3 junio, 2021

Parashat Shelaj Lejá

Sucedía cada vez que algún proyectil de los lanzados desde la Franja de Gaza salía desde su territorio. Particularmente de quienes, por vivir en la zona, salían corriendo a buscar refugio. Los medios de comunicación encargados de informar, mezclaban sistemáticamente sus evaluaciones subjetivas con la realidad, y pocas veces se oían coherentes. En los estudios […]

Moisés en el Monte Sinaí. Óleo de Jean-Léon Gérôme, c. 1895. – Foto: Wikipedia – Dominio Público

Sucedía cada vez que algún proyectil de los lanzados desde la Franja de Gaza salía desde su territorio. Particularmente de quienes, por vivir en la zona, salían corriendo a buscar refugio.

Los medios de comunicación encargados de informar, mezclaban sistemáticamente sus evaluaciones subjetivas con la realidad, y pocas veces se oían coherentes. En los estudios estaban reunidos grandes expertos, muchos de ellos generales en retiro de todas las armas que se contradecían permanentemente, destacando sus razones con los decibeles que les permitieron sus cuerdas vocales, no siempre proporcionales a la racionalidad de sus afirmaciones.

La gente común debía imaginar lo real después de haber recibido la lluvia de afirmaciones y cada uno proyectó lo que podía y sacaba sus propias conclusiones.

Este shabat, cuando llegamos a Parashat Shelaj Lejá regresamos a esta tensión: Los exploradores nos hace comprender la importancia de la cruda verdad en oposición a la dulce imaginación, y lo desafiante que puede ser reconocer la realidad y tratar de lidiar con ella incluso si ocasionalmente fallamos. Guardando las distancias, casi como los comentaristas que interpretaban según su carácter y no según la realidad.

«Fueron y se presentaron a Moshé, a Aarón y a toda la comunidad de los israelitas, en el desierto de Parán, en Cadesh. Les hicieron una relación a ellos y a toda la comunidad, y les mostraron los productos del país…Les contaron lo siguiente: “Fuimos al país al que nos enviaste, y en verdad que mana leche y miel; éstos son sus productos. Sólo que el pueblo que habita en el país es poderoso; las ciudades, fortificadas y muy grandes; hasta hemos visto allí descendientes de Anaq» (Bemidbar 13: 27-28).

Diez de los doce exploradores advierten a la gente que no se traslade a Israel porque la gente que reside allí es fuerte y, por lo tanto, el pueblo de Israel podrá ser derrotado si hace la guerra con ellos.

En el capítulo siguiente (14) leemos: «Pero Yehoshúa, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Yefune, que eran de los que habían explorado el país, rasgaron sus vestiduras y dijeron a toda la comunidad de los israelitas: “La tierra que hemos recorrido y explorado es muy buena tierra. Si .A. nos es favorable, nos llevará a esa tierra y nos la entregará. Es una tierra que mana leche y miel.  No os rebeléis contra .A., ni temáis a la gente del país, porque son pan comido. Se ha retirado de ellos su sombra, y en cambio .A. está con nosotros. No tengáis miedo.”

Dios castiga a los espías que difaman a Israel, y condena al pueblo de Israel a vagar 40 años en el desierto y no entrar en la Tierra Prometida hasta que toda la generación adulta de antiguos esclavos muera en el desierto, mientras alaba a Yehoshúa Ben Nun y Caleb Ben Yefune quien, a diferencia de sus compañeros, pensaron que era posible cumplir el sueño y ascender a la Tierra de Israel.

«Por haber murmurado contra mí, en este desierto caerán vuestros cadáveres, los de todos los que fuisteis revistados y contados, de veinte años para arriba. Os juro que no entraréis en la tierra en la que, mano en alto, juré estableceros. Sólo a Caleb, hijo de Yefune y a Yehoshúa, hijo de Nun, y a vuestros pequeñuelos, de los que dijisteis que caerían en cautiverio, los introduciré, y conocerán la tierra que vosotros habéis despreciado. Vuestros cadáveres caerán en este desierto, y vuestros hijos serán nómadas cuarenta años en el desierto, cargando con vuestra infidelidad, hasta que no falte uno solo de vuestros cadáveres en el desierto…». Refirió Moshé estas palabras a todos los israelitas y se afligió mucho el pueblo.

Pocos renglones más abajo, leemos que después de la historia de los exploradores y después de que Dios les castigara por sus evaluaciones y a la nación que los siguió, un grupo de personas estalla enfrentando a Moshé y le dicen: No tenemos miedo, vayamos a Israel. «Madrugaron y subieron a la cumbre del monte, diciendo: “Vamos a subir a ese lugar respecto del cual ha dicho .A. que hemos pecado.”

Moshé les respondió: “¿Por qué hacéis eso, pasando por encima de la orden de .A.? Eso no tendrá buen éxito.  No subáis, porque .A. no está en medio de vosotros, no vayáis a ser derrotados frente a vuestros enemigos. Porque el amalecita y el cananeo están allí contra vosotros, y caeréis a filo de espada, pues después de haber abandonado vosotros a .A., .A. no está con vosotros.»  Pero ellos se obstinaron en subir a la cumbre del monte. Ni el arca de la alianza de .A., ni Moshé se movieron del campamento. Bajaron los amalecitas y los cananeos que habitaban en aquella montaña, los batieron y los destrozaron hasta llegar a Jormá.»

El fracaso era más que previsible. Un grupo así sea de idealistas, no puede ni debe emprender una obra que pertenece a la nación en su totalidad y que debe ser decidida por las autoridades constituidas.

También durante el levantamiento de ciudadanos israelíes de origen árabe, que, con su odio liberado, intentaron incendiar las ciudades en las que hasta hace tan poco tiempo, convivían ciudadanos de todas las religiones, se reunieron grupos de judíos que pensaban ocupar el lugar de las autoridades policiales y de la gendarmería y hacer justicia por cuenta propia.
Si en nuestros días hubiéramos tenido líderes verdaderos del calibre de Moshé se hubiera parado a detenerlos diciendo lo mismo que dice la Torá: «¿Por qué hacéis eso, pasando por encima de la orden de .A.?»

En un estado soberano, la responsabilidad por el orden público es exclusiva de las autoridades.

Nadie debe romper ese orden porque si lo hace, destruye las bases de la sociedad civil.

Casi como en tiempos de Moshé.

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