26 julio, 2021

Rumania, el Holocausto silenciado e ignorado

Paradójicamente, era uno de los países más implicados en la tristemente conocida como «solución final». Comienzan a aparecer numerosos trabajos acerca del Holocausto perpetrado por las autoridades rumanas, bajo supervisión y conocimiento de la Alemania nazi y dentro de lo que conocemos como “solución final”, contra los judíos de este país. Recientemente, además, se ha […]

Paradójicamente, era uno de los países más implicados en la tristemente conocida como «solución final».

Comienzan a aparecer numerosos trabajos acerca del Holocausto perpetrado por las autoridades rumanas, bajo supervisión y conocimiento de la Alemania nazi y dentro de lo que conocemos como “solución final”, contra los judíos de este país. Recientemente, además, se ha vuelto a publicar un trabajo olvidado, perseguido e incluso prohibido por las autoridades rumanas durante décadas: El Holocausto en Rumania. Hechos y documentos de la aniquilación de los judíos rumanos, 1940-1945, de Matatias Carp. Alrededor de unos 400.000 judíos, sobre una población de 760.000 -otras fuentes elevan esa cifra casi hasta casi medio millón-, serían exterminados por el régimen rumano del mariscal Ion Antonescu y sus aliados fascistas


Los hechos descritos en el libro fueron sistemáticamente negados por las autoridades comunistas rumanas durante décadas, pues consideraban que los únicos crímenes contra los judíos se habían cometido en la Transilvania ocupada por los húngaros aliados de los nazis. Al caer el régimen comunista, cuando se han reabierto los archivos y ha reconsiderado toda la historia de Rumania de este período, muy pocos se atrevieron a denunciar y a escribir sobre el Holocausto acaecido en su territorio.

LOS ORÍGENES DEL FASCISMO RUMANO

La llegada al poder de los fascismos italiano y alemán, en 1921 y 1933, respectivamente, supuso la propagación de las ideas autoritarias y fascistas en todo el continente, que creyeron ver en ambos regímenes los instrumentos ideológicos para la concreción de sus respectivos proyectos nacionales. La Rumania de entreguerras, muy machacada económicamente tras la contienda, se caracterizaba por un sistema político infuncional, una clase dirigente absolutamente corrupta y una escasa cultura democrática, amén de un alto nivel de subdesarrollo social y económico. Así fue posible que, debido al cansancio generalizado por la situación, junto con un contexto social, político y económico muy explosivo, un movimiento político de ribetes fascistas e ideas nacionalistas encontrara importantes apoyos en la sociedad rumana: la Guardia de Hierro de Corneliu Codreanu.


Entre los años 1936 y 1940, como ha ocurrido en casi todos los países que participaron en el Holocausto, los judíos son acusados y presentados en los medios de comunicación como los culpables de la grave situación que padece el país y representados en caricaturas y artículos como “especuladores”, “vendepatrias”, “traidores” y “antirumanos”. La Guardia de Hierro, a través de sus medios, proclamas y actos, les acusa de ser los responsables de todos los males que acechan al país. Se producen las primeras agresiones, ataques a propiedades judías e incluso crímenes. El camino hacia el exterminio estaba ya “preparado” por los medios.


En este clima de agitación política y constantes provocaciones por parte de la Guardia de Hierro, en septiembre de 1940 el rey Carol II acaba aceptando la entrada en el Gobierno de quince miembros legionarios y la creación de un “Estado Nacional Legionario”. Las provocaciones y las acciones violentas contra los judíos, atizadas convenientemente por los medios que controlan los legionarios, son constantes.

La Guardia de Hierro, al igual que había pasado con las SA de Röhm en la Alemania nazi, era ya vista como un peligro por el rey y un actor molesto que le desafiaba en su inmenso poder. Preparada la matanza al estilo de la “noche de los cuchillos largos”, Codreanu acabaría sus días como un Röhm balcánico; sería ejecutado y asesinado, junto con algunos de sus partidarios, sin contemplaciones. El régimen nazi, que en boca de Hitler había asegurado que “Antonescu era el único rumano fiable”, apoyó y, al parecer, estaba detrás de la operación. Para los judíos, como después se demostraría, la muerte de Codreanu no era un buen presagio, sino más bien lo contrario: su asesinato presentado como el martirio de un arcángel por sus partidarios, serviría de excusa para llevar a cabo nuevas y refinadas acciones criminales.

