19 octubre, 2021

Moqtada Al Sadr, un freno a la influencia iraní en Irak

por Lic. Bryan Acuña Obando

Muqtada al Sadr Foto: Muqtada al Sadr Wikimedia CC BY-SA 4.0

El pasado 10 de octubre se celebraron elecciones parlamentarias en Irak, pese a una baja participación (41%) se proclamó ganador el clérigo chiita Moqtada Sadr, dando un fuerte golpe a las fuerzas políticas cercanas al régimen de Teherán como la denominada “Alianza de la Conquista” dirigida por Hadi Al Ameri, mientras que la “Alianza del Estado de derecho”, soportada por el ex primer ministro iraquí Nuri Al Maliki a través del partido Dawa.

Complementan las fuerzas políticas Alianza de las Fuerzas del Estado del ex primer ministro Haider Al Abadi y de Ammar al Hakim y que se presentan como moderados. Mientras que en el bloque sunita se encuentra el movimiento Progreso (Taqadom) del presidente del parlamento Mohamed al Halbusi, que se transformaría en la segunda fuerza política en importancia, mientras que la coalición “Determinación” (Azm) contaría con al menos una decena de votos, sumando al eje sunita. 

A estos se debe contemplar también el bloque de las formaciones políticas kurdas del Partido Democrático del Kurdistán dirigido por el emblemático clan Barzani y la Unión Patriótica del Kurdistán del clan Talabani, lo demás se concentra en pequeñas fuerzas políticas que tendrán importancia en las coaliciones, pero dadas las circunstancias no representan un peso demasiado demoledor para generar cambios en el parlamento.

Regresando a la importancia del líder Moqtada Al Sadr, además de ser un clérigo chiita, se hizo conocido en la esfera pública iraquí al ser un acérrimo opositor de la invasión estadounidense de su país. En algún momento lideró una fuerza paramilitar llamada Jaish Al Mahdi (ejército del Mahdi) donde incluso llegó a tener 60 mil hombres a su mando y enfrentó tanto a las fuerzas occidentales, como a las tropas sunitas del ejército iraquí, hasta su desaparición y creación posterior de la Brigada del Día Prometido (Liwāʾ al-Yawm al-Mawʿūd), así como las milicias Kataeb Hezbollah y Asaïb Ahl al – Haq.

En algún momento pierde fuerza política en el país, lo que le empuja a irse al exilio y marcharse a la República Islámica de Irán donde se dice retoma sus estudios religiosos. Posteriormente decide salir del autoexilio, regresa a Irak y continúa con su activismo político de una forma más estructurada. Gana popularidad entre la población civil por su posición antioccidental y también por el trabajo de acción social que realiza entre comunidades pobres del país, similar a lo que hacen otras agrupaciones islamistas para generar adhesiones. Además se convierte en un líder trascendental en la lucha contra DAESH en Irak.

Durante la reconstrucción del país, apoyó el gobierno y las políticas implementadas por el ex primer ministro Nouri Al Maliki, sin embargo, acusaciones sobre corrupción, mala gestión, etc. lleva a la fuerza de Moqtada a convertirse en un acérrimo opositor al gobierno de Nouri y empezar a mover sus fuerzas políticas para ir ganando terreno como una alternativa no intervencionista para los iraquíes, ya que para Al Sadr la presencia de fuerzas occidentales o iraníes son una afrenta a la autodeterminación del país. 

Moqtada Al Sadr se opone a la influencia extranjera en su país y promueve la ruptura con grupos chiitas que aboguen por una visión proiraní, abogando en cambio por un respaldo más a un país unificado, nacionalista, lejos del intervencionismo extranjero.

Es importante señalar sobre lo anterior que, Maliki jugó durante un buen tiempo de su gestión un “doble rasero” en las relaciones con actores internacionales. Por un lado, mantenía acercamientos de “cordialidad” con el gobierno de Teherán, mientras por el otro lado buscaba la cooperación y ayuda de Washington, por lo que mientras los estadounidenses facilitaban fondos y recursos al gobierno de Bagdad, por el otro lado, la influencia iraní se fue haciendo cada vez más grande con el paso del tiempo, teniendo incluso fuerzas activas importantes en el país.

Este crecimiento de la influencia iraní ha llevado incluso a una “confrontación ideológica” entre las escuelas islámicas de Qom y Nayaf en Irán e Irak respectivamente donde la primera está muy involucrada en las relaciones gobierno – clero, tanto que en el gobierno de Teherán incluso aplican el principio de Wilayat Faqih que le otorga un carácter casi de inefable a las palabras del ayatola, siendo una posición muy religiosa, mientras que la escuela ubicada en territorio iraquí no aplica dicha interpretación, donde además muchos de los chiitas iraquíes se acogen a una posición islámica quietista, donde destaca la separación entre Estado y religión, influenciado por el Ayatola Sayyid Ali Husaini Sistani quien a su vez recibiría instrucción del desaparecido Ayatola Abu al-Qasim al-Musawi al-Khoei.

Por su parte, es evidente que Moqtada Al Sadr no es parte del quietismo proveniente de esta escuela doctrinaria, aunque su posición más allá de un simple islamismo político tiene un fuerte sustento en su oposición a que la influencia iraní siga haciendo problemas en Irak, y es muy posible que finalmente con la nueva conformación parlamentaria, se ponga un alto relativo a esa intromisión desde Irán hacia el gobierno de Bagdad.

Por supuesto que, como muchos asuntos en el Medio Oriente, no se puede ser tan simplista y dar por sentados los temas, y que las elecciones; cuestionadas, además, han sido solamente el primer paso. El camino que le precede hasta conformar gobierno podría tomar algunos meses, la presión de los grupos proiraníes podría desatarse con mucha más fuerza y desde ahora intentan socavar la legitimidad para impedir incluso que se extienda un mandato más el gobierno del primer ministro Mustafa Al Khadimi, quien cuenta con la venia de Washington y de los Estados del Golfo, así como de facciones políticas en su país.

La estabilidad de Irak es primordial para una adecuada política de contención en la zona. Occidente debió entenderlo de manera forzadas, ya que sus movidas geopolíticas no fueron muy estratégicas, al invadir Irak y debilitar el liderazgo existente intensificó el alcance del poder iraní en el Levante e Irak, pudieron relativamente palear esta situación, pero no impulsaron debidamente un nuevo pivote con el proceso de autodeterminación kurda y perdieron la oportunidad.

Hoy es un poco tarde para echar atrás el reloj y arreglar el desastre ocasionado. Sin embargo, no es lo suficientemente tarde para cambiar la estrategia, echar mano del poder suave de la diplomacia y la cooperación, gestando un tipo de influencia indirecta aprovechando la imagen fortalecida que Moqtada ha venido a representar y considera que quizás y con prudencia sea esta finalmente la pieza que necesita occidente para cambiar el equilibrio con respecto a Irán. 

Por supuesto que aun es pronto para llegar a este tipo de conclusiones y queda buen tramo por analizar ya que como fue mencionado anteriormente, en Medio Oriente en ocasiones lo menos probable termina siendo lo posible.

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