¿Entramos en la era del extremismo?

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Ya hace unos años viene percibiéndose en la atmósfera una creciente imposibilidad de interpretar y juzgar la realidad social y política con parámetros moderados y racionales.
Paralelamente al incremento del terrorismo islámico en el mundo, las democracias occidentales (incluida la israelí) experimentan un debate político cada vez más polarizado.
Las elecciones en Estados Unidos fueron el culmine de una campaña llena de consignas estereotipadas, mentiras, acusaciones “extrajudiciales” acerca de la criminalidad del adversario. Tanto los candidatos demócratas como los republicanos contribuyeron al recrudecimiento de esta atmósfera política de bajo nivel, cargada de odio.
Como lo explica Alan Dershowitz, estamos en un momento peligroso en el que los extremismos se agudizan, tanto desde la izquierda como desde la derecha, y en el que abundan las teorías conspirativas, el antisemitismo y la cristalización del adversario como enemigo a eliminar.
Si bien aún no sabemos cuál será la política exterior de Donald Trump (en parte porque aún debe asumir su cargo y en parte porque las definiciones tardan en tomar forma), su victoria ha generado efectos de envalentonamiento de los sectores de extrema derecha en el mundo. En Israel, un sector del movimiento colono, representado por el partido Habait Hayehudí, decidió no esperar las escasas semanas que le quedan al actual inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama y amenazar con romper la coalición gobernante si la Knéset aprueba su proyecto de legalización del asentamiento temporal de Amona (en contradicción con la orden de la Corte Suprema de demolerlo el 25 de diciembre).
Esta actitud irresponsable, egoísta y extremista es un mal síntoma. Sartre, denominaba “mala fe” a la actitud de no responsabilizarse por los propios actos, bajo el pretexto de que la realidad exterior –en este caso la victoria de Trump- es más o menos favorable.
El proyecto sionista nació bajo el ideal de la democracia y la ley del derecho, que siempre están por encima de los juegos de la baja política. Sin embargo, asistimos a una atmósfera mundial en la que aquellos bajos juegos y la glorificación de la fuerza y del poder toman mayor protagonismo. Esto es producto de largos años de sopor cultural, de una larga siesta posmoderna, en la que importa más el derecho a consumir y a vivir un estilo de vida particular que ejercer una vida ciudadana en común. Ya es tarde, el terrorismo islámico, las guerras, y auge del nacionalismo nos recuerdan que la democracia no era un derecho adquirido.
  Jorge Iacobsohn

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