EL BALANCE DE LOS CINCO MESES DE LA GUARDIA DE HIERRO

En los cinco meses que van desde septiembre de 1940 hasta enero de 1941, los judíos rumanos perecieron lo indecible, pues al exterminio generalizado se le unieron una crueldad gratuita sin parangón y un tratamiento sádico con respecto a los judíos. Las violaciones, los asesinatos callejeros, las mutilaciones de los cadáveres, las torturas en los centros de detención, las deportaciones en apenas minutos y todo un sinfín de padecimientos y tropelías se reprodujeron por todo el país durante estos meses y así hasta el final de la guerra. No olvidemos que las autoridades que sustituyeron al régimen “nacional-legionario” por uno de corte militar tampoco pusieron fin a unas hostilidades que gozaban del apoyo de la Alemania nazi, su principal socio.

Aparte del drama padecido en vidas humanas, hay que señalar que el Holocausto rumano significó el final de una cultura milenaria. Se prohibió toda forma de manifestación artística y literaria y la enseñanza de la cultura judía, quizá en uno de los países de Europa del Este donde había más tradición, medios, periódicos, semanarios e imprentas para su difusión. También quedó restringido y casi perseguido el culto religioso, una medida ya tomada en los meses de ejercicio del gobierno de la Guardia de Hierro que se puede considerar casi inútil pues la mayor parte de las sinagogas habían sido expropiadas, destruidas o incendiadas. Una buena parte del patrimonio de los judíos rumanos nunca se recuperaría y quedaría tras la guerra en manos de las nuevas autoridades comunistas impuestas por Moscú, que claramente no tenían ni la más mínima intención en reabrirlas.

En lo que respecta a las restricciones aprobadas por los legionarios contra los judíos, hay que destacar que a los miembros de esta comunidad se les prohibió trabajar en la ópera, en las selecciones deportivas rumanas, en las imprentas, en los periódicos y semanarios, en el cine y en general en lo que tuviese relación con las disciplinas artísticas. También fueron expulsados de la mayor parte de los colegios profesionales y se les prohibió a médicos, abogados y arquitectos ejercer su profesión con clientes no judíos.

Cuando ya llevaban unos meses en el Gobierno de Rumania, los legionarios habían conseguido imponer a los judíos la estrella de identificación amarilla en las ciudades de Buzau, Calarasi, Orastie, Rimnicul Vilcea, Turnu Magurele y Urziceni, algunas de ellas ya citadas en esta misma nota.

sto antes de su caída en desgracia, en enero de 1941, los miembros de la Guardia de Hierro, que ya habían iniciado una campaña de “romanización” por todo el país, atacaron a la comunidad judía de Bucarest, incendiando sus casas, asaltando sus negocios y violando a mujeres indefensas ante sus maridos y sus hijos. Luego un numeroso grupo de judíos fue asesinado en el matadero de Bucarest y otro, quizá algo menor, fue asesinado en los alrededores del actual aeropuerto de Baneasa. La matanza, por su virulencia y crueldad, llegó a conmocionar al cuerpo diplomático establecido en Bucarest, mas no fue perseguida por las autoridades rumanas de entonces, que tomaron debida y silenciosa nota de lo acaecido sin hacer nada por remediar el sufrimiento de la población hebrea de la capital. El número de muertos superó al centenar, pero tuvo un impacto psicológico brutal sobre la atemorizada población hebrea, que contempló como en una noche eran destruidos sus negocios, propiedades y sinagogas y como, sin la intervención de ningún poder del Estado, eran asesinados decenas de hebreos.

ANTONESCU ENTRA EN ESCENA 

Un poco más tarde, en enero-febrero de 1941, el Mariscal Antonescu se hace con el poder y decide terminar con los excesos de la Guardia de Hierro, pero no para proteger a los judíos sino para salvar a su régimen y al rey. Alemania ya había dado el visto bueno al cambio de régimen en Bucarest, pese a los grandes apoyos con los que contaba la Guardia de Hierro. Su extremado radicalismo y su crueldad sin límites llevaron a los nazis a desembarazarse de un enemigo molesto, incontrolable y no sujeto a ninguna autoridad. Querían aliados sumisos y obedientes, como los militares, aunque fueran menos bestiales en sus formas.

El régimen de Antonescu se caracterizaba por sus ideas fascistas, una orientación en política exterior pro-alemana sin discusión, un sistema político basado en el nacionalsocialismo alemán y claramente excluyente, acentuando siempre su carácter antisemita y antigitano. Desde sus orígenes, Antonescu no ocultó su interés por poner en práctica la “solución del problema judío”, es decir, el exterminio de todos los hebreos, y la “romanización” del país.

