Los diarios perdidos del Holocausto

11 febrero, 2024

Aparte de los grandes relatos autobiográficos muy conocidos de Ana Frank, Primo Levi e Imre Kertész, en los últimos años han aparecidos numerosos libros y memorias de algunos sobrevivientes del Holocausto no tan conocidos por el gran público.

A continuación, detallamos algunas de estas obras que consideramos de gran interés por su originalidad o por aportar testimonios novedosos acerca del mayor genocidio de la historia.

por Ricardo Angoso

En 1942, Charlotte Delbo fue detenida en París y encarcelada por ser miembro de la Resistencia francesa y, en 1943, deportada al campo de concentración de Auschwitz-Bikernau junto con un grupo de doscientas presas francesas, de las que solamente sobrevivieron cuarenta y nueve. De esta trágica y terrible vivencia, Delbo da cuenta en su magistral libro Ninguno de nosotros volverá, un informe riguroso, preciso y casi notarial de la vida cotidiana en un campo de la muerte, entre la desesperanza y el terror, entre la angustia y la miseria humana de sus verdugos. 

“Inmóviles en el hielo en que estamos atrapadas, inertes, insensibles, hemos perdido todos los sentidos de la vida. Ninguna dice: “Tengo hambre. Tengo sed. Tengo frío”. “Transportadas de otro mundo, de pronto nos vemos sometidas a la respiración de otra vida, a la muerte viva, en el hielo, en la luz, en el silencio”, escribiría Delbo. Pero, contra todo pronóstico, Delbo sobrevivió a los campos y regresó a la vida normal -si se le puede llamar así después de Auschwitz-, residiendo entre Ginebra y París tras la guerra. Falleció en 1985, a los setenta y dos años, en la capital francesa, pero nos dejó su relato desgarrador y, por tiempos realmente increíble, para la posteridad. Su libro no deja impasible a nadie, sino que proyecta emoción y ansias de vivir en cada palabra. 

La historia de Reinerová es muy distinta a la de Delbo, pues su relato tiene más que ver con la huida del horror nazi que con el universo de los campos de concentración. La escritora judía Lenka Reinerová, nacida en Praga en 1916, recrea en varias de sus historias agrupadas en su obra Visita al lago de los cisnes, la historia de una ciudad y un país que no pudo ser porque fue destruido en la larga pesadilla que se inició en 1933, cuando Hitler llegó al poder en Berlín. Cinco años más tarde, en 1938, los civilizados occidentales, conducidos por Francia y el Reino Unido, entregaron a los nazis los Sudetes. Luego, en marzo de 1939, los checos, presionados por los alemanes y abandonados por todos, se rindieron y aceptaron convertirse en el Protectorado de Bohemia y Moravia bajo la ocupación nazi. Resonaban en las calles de Praga las botas nazis y el sueño multiétnico checo se acababa para siempre de un golpazo. Checoslovaquia había dejado de existir en los mapas de Europa.

Como un guion previamente ensayado y cuya pauta después se repetiría en todos los territorios ocupados por los nazis, muy pronto comenzaría la cacería de todos los judíos que vivían en los territorios recién capturados por la bestia fascista. Lenka Reinerová, que se encontraba ejerciendo como periodista en esos trágicos momentos en Rumania, huiría después de una larga travesía a través de la Italia fascista hasta París. Allí pudo revivir algunos momentos de la libertad perdida en su país, pero esa tranquilidad duraría poco tiempo porque sería capturada por las autoridades francesas, tan exigentes con los pobres judíos que huían del nazismo, pero tan cobardes después ante los nazis, y encerrada en una horrenda cárcel de la capital francesa. Pero, al igual que Delbo, también sobreviviría a la guerra y al nazismo, aunque a su regreso a Europa tras un largo periplo por Marruecos y las Américas, sufrió en sus carnes el totalitarismo comunista y sería encarcelada y purgada en una suerte de pesadilla interminable que nunca concluye definitivamente. 

DEL DESCONOCIDO HOLOCAUSTO DE TRANSNISTRIA A LA FAMILIA OVITZ

Ruth Glasberg Gold es un ejemplo de lucha, supervivencia y defensa permanente de la memoria en aras de que el sufrimiento de los suyos y de tantos miles no caiga en el olvido. Nacida en 1930, Ruth padeció el Holocausto en Transnistria y fue testigo en primera persona de las atrocidades, penalidades y el martirio de miles de judíos a manos de los nazis y sus verdugos voluntarios de entonces, los fascistas rumanos. Toda su familia pereció en estos terribles hechos que hoy debemos recordar porque “si nosotros callamos, ¿quién hablará?”, como señalaba muy oportunamente el escritor Primo Levi. Aparte de estas consideraciones, Ruth ha dado a conocer uno de los episodios más desconocido del Holocausto: La tragedia de los miles de judíos asesinados durante este periodo histórico en Rumania y Transnistria, hechos que hoy pretenden edulcorar algunos y presentar como crímenes “alemanes”, obviando las responsabilidades de miles de rumanos que actuaron como los verdugos voluntarios de Hitler en esos luctuosos episodios.

De todo ello nos da cuenta Ruth Glaberg en un gran libro, Ruth,s Journey: a survivor`s memoir (Lágrimas secas, en su edición en español), donde cuenta su historia, y en cuyo relato ha trabajado en los últimos años con pasión y firmeza en la defensa del recuerdo de aquellos terribles (y olvidados) acontecimientos que hoy todavía empañan a la humanidad entera. Su largo periplo tras acabar la Segunda Guerra Mundial le llevó a Rumania, a la Unión Soviética, a Chipre, a Israel, a Colombia y, finalmente, a los Estados Unidos, donde vive actualmente en la ciudad de Miami. 

