13 enero, 2022

¿Un 2022 cambiante? Quizás

Este 2022 comienza con señales mezcladas. La pandemia, esta vez bajo la variante Omicrón, se extiende todavía en el planeta y en el país.

Banco de Israel – Foto: Wikipedia

Benito Roitman

Estamos en alguna medida más protegidos –vacunas, procedimientos, algo más de información- y nos reconforta la presunción de que se trata de una variante altamente infecciosa pero menos violenta, con la cual –en el peor de los casos- podremos convivir. La actividad económica se viene recuperando de la recesión que acompañó al estallido de la crisis sanitaria y que elevó el desempleo a niveles similares a los de la Gran Depresión, pero las disrupciones en la oferta internacional de algunos insumos claves, sea por problemas en la producción, sea por problemas en su transporte oportuno, no han sido superados aún, de modo que la recuperación económica es todavía frágil, a la que se suman temores de fuertes irrupciones inflacionarias. En cuanto a la situación política internacional, ésta se muestra peligrosamente volátil aún en plena pandemia, con puntos altos como el enfrentamiento entre los EEUU y China  y las amenazas expansivas de Rusia, a los que se agregan la inestabilidad en  Africa subsahariana y los movimientos internos en el sudeste asiático, mientras se negocia –con resultados inciertos hasta ahora- un nuevo acuerdo de restricción nuclear con Irán.

El inicio del nuevo año en Israel no escapa a todo este panorama. En el ámbito económico se acompaña con algunas buenas noticias: se espera que la recuperación del crecimiento en el 2021 proseguirá con más fuerza en este 2022 (la OECD estima una tasa de 4.9% para ese año, algo menor a la tasa de 5.5% que calculara el Banco de Israel en octubre pasado y que mantuviera en su revisión de enero 2022); el desempleo continuará a la baja, aunque sin llegar todavía a los valores previos a la pandemia y el consumo privado seguirá creciendo, en parte como consecuencia del uso de ahorros generados durante las limitaciones impuestas a la población durante la crisis sanitaria. Mientras tanto la pandemia en Israel, igual que en el resto del mundo, adquiere nuevas dimensiones con la variante Omicron y su virulencia en términos de número de infectados crece, aunque su virulencia en términos de gravedad parece ser menor.  En estas circunstancias el gobierno, después de muchas idas y venidas, parece estarse inclinado hacia una política de adaptación a una “nueva normalidad” –entendiendo por ésta una política de apertura hacia la mayor parte de las actividades, tanto ocupacionales como recreativas, en lugar de imponer restricciones- basada en la aparente menor gravedad de la actual variante de la pandemia y de su probable permanencia entre nosotros (política que estaría siendo contemplada ya en diversas latitudes). 

En cuanto a las variantes políticas, el nuevo gobierno (sí, ya sé que el gobierno actual tiene más de seis meses de antigüedad, pero es difícil, después de tantos años, acostumbrarse a la idea de que Benjamín Netanyahu ya no es Primer Ministro) no presenta demasiadas sorpresas ni actúa muy fuera del libreto previsto. Superada ya la votación del presupuesto, cuya aprobación era la condición necesaria para que la curiosa coalición conformada en junio del 2021 con retazos de todos colores y sabores se mantuviera en el gobierno, la realidad es que en términos generales el gobierno actual viene optando por no innovar, es decir, por proseguir con el estatus quo en términos de la ocupación, en materia de seguridad y en relación con las definiciones de la ley del Estado Nación. Y pese a las supuestas posiciones divergentes de los componentes de izquierda de la coalición con todas o algunas de esas materias, éstos no han cuestionado hasta ahora esa opción por no innovar.

