Paranoia

2 noviembre, 2016

Pablo Sklarevich
Los historiadores destacan que a diferencia de otros países, los partidos políticos fueron creados en Israel antes que el Estado. La Segunda Aliá (inmigración judía) (1904-1914) tal vez fue la más influyente. Producto del aumento del antisemitismo en Rusia y los pogromos que siguieron a la fracasada Revolución rusa de 1905. A pesar de su talante bolchevique,  los líderes sionistas locales establecieron -al igual que otras ex colonias británicas y francesas de la zona-  la estructura formal del Estado copiando el modelo parlamentario liberal. Desde entonces, y sobre todo después del ascenso del Likud al poder, por primera vez en 1977, la independencia y separación de los tres poderes: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial, y los controles y contrapesos, fueron desarrollándose con mayor eficacia. Eso es lo que se suele llamar democracia. Y los israelíes suelen jactarse justamente de ella cuando se comparan con el caos y el extremismo que reinan en la zona.
En este embrollo, se dice que los medios de comunicación son el cuarto poder y que su función es básicamente la de criticar al Gobierno de turno.
En la narrativa populista, son las elites las que se han apoderado de las instituciones  -la Justicia, la prensa, el Ejército, la Policía, las Universidades, etc.-, impidiendo al líder cumplir con la voluntad del “pueblo” o las “masas”.
Es en este contexto, donde las oscuras e inexplicables maniobras del primer ministro, Biniamín Netanyahu, -que mantiene extrañamente también el cargo de ministro de Comunicaciones- con la Autoridad de Radiodifusión de Israel parecen preocupantes.
¿Será tal vez como dicen los críticos del primer ministro, que sus fantasmas son la fuerza motora que lo obsesiona y lo impulsa a tratar de establecer una prensa “afable”, y que podría terminar siendo sumisa y subordinada?

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