Las peripecias de la familia Ovitz, músicos y cómicos judíos de origen húngaro nacidos en la Rumania de entreguerras, está documentada, bien contada y relatada con todo lujo de detalles en el libro En nuestros corazones éramos gigantes, escrito al alimón por los periodistas israelíes Yehuda Koren y Eilat Negev después de entrevistar a algunos de los supervivientes de esta saga deportada a Auschwitz por los nazis. La principal fuente de estos dos curiosos y curtidos periodistas que escarban en esta historia, tan desconocida como inédita, fue Perla Ovitz, la última de esta gran familia de enanitos artistas de una compañía de músicos secuestrada (literalmente) por los mandatarios de las SS para su diversión y que llegó a ser pasto de su sádico sarcasmo.

Los siete enanos, músicos y actores inigualables, procedían del departamento rumano de Maramures, al norte de Transilvania, y adquirieron un notable éxito en la Hungría y Rumania de los años treinta y cuarenta, donde actuaban en sus pequeños pueblos y ciudades en donde eran bien conocidos y concitaban la atención de un buen público. Atrapados en el marasmo criminal de la Segunda Guerra Mundial y víctimas de los verdugos voluntarios (húngaros) de Hitler, fueron enviados a Auschwitz y allí se convirtieron en conejillos de indias del científico alemán Josef Mengele, quien los mantuvo con vida para llevar a cabo sus atroces experimentos médicos. Perla Ovitz, la última de la familia en fallecer de forma natural en Haifa, Israel, asegura en el libro que “a mí me salvó el diablo, y que Dios se haga cargo de él (Mengele)”. Como en los anteriores casos, también sobrevivieron al Holocausto y dieron fe para la eternidad del mismo con sus testimonios.

AUSCHWITZ, ULTIMA PARADA

Junto a las memorias del pianista del gueto de Varsovia, Wladislaw Szpilman, el libro de Eddy de Wind, Auschwitz última parada, constituye uno de los testimonios de un sobreviviente del Holocausto más impresionante y desgarrador. Eddy de Wind llega a Auschwitz en 1943 junto a su esposa Friedel. Él es médico y ella enfermera. Allí son separados. Ella queda entre los presos destinados a los crueles experimentos médicos del Dr. Mengele; él al cuidado de los prisioneros políticos polacos. Cuando la guerra está perdida y los nazis huyen del campo con los presos que sobreviven (entre ellos su mujer), Eddy decide esconderse y esperar la llegada de los rusos. Permanece por un tiempo con ellos en el campo y allí empieza a escribir Auschwitz, última parada, donde describe la rutina diaria, las atrocidades de las que ha sido testigo y víctima y la liberación por los rusos. Esta obra, quizá, constituye la única escrita en un campo de concentración. 

Eddy de Wind, que conoció el horror en primera persona y sobrevivió en las más terribles condiciones, es capaz de sobreponerse a todo, en medio de las más duras adversidades, y en su texto muestra también su amor y deseo hacia Friedel, que también sobreviviría en ese infierno. Ambos, en una suerte de jaque mate a la muerte y al más terrible de los infortunios, desafiaron al nazismo salvando sus vidas y dejando testimonio al Holocausto en la obra del desdichado Eddy, un canto al amor y a la existencia misma sin ambages de duda.

La historia de Rudolf Brazda, un homosexual francés condenado al cautiverio en un campo de concentración por los nazis por el simple hecho de su identidad sexual, es contada por el periodista Jean-Luc Schwab en su obra Itinerario de un triángulo rosa. En la misma, Brazda nos cuenta su experiencia de la represión y la persecución nazi tanto fuera como dentro del campo de Buchenwald, donde la mayor parte de los penados morían por las duras condiciones a las que eran sometidos en sus trabajos forzados. Al igual que los anteriores casos, gracias a su tenacidad y fortaleza, Brazda también sobrevivió para contarnos su historia y enfrentó con valentía a la segura muerte a la que lo habían condenado los nazis.

Rudolf relata al periodista que le entrevista su trabajo en la cantera, su relación con otros presos homosexuales, el rudo trato por parte de los kapos, encargados de maltratar e incluso matar a los presos, las torturas a las que eran sometidos y el interminable calvario que comenzaba desde el primer día hasta el final del cautiverio, desde el comienzo de la dura jornada de trabajo hasta la noche. En 1944, cuando la esperanza de los internos se iba apagando entre la muerte y los gritos desesperantes, casi aullidos bestiales de los verdugos, los norteamericanos bombardearon el campo y los presos, entre las púas de los alambres de espino del campo, vieron un halo de tenue luz entre tanta oscuridad. Un año más tarde, el 11 de abril de 1945, los nazis abandonaron el campo y los presos quedaron libres. Sin embargo, en medio de tanta alegría por la recuperada libertad y la liberación del campo por parte de los norteamericanos, los homosexuales no serían reparados hasta muchas décadas después y cuando apenas ya les quedaban fuerzas para expresar tanto dolor en medio del olvido y la ignorancia por los padecimientos sufridos. ¿Qué hace más daño el olvido o la ignorancia de los demás ante tanto sufrimiento? Muchos no vivirían para poder contestar a esa pregunta. Brazda, afortunadamente, sí. 

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