Sobre paradojas y contradicciones de la economía

Pleno empleo a costa de las injusticias
Benito Roitman
Entrar a analizar con cierto grado de profundidad el funcionamiento de la economía y de la sociedad israelí lleva a evidenciar una serie de paradojas y de situaciones contradictorias, que hacen dudar sobre cuáles podrían ser los calificativos más adecuados para caracterizarla, dentro de los parámetros a los que estamos acostumbrados. Y esto resulta más evidente si ese análisis se hace tomando cierta distancia, es decir, si se lleva cabo tratando de evitar posibles cargas de afecto o de crítica referidas a esa misma sociedad.
Ciertamente, en las sociedades de los países desarrollados -y ni que hablar de las sociedades de los llamados países emergentes-   las contradicciones entre los niveles de crecimiento económico alcanzados y su potencial para elevar la calidad de vida de toda su población, frente a las realidades opuestas que se constatan cotidianamente, de creciente desigualdad en la distribución del ingreso y por ende de la progresiva falta de oportunidades de disfrute de los beneficios de ese crecimiento, constituyen el pan de cada día.
Esa problemática se hace más notoria aún como consecuencia de los cataclismos que pueden afectar a esas sociedades, como lo atestigua la crisis de finales de la primera década de este siglo y cuyas consecuencias aún están presentes. Y todo ello envuelto en los procesos de globalización y de sus aspectos negativos (que los tienen).
Pero en esas sociedades, las reacciones frente a esos desarrollos no se hacen esperar, aun cuando asuman diferentes modalidades (rotación en el gobierno de los partidos políticos existentes, repudio a los partidos políticos existentes y apoyo masivo a nuevos movimientos políticos, movilización cuasi permanente de los ciudadanos contra las medidas gubernamentales,  oscilación del electorado entre propuestas de derecha y de izquierda) y aun cuando no logren alcanzar sus propósitos en el corto plazo, lo que muchas veces sucede.  De todos modos, se supone (aun sin conceder) que los avances en las mejoras sociales habrían de ser, en última instancia, el fruto de movilizaciones populares  lideradas por quienes dicen interpretar  las voluntades mayoritarias.
No parece ser éste el caso de la sociedad israelí. Y no es que falten paradojas y contradicciones en sus procesos económicos y sociales.  El Producto Bruto Interno por habitante se ubica actualmente en poco menos de los 38.000 dólares, muy cercano al promedio de los países de la OECD (del orden de los 42.000 dólares). Pero de acuerdo a cifras oficiales (Informe Anual del Seguro Nacional), cerca del 22% de la población se sitúa debajo de la línea de pobreza, aunque la organización Latet, en su último Informe Alternativo sobre Pobreza, aumenta ese porcentaje a 29%. Y aun la cifra de 22% ubica a Israel en el segundo lugar más alto en términos de pobreza dentro de la OECD (sólo superado por México).
El crecimiento del PIB en 2016 se situó en un aceptable  4%;  pero ese crecimiento, en lugar de sustentarse en el dinamismo de las exportaciones, que constituyen el fuerte de una economía pequeña como la israelí,  se basó en un aumento del 6.3% del consumo privado,  aumento que además se generó de manera significativa  en la compra de vehículos.
En efecto, las cifras del comercio externo muestran un virtual estancamiento de las exportaciones de bienes y servicios en los últimos años, donde el crecimiento de las exportaciones de servicios -especialmente los servicios de sectores de alta tecnología-  viene compensando hasta ahora la caída de las exportaciones de bienes. En este contexto, las cifras de desempleo son las más bajas de los últimos 25 años y equivalen casi a una situación de pleno empleo de la mano de obra en la economía. Pero este aumento en el empleo se ha originado en su mayor parte en ocupaciones de baja productividad, con las escalas más bajas de salarios, lo que compromete las perspectivas futuras de crecimiento.
Pero quizá una de las mayores contradicciones y paradojas del ámbito social israelí es que en una economía que se ha venido situando, en términos macroeconómicos, a la par de los países desarrollados y que además mantuvo en alto desde antes de la creación del Estado ideales sociales de igualdad y solidaridad, muestra ahora niveles de gasto social que se encuentran significativamente por debajo del promedio de los países de la OECD: mientras que el gasto social público en Israel representa el 16.1% del PIB, el promedio para la OECD es de 21% del PIB, para el año 2016, y esto se viene manteniendo desde hace más de 10 años.  Esto se da en el marco de una persistente disminución del gasto público en general, como una forma de expresar la adhesión del gobierno al modelo económico-social en boga, que privilegia el funcionamiento de los mercados y reniega de las intervenciones del sector público.
Ciertamente, el tema de la pobreza y en general el de la problemática social, con sus rasgos tan agudos en medio de una economía que se precia de ubicarse entre las de los países más desarrollados, no ha sido completamente dejado de lado por el gobierno, aunque la sociedad en general, más allá de las manifestaciones del 2011, no parece estar reclamando demasiado por más justicia social. A finales del año 2013 el gobierno instaló la llamada Comisión para la Lucha Contra la Pobreza en Israel, presidida por Eli Alaluf, señalando que “las dimensiones de la pobreza y de las brechas sociales en Israel imponen extremas penurias a muchos ciudadanos israelíes y tienen un fuerte impacto negativo sobre la solidaridad y la cohesión de la sociedad”.  En ese contexto,  la Comisión debería recomendar un conjunto de acciones para reforzar los esfuerzos de Israel dirigidos contra la pobreza, incluyendo un marco organizacional que haga posible la reducción de la pobreza.
Las recomendaciones de la Comisión, presentadas a mediados del año 2014, prevén la posibilidad de alcanzar, en 10 años, el mismo nivel de pobreza de los países de la OECD, lo que equivale a disminuir a la mitad los niveles actuales de pobreza en Israel. Parte de esas recomendaciones han sido adoptadas por el gobierno y han venido siendo incorporadas, paulatinamente en el presupuesto. Pero mientras que la Comisión recomendaba un gasto adicional del orden de los 7,9 miles de millones de shekel anuales, las asignaciones adicionales en los presupuestos de los años 2015, 2016 y 2017 se situaron en el 6%, 26% y 54%, respectivamente, del gasto adicional recomendado (de acuerdo a un estudio reciente del Taub Center). Y es dudoso, en estas circunstancias, que puedan cumplirse las expectativas de la Comisión.
El hecho es que en este -incompleto- panorama de contradicciones y paradojas en la sociedad israelí, conviven procesos dinámicos de crecimiento orientados en gran medida por una envidiable capacidad creativa, junto a una creciente incapacidad para incorporar a sectores cada vez más amplios de la población en el disfrute de los beneficios de ese crecimiento. No se trata de una incapacidad insuperable, sino de una modalidad de funcionamiento que, habiendo dejado atrás los viejos ideales sociales que alguna vez caracterizaron a este país, defiende con entusiasmo la feroz competencia individual, aun a costa del mantenimiento de nuestros valores más caros.
Pero oponerse activamente a esa modalidad de funcionamiento es lo que está haciendo falta en esta sociedad. ¡Cuántas veces hemos oído que la prioridad es mantener la seguridad del país! Y ciertamente, la seguridad es vital. ¿Pero dónde está escrito que la seguridad se ha de obtener -y mantener-  a costa de la injusticia?

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