Letras y música: Nathan Shaham

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Foto: Henriku. Wikipedia CC BY-SA 3.0

Joseph Hodara

Hay libros que no admiten el olvido. El es el caso del Cuarteto Rozendorf, engendro de la pluma (hoy reencarnada en una fiel computadora) de Nathan Shaham. Nació en Tel Aviv en 1925.
Su padre, Eliezer Schteinman y su tío David – ambos periodistas y escritores- le imprimieron la voluntad de emularlos. Y todos ellos se inclinaron a escribir en el rejuvenecido idioma de un país que prometía nacer. Los sonidos del violín le encantaron como adolescente y alumno en el celebrado Gimnasio Herzlía. Jamás los abandonó, sumándoles aportes al teatro y a la novela.
Muy temprano se enlistó en las filas del Palmaj y tomó parte en múltiples combates al lado de Igal Allón; el más dramático: la conquista de Eilat. Desde 1945 es miembro del kibutz Beit Alfa localizado al sur del lago Kinneret. Publicó más de sesenta novelas y algunas obras de teatro. Por estos escritos mereció varios premios literarios (Schlonsky, Habima, Israel), y en estos días, a sus 91 años, no cesa su creación literaria.
Entre sus obras hay que mencionar La piedra en la boca del pozo, El testigo del Rey, y sus múltiples crónicas escritas como consejero cultural de la Embajada de Israel en USA. Y sobre todo: El Cuarteto Rozendorf.
Vio la luz en 1987 y desde entonces se han multiplicado las reediciones. Su vocación musical tiene aquí sonoras expresiones. Relata el encuentro y los desencuentros de varias culturas en una tierra controlada por el imperialismo británico: Palestina en los años treinta. Con Hitler ya en el poder, los judíos alemanes – el uno por ciento de la población pero el veinte de los académicos y artistas – son vomitados de un país que aman. El ascenso del nazismo dislocará tanto la cultura de Goethe como las buenas intenciones de la república de Weimar. Buscan refugio en algún rincón del mundo con un pasaporte signado por la letra J. Palestina es en estas circunstancias el último y no siempre anhelado refugio, al menos por algún tiempo.
Lugar que es escena de agrios conflictos: judíos, árabes y británicos enredados en y por la violencia. Y en este escenario, muy lejos de armonía alguna, a Bronislaw Huberman se le ocurre crear una orquesta sinfónica en Tel Aviv. Arriesgado proyecto que ofrece a músicos judíos la oportunidad de llegar a Palestina para preservar el amor a por este arte. Opción que la dramática visita y la exigente batuta de Arturo Toscanini tornará inescapable.
Cuatro de los miembros de la sinfónica resuelven crear un grupo musical. La iniciativa es de Kurt Rozendorf, primer violinista en la orquesta de Berlín, sin empleo por decisión nazi y habitante involuntario de Palestina. El relato de Shaham alude, primero, a este músico que debe alejarse de su esposa e hija que, por ser impecables alemanes y cristianos, no se inclinan a pisar un salvaje rincón en el Medio Oriente. El intercambio de cartas – cuidadosamente redactadas- y la esperanza de un reencuentro con ellas le consuela cuando acaricia las cuerdas. Como segundo violín contrata a Konrad Fridman, un sionista entusiasta que constantemente alienta al cuarteto a ofrecer su música a aldeas alejadas de Tel Aviv y Jerusalén. Al violoncelo está Eva Shtamberfeld, que a todos impresiona por su belleza y por los enigmas que atesora; en particular le divierte despertar los apetitos masculinos. Y en fin, Bernard Litovski es el chelista del cuarteto.
El libro conoce cinco capítulos que retratan a cada uno de los miembros del cuarteto, y ponen al desnudo reflexiones e instintos que apenas comparten con los demás. La fisonomía y desventuras del grupo son descritas al final por Egón Lowenthal, amigo de Rozendorf.
Kurt es el personaje central. Al emprender el viaje a Palestina anota: “olas sin espuma acarician los bordes del barco. El motor emite sonidos de mi bemol mayor que coinciden armónicamente con el azul del mar, el color de las nostalgias que anhelan lo absoluto… “Confiesa: estoy por insertar en mi vida cambios muy drásticos; sin embargo, mi indiferencia es absoluta… “
En contraste, Konrad Fridman decide reiniciar su diario obedeciendo una necesidad obsesiva, ineludible. “Cuando llegué al país en 1932, como joven aventurero de 22 años, estaba dispuesto a hipotecar todo lo que poseo – los libros y mi violín – y recibir a cambio un par de pesadas botas… Quería sacrificarme en el altar de la redención nacional y usar el violín como leña para animar el fuego.” Pero Konrad retorna a su inicial vocación adhiriendo a los sonidos embriagantes del cuarteto. Morirá en 1948, en uno de los choques militares de ese año.
Mujer fría y erótica, Eva se autodefine: “soy una inglesa que nació por error de una madre judía en Alemania”. Después de múltiples aventuras – fantasiosas más que reales – se casa con un oficial británico y abandona Palestina para integrarse en la orquesta sinfónica de Londres.
Finalmente, Bernard Litovsky llegará a Estados Unidos y se insertará en la orquesta de Minneapolis. Sólo Kurt, el fundador del cuarteto, al recibir noticias sobre la muerte de su esposa e hija asesinadas por los nazis, resuelve quedarse en Israel y crear una nueva familia con una de sus jóvenes alumnas.
No es el epílogo del relato. Shaham habrá de extenderlo en un libro posterior titulado La sombra de Rozendorf que se publicó en 1981. Merecerá comentarios en otro lugar y momento. ■

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