Benjamín Netanyahu - Foto: Amos ben Gershom - GPOBenjamín Netanyahu - Foto: Amos ben Gershom - GPO

La percepción adelantada del resultado electoral resultó precisa: no hay ganadores ciertos.  Hay victorias parciales y derrotas que interpretar. Pero no hay un primer ministro con un mandato firme, que no necesite intrincadas negociaciones y hasta ciertas renuncias a las plataformas ideológicas de sus votantes, si es que están se pueden identificar a estas alturas.

Los votantes israelíes están polarizados como nunca en torno a una figura que despierta por igual respeto y admiración, antipatía y rechazo. Benjamín Netanyahu es un primer ministro de logros indiscutibles, con una personalidad que genera pasiones encontradas.

Lo cierto del caso es que, en cuatro elecciones seguidas, una oposición variable pero consecuente en aquello de desbancarlo, no lo ha logrado. Y tampoco el primer ministro ha logrado imponerse. Ante el empate recurrente, se exige de Netanyahu que renuncie a su vocación de mandatario y acepte que es una piedra de tranca en el desarrollo político de su país. Y Netanyahu le requiere a sus oponentes que reconozcan que no son capaces de sacarlo a punta de votos, que son un bloque heterogéneo con el factor común de querer excluirlo, sin ninguna otra fibra de cohesión.

Así las cosas, pareciera que la transitoriedad es el estatus permanente del ejecutivo de Israel. Se gobierna en cómodos semestres, con elecciones en esos períodos. Se debate en cada una de las elecciones sobre asuntos cada vez menos ideológicos y se busca que el problema del momento sea el tema principal de las campañas, las mismas que terminan agotando a todos. Juicio a Bibi, enfrentamiento con Irán, pandemia. Siempre habrá de qué agarrarse.

El sistema parlamentario de Israel trata de lograr la representación y representatividad de todos los sectores del país.  En muy buena medida lo logra, pero a costa de otorgar a minorías muy identificables una cuota exagerada de poder, aquella que puede determinar quién ha de ser el jefe de gobierno.

En esta ocasión, de marzo de 2021, varios partidos con sólo cuatro, cinco, seis o siete escaños, pueden definir quien ha de liderar la coalición y hasta desde su ínfimo número de escaños, nominar como primer ministro a quien encabece su lista de candidatos.  Naftali Bennet y Guideon Saar pudieron haber accedido a la primera magistratura, el Likud con el 25% de los escaños, puede ser el líder de la oposición. Los partidos de derecha, con absoluta mayoría, podrían llegar a ser parte de una coalición en la cual sea Yair Lapid el primer ministro, aun cuando se identifique, en el mejor de los casos con un centrismo inclinado a la izquierda.

Además de paradójico, el resultado electoral da pie a ciertos absurdos que parecieran inconcebibles en un país admirado en el mundo por su desarrollo intelectual y su eficiencia. Israel ha dominado la pandemia en tiempo récord, lo cual no significa breve, pero sí de primero en el mundo. Sin embargo, elecciones van y vienen, y no se logra un gobierno estable.

El tema de los próximos días y semanas será evitar unas quintas elecciones en pocos meses. Negociaciones y rumores serán el pan de cada día. Al momento de escribir esta nota, las posibilidades de nuevas elecciones lucen muy altas.

Después de dos años, cuatro elecciones, un nuevo presidente en los Estados Unidos, y muchos cambios en cómo vive la humanidad, en este aspecto de elecciones y coaliciones… todo sigue igual.

Por algo el pueblo judío es diferente.

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