Oriente Medio seguirá siendo una fuente de terrorismo

5 septiembre, 2016
Foto: Observatorio Sirio de Derechos Humanos vía Facebook

 

Prof. Efraím Inbar

RESUMEN: El colapso del sistema de estados árabes y el ascenso del Islam político han desestabilizado a Oriente Medio y afianzado a la región como la principal fuente del terror global. Incluso los países más estables, como Irán, Turquía y Arabia Saudita, muestran fuertes tendencias islámicas y apoyan a grupos radicales que practican el terrorismo. No se puede hacer mucho para cambiar esta situación. La aceptación de esta desagradable realidad implicará un cambio radical en la perspectiva estratégica occidental.

Varios acontecimientos importantes en el Oriente Medio mantendrán a la región como una fuente del terror islámico y de inspiración para los islamistas radicales en el futuro previsible. Los intentos para perpetrar actos de terrorismo contra los «enemigos del Islam» probablemente continuarán.

El primer desarrollo que contribuye al crecimiento de terror ha sido el histórico quiebre del sistema de estados árabes. Los relativamente nuevos estados árabes no lograron infundir identidades nacionales profundas (con la excepción de Egipto, un verdadero estado histórico). Este fracaso permitió el quiebre de los estados a lo largo de líneas étnicas, tribales y sectarias, y la aparición de milicias armadas.

El aumento de numerosos estados fallidos, que se caracterizan principalmente por la pérdida del monopolio del uso de la fuerza, comenzó antes de la Primavera Árabe. Líbano, Irak, la Autoridad Palestina y Somalia son los principales ejemplos. Esta tendencia se intensificó con el debilitamiento de los gobiernos centrales en Libia, Siria y Yemen. Esos estados se transformaron en enormes campos de batalla que contienen numerosas milicias, conspicuas por su carencia de inhibiciones en el uso del terror para alcanzar objetivos políticos.

El desmoronamiento de las estructuras estatales también facilitó el acceso a las armas. Los arsenales nacionales, alguna vez protegidos por los órganos del Estado que desde entonces se han desintegrado, se hicieron accesibles a los milicianos y terroristas de todo tipo. De hecho, el Estado Islámico (EI) está luchando con las armas suministradas por los estadounidenses al ejército iraquí, mientras que los insurgentes en Siria están utilizando armas rusas destinadas a ser usadas por el ejército sirio.

El colapso de las estructuras estatales también destruyó los controles fronterizos, lo que permite la libre circulación de terroristas y armas. El caos y la lucha intestina que acompañan la destrucción de un estado hace que la gente huya por su seguridad más allá de las fronteras del país, y los terroristas puedan ocultarse fácilmente entre las oleadas de refugiados.

Una tendencia histórica fundamental en Oriente Medio que está alimentando el fenómeno terrorista es el ascenso del Islam político. La identidad islámica está profundamente arraigada en la región, haciendo  que la población sea susceptible a los mensajes islamistas formulados dentro de contenidos tradicionales. Los islamistas también se han aprovechado de la incapacidad de los estados árabes para prestar servicios decentes a sus ciudadanos mediante el establecimiento de redes educativas, así como de salud y servicios sociales.

Esta ha sido una estrategia ganadora para ellos, ya que les ha permitido captar el apoyo popular. Cuando las elecciones libres son permitidas en el mundo árabe; a los partidos islamistas les va muy bien. Sin embargo, la mayoría de los islamistas son anti-modernistas y anti-occidentales. Los círculos islamistas radicales abogan por la violencia y el terror en interés de la instalación del «verdadero Islam», por primera vez en tierras musulmanas y, finalmente, en todas partes. Los islamistas desprecian al «Occidente decadente» y creen que caerá inevitablemente bajo el dominio musulmán.

La ola islámica está presente no sólo en los estados árabes fallidos. Arabia Saudita, cuya estabilidad e integridad territorial no debería darse por sentada, exporta una versión fundamentalista del Islam (wahabismo) a lo largo de todo el mundo musulmán mediante la construcción de mezquitas y la financiación de escuelas. La rama del extremismo islámico que promueve y legitima la violencia está vinculada a esta cepa del Islam centrada en Arabia Saudita. Al Qaeda es uno de sus vástagos.

El opulento y rebelde estado de Qatar también apoya una variedad de organizaciones islamistas radicales. Incluso alberga una «oficina política» de los talibanes afganos en su territorio.

Los países árabes «moderados» deben hacer frente al desafío islamista. En el estado árabe más grande y más importante, Egipto, la fuerza política más poderosa -la única capaz de movilizar multitudes de partidarios en las calles- sigue siendo los Hermanos Musulmanes. Por otra parte, Egipto enfrenta una insurgencia islamista en la península del Sinaí.

Los dos estados no árabes fuertes de Oriente Medio (con exclusión del Estado judío de Israel), Irán y Turquía, también muestran tendencias islamistas. Tras la revolución islámica de 1979, Irán adoptó un programa radical chií entrelazado con ambiciones imperialistas persas. Su búsqueda de la hegemonía en la región ha sido alentada por el desacertado acuerdo nuclear con EE.UU., que no fue vinculado a ningún cambio en el comportamiento internacional de Irán y liberó grandes cantidades de dinero para la fechoría iraní. El modus operandi en Teherán incluye el terror, e Irán permanece en la lista de estados patrocinadores del terrorismo de los norteamericanos.

Turquía bajo Erdogan, sobre todo después del golpe militar fallido, es cada vez más autoritaria, con una presión interna más fuerte que está siendo aplicada para instar a la conformidad con los valores de la versión turca de los Hermanos Musulmanes. El comportamiento internacional de Turquía está impregnado de impulsos neo-otomanos e islámicos. Presta apoyo a las facciones islamistas en las guerras civiles sirias y libias (incluyendo al Estado Islámico), y a Hamás en Gaza. También participa en los Balcanes, en particular en los estados musulmanes (Albania, Bosnia y Kosovo).

El Medio Oriente, más que cualquier otra región del mundo, está acosado por fanáticos religiosos listos para usar la violencia indiscriminada contra las personas que no se adhieren a la orientación religiosa «correcta». Estos fanáticos tienen una gran cantidad de energía, y muchos musulmanes frustrados están dispuestos a culpar a Occidente por su miserable situación.

La mayoría de los musulmanes de la región no aprueba los actos terroristas repugnantes; pero permanecen en gran medida en silencio. Muchos de los que no participarían en ese tipo de actos muestran comprensión cuando son cometidos por otros. Lo más trágico, no están dispuestos a asumir la responsabilidad de llevar a sus sociedades al siglo XXI.

Occidente puede hacer poco para cambiar esta situación. El cambio debe venir desde adentro. El ambicioso intento de «arreglar» Irak y Afganistán, que consumió enormes cantidades de sangre y dinero, y sin embargo, terminó en un fracaso, indica los límites de la ingeniería política. Una región atrapada en las tendencias históricas como aquellas experimentadas por los países árabes no se puede cambiar fácilmente.

Esto significa que los malos vientos que soplan desde el Oriente Medio se cernirán sobre el mundo durante, al menos, varias décadas. Occidente debe digerir este crudo pronóstico y adaptarse. Esto significará un cambio radical en la perspectiva estratégica occidental y en las políticas antiterroristas que deben ser adoptadas.

Fuente: Besa Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos

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