Las persecuciones y posteriores ejecuciones de las comunidades hebreas no sólo se produjeron en Rumania, sino que consta que las fuerzas armadas rumanas, en colaboración con las alemanas, trabajaron duramente en la deportación y exterminio de las comunidades de Bucovina, Transnistria y Besarabia durante las campañas militares de Antonescu contra los soviéticos. Se tienen noticias de que al menos 10.000 judíos de la capital de Moldavia, Kishinev, fueron asesinados en el año 1941; 44.000 de Besarabia llevados a campos de exterminio en Valaquia y unos 20.000 de Odessa serían asesinados tras un ataque aliado contra la ciudad, siendo culpados los judíos de ser los responsables de los bombardeos, argumento recurrente utilizado durante toda la guerra por los nazis y sus aliados.

Otra de las matanzas más importantes acaecidas, en junio de 1941, fue la de Iasi, donde 12.000 judíos murieron asesinados en apenas días. Fue uno de los pogroms más pavorosos de toda la Segunda Guerra Mundial, pues los judíos sufrieron vejaciones, torturas, crueles asesinatos e incluso mutilaciones en sus órganos genitales tras la matanza. El exterminio de casi todos los judíos de la capital de Moldavia fue precedido por un clima de hostigamiento y ataque calumnioso en la prensa rumana contra este colectivo étnico; las autoridades rumanas alentaron el ataque y posterior pogrom sin tomar medidas para evitarlo, sino más bien lo contrario.

Al igual que ocurría en otras partes de Rumania, a la matanza de judíos siempre le sucedía la organización de las operaciones de rapiña y robo de todas las propiedades de los judíos; todas las propiedades, joyas, dinero en efectivo y propiedades inmobiliarias eran “expropiadas” ilegalmente.

LA “SOLUCIÓN FINAL” RUMANA (1941-1944)

Antes de que comenzaran las campañas masivas de deportación y posterior aniquilamiento de los judíos, en muchas localidades rumanas, sobre todo de Valaquia y Moldavia, la Guardia de Hierro ya había eliminado a casi el 80% de los hebreos de ciudades como Tirgoviste, Giurgiu, Turnu Magurelele y Caracal. Y más tarde, a partir de 1941, ya funcionaban los guetos de Securiene, Edine, Marculesti, Vertuieni y Chernovitz, donde se hacinaban en las peores condiciones imaginables más de 120.000 judíos.

Entre 1941 y 1944, siguiendo siempre la orientación de la política alemana con respecto a la “solución final”, e incluso superándola en crueldad, el ejecutivo de Antonescu participó en la deportación y exterminio de miles de judíos; en la confiscación de todos los bienes de los deportados y los asesinados hebreos; y, por último, en la rapiña e ilegal expropiación de todas las cuentas, fondos, joyas, negocios y bienes de los judíos rumanos.

En enero de 1944, y tras haber desatendido los llamamientos de los gobiernos occidentales para poner al exterminio de los judíos, el mariscal Antonescu, en el discurso del nuevo año, niega cínicamente el maltrato a los ciudadanos judíos que vivían en Rumania, mientras que en casi toda Rumania hasta el último vestigio judío, incluidos los cementerios, es borrado del mapa

LAS FRÍAS ESTADÍSTICAS DE UN EXTERMINIO

Al final de la guerra, una vez que se habían abolido las medidas antihebreas, en diciembre de 1944, habían fallecido más de 400.000 hebreos -por diversas causas- del total de los censados en el último censo fiable realizado en la Rumania de entreguerras, el de 1931. Se considera que de esta cifra son responsabilidad del Gobierno de Anontescu (1941-1944) más de 350.000 víctimas causas por las deportaciones, las pésimas condiciones de vida en los guetos y centros de deportación y las matanzas perpetradas por las fuerzas rumanas; los otros 50.000 habrían sido asesinados por elementos incontrolados o en el breve período en que los legionarios de Codreanu fueron aliados de Antonescu.

Las responsabilidades de todos estos crímenes recaen, sobre todo, en el dictador Antonescu, pero sería poco serio hacer soportar todo el peso de la culpa en todos estos luctuosos hechos sobre una persona. En el sistema de exterminio y destrucción de la vida judía rumana, participaron las Fuerzas Armadas y cuerpos de seguridad, en primer lugar, y luego la mayor parte de las instituciones de un Estado implicado en legalizar el robo y la rapiña de miles de propiedades de los judíos asesinados.

Por desgracia, como han demostrado todas las fuentes y testigos presenciales de los hechos, la historia de Rumania en aquellos años no fue una excepción al exterminio de los judíos, sino que fue uno de los escenarios, junto con Alemania, Croacia, Eslovaquia, Hungría, Polonia y Ucrania, donde mayor número de víctimas judías se produjeron durante la Segunda Guerra Mundial. La mayor parte de ellas, para mayor escarnio, en acciones organizadas por los rumanos para efectuar ejecuciones masivas y matanzas colectivas. Fueron, al igual que otros pueblos de la Europa del Este, los verdugos voluntarios de Hitler en la “solución final”.

Fotos del autor de la nota

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