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Es una tarea muy difícil. Una guerra urbana contra un enemigo cuyo valor supremo es el martirio, matando para lograrlo y sin importar quien sea sacrificado de sus propias filas y población. Una guerra desigual en todo lo que pueda compararse, siendo lo más delicado la diferencia abismal en cuanto a cómo conciben los israelíes y las huestes de Hamás el concepto de vida, el valor de esta. 

Luego de más de cincuenta días de los trágicos acontecimientos del 7 de octubre de 2023, todos conocen lo que sucedió ese día y las intenciones de quienes lo perpetraron. Todos saben quién es Hamás y lo que es capaz de hacer aún a la luz de todas las miradas. Amigos y no tan amigos de Israel coinciden en que Hamás es un peligro real para la existencia misma de Israel. Pero no se actúa en consecuencia. 

Se le aprueba a Israel su derecho a la defensa, la necesidad de deponer a Hamás y la legítima pretensión de rescatar a sus rehenes. La ventana de negociaciones que logró traer a casa unas pocas decenas de ellos ha evidenciado, una vez más, el grado de crueldad de los secuestradores. Torturas físicas y mentales a los secuestrados, terror psicológico a un país entero. Se negoció y se ha de negociar a través de parte interpuesta, Qatar en este caso. Pero nadie denuncia la estrecha relación de Qatar con Hamás y su inminente responsabilidad en lo que Hamás ha hecho de Gaza gracias a su patrocinio. Un estado diseñado para atacar a Israel planificando y ejecutando atentados, lanzando cohetes en cantidades sorprendentes, estableciendo un aparato militar con más de 30 mil hombres en armas perfectamente configurado, apertrechado a todo trapo con armas, municiones y uniformes, y con una red interconectada de túneles que compite con los mejores metros y subterráneos del mundo. 

Con todo lo anterior a sabiendas, con la realidad que vive Israel y todo su dramatismo, se le exige a Israel proporcionalidad y cuidado en su accionar. Los daños colaterales tratando de capturar y anular los hombres de Hamás, evitar el lanzamiento de misiles y ubicar retenes, deben minimizarse. Como si fuera que Israel eligió esta coyuntura o como si fuera que tiene mejores opciones. Pero no se le exige nada a Qatar, ni se vocifera en cualquier foro vinculante que Hamás deponga las armas y se rinda. El trabajo difícil, el mismo que es y será condenado, se le asigna a Israel. Una tarea que beneficiará a todos, pero de la cual mientras se logran los objetivos, se responsabiliza a Israel en solitario. 

El destino de Hamás parece sellado. Será depuesto del gobierno de Gaza, o será muy debilitado. La ingobernabilidad de Gaza ha de ser sustituida por algún mecanismo que garantice seguridad para Israel y progreso para Gaza. Ese mecanismo no se vislumbra con alguna certeza. El modelo de la Autoridad Nacional Palestina en la Margen Occidental no parece capaz de encargarse de la situación. De hecho, existen dos estados virtuales (o más bien reales), enfrentados y unidos solo por su animadversión hacia Israel. Tampoco se vislumbra nada edificante en el sur del Líbano, con las tropas de Hezbollah muy cerca de Israel y un arsenal de decenas de miles de cohetes, muchos de ellos con mecanismos sofisticados.

Las guerras de Israel han sido siempre de corta duración. El país no está para largos períodos de tiempo con movilización de reservas. La rendición del enemigo no parece que vaya a ser el epílogo del enfrentamiento. El epilogo pareciera que será una derrota aplastante de Hamás no obstante que, desde el mismo 7 de octubre, se considera a sí mismo el vencedor de este macabro episodio. Ya esta guerra ha durado demasiado, y las restricciones que el mundo le impone a Israel tienden más a alargarla que a recortar los tiempos.

El fragor de la batalla también desgasta a Israel. Los familiares de los rehenes exigiendo su rescate, un gabinete de guerra que no es un gobierno de unidad nacional, cientos de miles de personas desplazadas en el norte y sur de Israel por temor a la lluvia de cohetes. El poderío militar de Israel está diseñado quizás para otros escenarios, no para este desgaste producto de la mentalidad y acción del enemigo, y también de las restricciones que imponen los amigos de turno. Estos últimos que exigen de Israel patrones de conducta y defensa que no se aplicarían a sí mismos siquiera en circunstancias más favorables.

El día después de este conflicto se ve aún lejano. Además, poco claro. Israel necesita de mucho más apoyo real y práctico. Las condolencias y solidaridades al dolor se agradecen, pero no resuelven. Se requiere presionar a todos los que puedan influenciar al enemigo y sus aliados. Se requiere una condena irrestricta y unánime al terror y a lo que sea gestado en Gaza.

Sin una contundente victoria y un apoyo real… no se ve el día después. 

Elías Farache S.
[email protected]
eliasfaraches.blogspot.com  

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