Irán y Arabia Saudita revisan sus estrategias

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El rey Salman bin Abdulaziz al Saud y Donald Trump Foto: Casa Blanca Shealah Craighead

Dr. James M. Dorsey

Hay pocas dudas de que las protestas iraníes fueron alimentadas por reclamos económicos generalizados, y los detractores de Irán en el extranjero no siempre parecieron útiles alentando desde la tribuna. De hecho, Arabia Saudita, el enemigo de Irán, fue el opositor de la República Islámica que se abstuvo de unirse a esos fanáticos que alentaban públicamente, en un intento por evitar que el régimen de Teherán lo usara como chivo expiatorio. Los líderes iraníes apuntaron al reino de todos modos, y al hacerlo ilustraron la dinámica de la rivalidad iraní-saudita.

Tanto el enfoque iraní como su rival saudita están en constante cambio. Los manifestantes en Irán desafiaron los fuertes gastos del gobierno en apuntalar a aliados como el presidente sirio Bashar Assad y el financiamiento de sus socios (proxy) en el Líbano, Irak, Palestina y Yemen, por no hablar de las campañas de proselitismo en el África occidental.

Las protestas probablemente no cambiarán la política iraní, que los líderes del país ven como el meollo de su estrategia de defensa en las guerras encubiertas de Irán con Estados Unidos y Arabia Saudita. Esas guerras han estado en curso desde la Revolución Islámica de 1979, que derrocó al Sha, un ícono del poder estadounidense en la región.

No obstante, los líderes iraníes tendrán que tomar en cuenta los reclamos públicos, incluso si las protestas se agotan. En lugar de promocionar públicamente sus éxitos regionales, es probable que Teherán sea más circunspecto sobre su involucramiento en el exterior. Si bien eso no cambiará las cosas en el terreno, puede contribuir con el tiempo a una disminución de las tensiones.

A pesar de las protestas, Irán tiene pocos motivos para cambiar los hechos sobre el terreno. Con el acceso a los sistemas de armas más avanzados del mundo rigurosamente restringido durante décadas debido a las sanciones y boicots, algunos en respuesta a las acciones y políticas provocativas iraníes y otros en parte por las luchas de poder regional; Irán ha tratado de luchar sus batallas lejos de sus fronteras. Muchos iraníes han comprado el argumento de que esa política ha protegido en gran medida a su país de la inestabilidad y el jihadismo que sacudió al resto de la región.

Guardia Revolucionaria de Irán

Los ataques simultáneos del Estado Islámico, en junio pasado, en el Parlamento iraní y el Mausoleo del ayatollah Khomeini, fundador de la República Islámica, en el que murieron doce personas, han sido vistos como excepciones que confirman la regla. Sin embargo, esa percepción ha cambiado en un segmento significativo de la población. Las protestas exigían que los fondos asignados a la doctrina de defensa de Irán y la mejora de su influencia regional se inviertan en cambio en mejorar el deterioro del nivel de vida.

“Nuestra doctrina militar está… basada en la experiencia histórica: durante la guerra entre Irán e Irak, Saddam Hussein hizo llover misiles fabricados por los soviéticos en nuestras ciudades, algunos de ellos con componentes químicos proporcionados por Occidente. El mundo no solo guardó silencio, sino que ningún país vendería armas a Irán para permitirnos al menos disuadir al agresor. Hemos aprendido nuestra lección”, escribió el ministro iraní de Exteriores, Mohammad Javad Zarif, en The New York Times semanas antes de que comenzaran las protestas.

Hablando en un seminario del Instituto Brookings en Washington, el periodista iraní-estadounidense Maziar Bahari describió la doctrina de Irán como una versión más brutal y militarizada de la política de la periferia del primer ministro israelí David Ben Gurion: en ausencia de relaciones con los vecinos de Israel, él buscó forjar lazos con los vecinos de los vecinos.

Zarif representa el punto de vista del gobierno pragmático del presidente iraní, Hassan Rouhani, una visión compartida por los conservadores como parte de una ambición mucho mayor que no tienen escrúpulos en articular.