Quizás se trate de evitar, en esta etapa, rompimientos en una coalición estructuralmente frágil, que favorecerían a la oposición encabezada por Netanyahu; quizás se esté esperando que se superen las urgencias de lo inmediato –y en primer lugar la lucha contra la crisis sanitaria- para comenzar a reaccionar y a diferenciarse. Quizás… Pero hoy por hoy las líneas de política que sigue en Israel el gobierno (el nuevo gobierno) se identifican notoriamente con la derecha, lo que por otra parte es coherente con las posiciones que parece mantener una proporción significativa de la población. Y en estas circunstancias es difícil prever, al menos en lo inmediato, un cambio de rumbo significativo, aunque sería deseable que lo que viene sucediendo en el entorno internacional constituya parte del detonante necesario para que ese cambio comience a producirse. Porque Israel, lo acepte o no, está inmerso en ese entorno, y lo que en él viene aconteciendo –en todas sus latitudes- es un verdadero punto de inflexión, en un panorama donde las certidumbres pasadas están siendo sustituidas por nubes de incertidumbres que cuando se piensa a futuro, más allá de la actual pandemia, son difíciles de despejar.

Estas incertidumbres están sin duda asociadas con los cambios que están teniendo lugar internacionalmente en materia económica, social y política. Estos incluyen una revisión de las hegemonías y de las potencias hegemónicas a las que estábamos acostumbrados (aunque  resulte aún prematuro especular sobre cómo éstas se reordenarán); comprenden también una creciente presión sobre los valores y las instituciones democráticas, con populismos de izquierda y derecha que los socavan aún desde dentro; se manifiestan en las crecientes críticas al modelo económico neoliberal y a sus consecuencias en la distribución de los ingresos y la riqueza, así como en la necesidad de diferenciar, en los procesos de globalización, sus aspectos positivos y negativos, para rescatar los primeros en aras de una mayor igualdad entre y dentro de las naciones. Y es preciso señalar también que nuevas banderas: cambio climático, feminismo, minorías, medio ambiente, son las que (quizás) desplazan a las antiguas divisas sociales.

¿Cómo se desenvolverán todas esas variantes? El futuro es opaco. Sin embargo, algunas señales parecerían augurar tiempos mejores. En la última reunión del Grupo de los 7 (G7: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) en Cornwall en junio del 2021, un grupo de expertos presentó una propuesta, conocida como el Consenso de Cornwall, que aspiraría a convertirse en un nuevo paradigma que sustituya al llamado Consenso de Washington. Como es sabido, este último –publicado inicialmente en 1989- es una recopilación de diez propuestas de políticas económicas que en su conjunto pueden verse como núcleos del modelo económico neoliberal y que en su mayoría formaron y forman parte de las estrategias económicas de un gran número de países (e Israel no es una excepción). Por su parte, el Consenso de Cornwall aparece como el producto de un largo proceso de  revisiones críticas –en gran parte en los ámbitos académicos pero cada vez más en la esfera política-  de los resultados económicos y sociales de la  aplicación de los principios del Consenso de Washington, completado entre otros con las lecciones recientes de la crisis económico-financiera del 2008/2009, la acelerada innovación tecnológica, la preocupación por el medio ambiente y el cambio climático y las experiencias de la pandemia vigente y de sus efectos en las sociedades nacionales. No es seguro que el Consenso de Cornwall resulte ser finalmente el que sustituya el paradigma del Consenso de Washington, aunque puede que se constituya en un hito importante en los procesos de cambio que se están viviendo a escala planetaria.

Pero poco de todo esto –si es que algo- ha permeado hasta ahora en Israel. El seguimiento del desarrollo de la pandemia ocupa, con toda lógica, un lugar central en las preocupaciones de la sociedad israelí. Más allá de esto, lo que predomina es el mantenimiento del estatus quo tanto en lo económico como en lo político y en lo social y ello pese a que ya es inocultable la brecha entre el dinamismo creativo de las actividades de alta tecnología, responsables por la buena performance israelí en el exterior pero acotados a una parte menor de la sociedad, y el resto de la población, afligida por el alto costo de vida y a la que sólo llegan ecos de la prosperidad que reflejan las cifras macroeconómicas. Y que el gobierno (el nuevo gobierno) se niega tozudamente, en boca de sus principales voceros, a reconocer la posibilidad de un Estado palestino y ni siquiera a conversar sobre ello. Y que los conflictos religiosos y étnicos internos son, a juicio de muchos expertos, más peligrosos que las amenazas externas. El mundo está cambiando (la pandemia no parece haber hecho más que acelerar la conciencia, la necesidad y la posibilidad del cambio). Israel está en el mundo. ¿Se afiliará a los cambios?  Quizás.

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