Israel en el Nuevo Orden Mundial

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Netanyahu con embajadores de los estados de la OTAN. Foto: Haim Zach / GPO

Por Bryan Acuña Obando – Analista Internacional y Profesor Universitario

En un artículo publicado en 2016 en la página del Foro Económico Mundial (WEF por sus siglas en inglés), el Dr. Robert Muggah (co fundador del Instituto Igarape) destacó que en 2030 un puñado de países compartirían el poder en el ámbito global.

En los próximos años países como Alemania, Japón e India podrían tener una presencia determinante en los cambios que se generarán en el mundo. Mientras tanto, Rusia, China y Estados Unidos seguirán siendo los gestores de políticas internacionales asociadas con paradigmas geopolíticos de control sobre el supercontinente Eurafrasia (Europa, Asia y África). Muggah menciona que, por un lado, parte de la transformación incluirá el fotalecimiento y ampliación de las cuotas de poder entre los distintos grupos que componen el Estado, por lo que mientras más homogéneo sea este menos riesgos enfrentará en relación con la dispersión del poder concentrado en el Gobierno.

El informe otorga un carácter especial a las grandes ciudades, las cuales podrían funcionar con cierta independencia, casi como una entidad paraestatal, al igual que actores no estatales podrían hacer presión política en favor de una agenda propia.

Y en todo esto, ¿qué papel está jugando Israel en el proceso de atomización del poder global?

El gobierno israelí está invirtiendo simultáneamente en varios frentes y, pese a los errores que ha cometido al estrechar relaciones solo con los conservadores estadounidenses, ha podido entablar importantes canales de comunicación con otros actores del poder global, como Rusia, quien se ha convertido en una fuerza determinante en Medio Oriente.

La realidad geográfica de Israel le ha permitido mantener una relación cercana entre Jerusalén y Moscú, al punto de que en un evento tan delicado como el derribo de un avión ruso por sistemas de defensa sirio (atribuido a una maniobra israelí), se han podido bajar las tensiones y mantener el caso en careos mediáticos, no diplomáticos ni militares.

En el caso de China, en la agenda se encuentran megaproyectos que sin duda impactarán las relaciones, no solamente entre Pekín y Jerusalén, sino además de cara a la resolución del conflicto con los palestinos. Gracias al ambicioso proyecto con impacto global “Nueva Ruta de la Seda” eventualmente los chinos podrían, por efecto del desarrollo económico, acercar las partes y bajar los niveles de tensión.

En las relaciones bilaterales se debe mencionar que China es el mayor exportador de productos hacia Israel, más que cualquier otro país, incluyendo los Estados Unidos, con un total de 13.5% de las importaciones israelíes (US$ 7.9 billones) en 2016, comparado con 12,3% de las importaciones norteamericanas en el mismo rubro. A esto se debe agregar que Israel es cofundador del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el equivalente al Banco Mundial liderado por China.

Desde 2017 ha habido una importante mejora en las relaciones entre Israel y la India ($800 millones exportados a la India en 2016), siendo los israelíes los segundos proveedores de armas para los indios, después de Rusia, lo cual le abre a Israel un frente comercial, junto con China, en respuesta a ciertos movimientos de bloqueo por parte de la Unión Europea.

En este sentido, Israel ha encontrado un acceso sin precedentes a los mercados asiáticos (dejando por fuera a los países del cinturón musulmán y los del Cercano Oriente en general), donde ha logrado mantener buenas relaciones con países como Japón, Tailandia, Birmania y Filipinas; estos últimos no de mi agrado personal en el ámbito político.

Aunque las relaciones con Occidente siguen siendo las más importantes —Alemania, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, entre otros, siguen siendo factores importantes para la política exterior de Israel—llama la atención cómo el país ha logrado abrir tantos frentes a la vez en materia económica, social y militar, y esto obedece a los cambios que se están dando en el sistema de naciones.

Si se hiciera el mismo ejercicio con otros países, vecinos de Israel, se encontrarían algunas sorpresas en cuanto a cambios paradigmáticos o elementos novedosos en las normas comunes que han regido las relaciones internacionales en la región como, por ejemplo, algunos países árabes o liderazgos a lo interno que mantienen conversaciones con Israel o donde la opinión pública ya no es tan incendiaria contra los israelíes.

Con base en este último aspecto se ha retomado la necesidad de dialogar con los palestinos para alcanzar el fin del conflicto, pero en el panorama de un poder tan atomizado, como el presentado por el Dr. Muggah, y la realidad política internacional actual, se generan dudas sobre el tipo de Estado palestino que se pueda impulsar o, lo que es más complejo aún, con quiénes eventualmente se plantearía la negociación dado que existe una tendencia a fraccionar el poder entre muchas vertientes internas.

En el caso palestino, ya no se trataría solo de negociar con Hamas o con la Autoridad Nacional Palestina sino de que internamente ellos planteen una agenda propia que sea apoyada por la mayoría de las fuerzas políticas internas, algo que no se ha logrado en más de una década de conflicto entre las partes.

Conforme pasa el tiempo hay menos posibilidades de ver una luz al respecto y, por el contrario, esa atomización del poder y los criterios podrían finalmente impulsar un ya marcado desarrollo desigual entre las poblaciones palestinas. Así se podría gestar un esquema de división territorial más federal, con gobiernos descentralizados peleando constantemente a lo interno con las fuerzas que detentan el poder, y externamente para lograr acuerdos “favorables” con los israelíes.

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