En una columna en el conservador Teherán Times titulado “¿Qué es lo que hace que Irán sea más fuerte que a Arabia Saudita?”, el sociólogo y periodista Muhammad Mazhari argumenta que “el régimen saudita no tiene la comprensión de que el dinero no puede reemplazar los valores ideológicos”. Por el contrario, Mazhari escribe, “hay vínculos comunes entre Irán y Hezbollah, pero el quid de esos vínculos no es monetario. Lo que impulsa a Irán no es un objetivo superficial; está trabajando duro para restaurar el imperio, pero esta vez culturalmente, mientras que Arabia Saudita y sus alianzas no tienen una visión clara ni un proyecto en el Oriente Medio excepto el de mantener su trono”.

El Príncipe Muhammad prometió, meses antes que Zarif articulara la doctrina de defensa de Irán, que la lucha con Irán tendría lugar “dentro de Irán, no en Arabia Saudita”. De este modo, el príncipe heredero estaba jugando con los temores iraníes profundamente enraizados en una historia de intervenciones extranjeras que se extiende desde la antigüedad hasta los tiempos modernos, así como poniendo de relieve las diferentes estrategias fundamentalmente sauditas e iraníes.

Desde que llegó al poder en 2015, el príncipe Muhammad ha cambiado el énfasis de la estrategia saudita de 1) diplomacia cultural y pública de largo plazo centrada en la promoción del ultra-conservadurismo musulmán sunita como un antídoto al Irán chií y a la ideología revolucionaria y 2) la dependencia pasiva de Estados Unidos para defender el reino para contener a Irán hacia una confrontación más asertiva con la República Islámica en todas partes, excepto en el propio Irán.

El enfoque del Príncipe Muhammad es un juego de poder basado principalmente en la diplomacia del talonario de cheques, tácticas de presión y proyección del reino como custodio de las ciudades más sagradas del Islam. Es un enfoque que carece de cualquier ideología o cosmovisión más allá de la necesidad de contrarrestar a Irán y apoyar a un régimen autocrático o autoritario en un intento por garantizar la supervivencia del gobierno de la familia real.

El enfoque del Príncipe Muhammad ha producido hasta ahora resultados mixtos en el mejor de los casos. Su esfuerzo por forzar una crisis política en el Líbano, presionando al primer ministro Saad Hariri, para que renunciara resultó contraproducente. El rey Abdullah de Jordania y el presidente palestino, Mahmud Abbás rechazaron la exigencia del príncipe heredero para que no asistan a una cumbre islámica en Estambul convocada el mes pasado para condenar el reconocimiento de Jerusalén por parte de Donald Trump como capital de Israel.

La aventura militar del príncipe, la intervención en Yemen, se ha empantanado, empañando seriamente la imagen del reino, e incluso provocado críticas por parte de uno de sus más grandes simpatizantes, el presidente Trump. Egipto ha adoptado una política exterior independiente que a veces está en discordancia con las posiciones adoptadas por Arabia Saudita, a pesar de que es financieramente dependiente del reino.

Pendiendo de un hilo está la cuestión de si la declaración del Príncipe Muhammad, el año pasado, de que quiere regresar al reino a una forma moderada aún no definida del Islam significa que va a introducir un elemento ideológico a su estrategia que sustituiría a la propagación cada vez más problemática de ultra-conservadurismo sunita.

Es una tarea difícil en un país donde la cultura y el establishment religiosos están impregnados de ultra-conservadurismo a pesar del apoyo a códigos religiosos y sociales más relajados en un segmento significativo de una población predominantemente joven.

Una redefinición exitosa del Islam mejoraría no sólo significativamente la confianza en la capacidad del Príncipe Muhammad para cambiar la naturaleza de la sociedad y la economía de Arabia Saudita, sino también fortalecería al reino en su lucha con Irán, que -a pesar de ser combatido como un juego de suma cero- sólo puede ser resuelto con un acuerdo que reconozca tanto a Arabia Saudita como a Irán como actores regionales claves.

La economía, en lugar de la rivalidad de Teherán con Riad y la hostilidad hacia los Estados Unidos e Israel, es el meollo de las protestas antigubernamentales en Irán. Sin embargo, las protestas probablemente obliguen a los líderes iraníes a reposicionar sus involucramientos extranjeros en un momento en que el príncipe Muhammad está tratando de renovar su reino como parte de una estrategia de supervivencia económica y política. A más largo plazo, eso podría crear involuntariamente los cimientos para la baja de tensiones en una disputa que ha causado estragos en todo el Oriente Medio y el mundo musulmán en general.

Fuente: BESA The Begin-Sadat Center For Strategic Studies

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