio beneficio y no por el de Él. Y a pesar de que, como dicen los Sabios, las mitzvot no se nos dieron para que disfrutemos sino como un yugo alrededor de nuestros cuellos, el propósito de ese yugo es, al final de cuentas, nuestro propio bien.
La Hagadá atribuye la pregunta de la Torá aquí al hijo sabio. La respuesta que se le da en la Hagadá es que existe una halajá de no ingerir nada después del Korbán Pesaj – es decir, el sabor del Korbán Pesaj es todo lo que tenemos en nuestras bocas al momento de la redención. Al final, es el beneficio de las mitzvot, como comer el Korbán Pesaj, lo que se queda con nosotros.
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Desde el Principio al Final
La Torá comienza con la bondad de Dios – vistiendo a Adán y Eva – y termina con Su bondad – enterrando a Moisés. La base de la Torá es jésed – Dios da ilimitadamente a quienes le sirven. La Torá es, en esencia, una expresión del deseo de Dios de hacer el bien con nosotros. No es una imposición sobre nuestra vida, sino un marco de trabajo con el cual podemos ganarnos una recompensa eterna para nuestro propio beneficio.
Hilando más fino, la Torá comienza con la bondad de cubrir la humillación del hombre, su cuerpo físico. Nos da los medios para que utilicemos este cuerpo al servicio de Dios y así lo purifiquemos y lo elevemos. Moisés fue la culminación de este proceso de elevación. Transformó su cuerpo físico en algo tan sagrado que sólo Dios pudo enterrarlo y dejarlo ahí hasta la resurrección de los muertos. Esa es la esencia de la Torá – remover la vergüenza del materialismo puro para elevar lo físico a un estado de santidad.
Cuando uno peca, realmente comete un crimen doble: el primero es la rebelión en contra de Dios; el segundo es en contra de uno mismo, al despreciar el beneficio de la mitzvá. Por lo tanto, el castigo también es doble. Dios no sólo castiga por la rebelión – al igual que un padre castiga a un niño para disciplinarlo y guiarlo de regreso al buen camino – sino que también uno se roba a sí mismo el grandioso beneficio que Dios tanto desea brindarle.
Consecuentemente, el consuelo también es doble. El beneficio máximo será alcanzado y, en adición, entenderemos que el castigo mismo fue por nuestro propio bien para evitar que perdamos nuestra recompensa eterna. ■

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