La admirable jutzpe * de Daniel Barenboim

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Joseph Hodara

En estos días -el 15 de noviembre para precisar- una figura que combina sensible arte con cuestionada convicción política festejará los 75 años de edad. Es Barenboim uno de los primeros argentinos quien desde su llegada a Israel, con sus padres Aida y Enrique en 1952, multiplicando hoy las más altas virtudes de judíos y del judaísmo humanista y secular, en las diásporas como en Israel. Y a semejanza de no pocos que se adelantaron a sus tiempos, también Daniel ha merecido en vida aplausos y censuras, premios e insultos, desde las salas de conciertos hasta la Knéset. Dialéctica que en justicia le honra.
Como pianista se dio a conocer en 1953 en la orquesta de la Gadna israelí, actividad que llevó a cabo en paralelo a sus tempranas actuaciones en Europa al lado de consagrados músicos y conjuntos. Y respetando la sensibilidad de judíos e israelíes en su momento, se negó a presentarse en Berlín en 1955; actitud que cambiará muchos años después al conocer el viraje humanista de Alemania.
En la víspera de la Guerra de los Seis Días, cuando no pocos temíamos el temprano colapso y desaparición de Israel, Barenboim y su entonces compañera Jacqueline du Pré no vacilaron en presentarse en Jerusalén para animarnos con la quinta sinfonía de Beethoven. Muy pocas horas después ambos contrajeron matrimonio con y en las luces del Muro conquistado. Jacqueline era entonces muy feliz con su conversión al judaísmo que jamás abandonará. Y en los días que siguieron juntos interpretaron melodías en todos los frentes a los cuales el ejército israelí llegaba. La admiración y el aplauso fueron entonces unánimes. El viraje se produjo más tarde cuando Daniel empezó a manifestar personal y pública inquietud por la persistente y celosa ocupación de los territorios palestinos. Esta tendencia constituía a su juicio -entonces y más hoy- no sólo un acto opresivo contra un pueblo que en justicia aspira a la libertad y a una presencia digna en el mundo; también un hecho que habrá de pervertir y afear al judaísmo como doctrina y a Israel como democracia. Y desde entonces el celebrado pianista empezó a encontrar en el país que eligieron sus padres no pocos gestos hostiles al lado de repetidos aplausos.
Ambivalencia que se acentuó cuando Barenboim aspiró a interpretar la música de Richard Wagner. Con justicia él explicó que corresponde deslindar entre la sublime belleza de sus óperas, por un lado y, por otro, y sus opiniones personales sobre los judíos europeos. Y, por cierto, no es ni justo ni pertinente culparlo por la adicción que Hitler reveló tempranamente por sus creaciones o por el apoyo de éste a las doctrinas fascistas predicadas por Houston Chamberlain, el yerno de Wagner que éste no conoció. Postura que ni diputados israelíes -incluso un Reuvén Rivlin que hoy seguramente arrepentido muerde sus labios- ni porciones de la pública opinión se inclinaron a aceptar. Infeliz actitud por cierto.
Más tarde y en justa amistad con el orientalista Edward Said, Daniel multiplicó sus iniciativas para aproximarse a la audiencia palestina con el propósito de traducir así los más altos valores de la democracia y del judaísmo humanista. Llegó con su música a Ramallah y a Gaza, y más tarde con el West-East Divan difundió y reiteró como conductor y pianista mensajes de justa fraternidad.
En filoso contraste con torcidas fracciones en la Knéset, la Universidad Hebrea y el Instituto Weizmann le honraron con los más altos títulos, y el codiciado Premio Wolf -hoy tan distinguido como el Nobel- le fue en justicia concedido. Sin reservas y en justicia, al llegar a los 75 años, Daniel Barenboim -a la vez argentino, israelí, palestino, español- merece estridente aplauso. ■
* Jutzpe: En ídish atrevimiento, audacia

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