8 diciembre, 2021

Libre albedrío y determinismo. Reflexión.

«Entonces el Faraón mandó llamar a Yosef, y lo sacaron prontamente del calabozo».
Génesis. Capítulo Miketz 41-14.

Foto: Pixabay

Dr. Natalio Daitch

El tren y el pasajero.

No cabe duda que la Torá es profunda, y que nos despierta no solo respuestas a muchos problemas vitales y es que también, en muchas ocasiones, el relato genera preguntas y dudas que intentamos en muchos casos resolver mediante ejemplos que puedan servir como llave para abrir ese cofre donde se guardan tantos misterios.

Si pensamos en el tópico que nos ocupa en el presente, deberíamos tomar el ejemplo de un tren con un pasajero. El tren circula por un sitio ya establecido, a una cierta velocidad ya fijada y va parando en diversas estaciones intermedias, donde abre y cierra sus puertas en forma periódica, y también tiene un punto de partida y un punto final. Este último, se convierte nuevamente en el punto de inicio, donde la formación vuelve a moverse y ciclar en forma ininterrumpida.

Por otro lado, un pasajero se encuentra en la estación y aguarda la llegada del tren y es justamente al abrir sus puertas que él decide si se sube o, por el contrario, lo deja pasar y espera el próximo tren. Todo dependiente de su apuro, de su lugar de destino, su decisión de tomar el tren o en muchos casos optar por caminar o buscar un medio alternativo para su traslado. Y de esta manera, podríamos seguir exponiendo múltiples variantes y opciones.


Libertad de obrar, y determinismo.

Un amigo que estudia en una Ieshivá (escuela de estudios de Torá y Talmud), conversando sobre el tópico me manifestó que en el judaísmo el libre albedrío y el determinismo no se oponen, en verdad se complementan. Y entonces, tomando este aporte como eje, podríamos definir el libre albedrío como la potestad del ser humano que tiene de obrar, según considere y elija. Y ello significa, que las personas tienen naturalmente libertad de tomar sus propias decisiones, sin estar sujetos a presiones, necesidades o limitaciones o a una predeterminación divina.

En segundo lugar, el determinismo es la doctrina filosófica según la cual todo fenómeno esta prefijado de una manera necesaria por las circunstancias o condiciones en que se produce, y, por consiguiente, ninguno de nuestros actos de nuestra voluntad es libre, sino necesariamente preestablecido.


Olam o mundo.

Si adhiriéramos al determinismo, la Torá y los rabinos nos explican que en hebreo la palabra Olam o mundo proviene de la palabra «elem» que quiere decir ocultamiento. D’os se oculta, tras aquello que nosotros los humanos denominamos naturaleza. Y qué duda cabe que el ocultamiento, no solo es la capacidad más impresionante de Hashem, de replegarse sobre sí mismo, para que su presencia no sea evidente, también es un requisito necesario para que el ser humano pueda actuar ejercitando su libre albedrío, ya que la exposición directa y total a su Creador lo inhabilitaría automáticamente de actuar contra su ley que expresa su voluntad y su amor. Tal como un padre que se oculta, para poder apreciar como su hijo se comporta cuando él no nota la presencia de su padre. El hijo sabe que su padre está, pero no lo ve en este momento. Como en el juego de las escondidas, D’os se oculta ya que desea ser buscado. Se oculta, pero da pistas de su presencia.


Conductos paralelos e interconectados.

El relato bíblico corre por dos conductos o niveles paralelos e interconectados. En la última parashá o capítulo semanal leída en Shabat, apreciamos el tópico en toda su extensión. Y es en este punto que debemos definir que la Torá nos muestra que: «el ingenio humano fracasa, pero el decreto divino se materializa». Si pensamos que los hermanos de Yosef conspiraron para evitar que se cumplieran los sueños del soñador, y por otro lado todo lo que hicieron fue o resultó, que lo enviaron a ese país potencia de aquellos tiempos, donde luego de ciertos tiempos de sufrimiento y espera y pruebas, su hermano menor sería rápidamente catapultado a la cima del poder político en Egipto y del mundo de entonces conocido. Y justamente en Mizraim sus sueños se harían realidad.


Final.

Para concluir este bloque, las maquinaciones y confabulaciones y conspiraciones e intrigas que tejemos los humanos contra nuestros semejantes, concluyen o se realizan si van de acuerdo a la voluntad o al plan divino.

Esto no implica que el hombre no deba moverse, y solo esperar «a que llueva maná del cielo». Obvio, que esto no es la forma como D’os desea que el mundo funcione. Pero es una clara advertencia que hay una cámara oculta que nos observa constantemente, una especie de «gran hermano», que monitorea y registra nuestros actos e incluso nuestros pensamientos.

Aún todo lo que hacemos, nuestros buenos proyectos (a nuestros ojos) deberán siempre pasar por el tamiz de la divinidad o esa inteligencia superior, como un jefe o superior que termina decidiendo o dando el O.K. a cualquier operación o transacción que anhelamos concretar.

Conclusión: «el hombre actúa y Hashem dictamina en consecuencia». Y aún en temas prefijados del cielo, también se nos deja actuar y movernos como si Él no estuviera, y de esta manera somos premiados o castigados. Y, para terminar, D’os también se limita y se impone reglas que debe cumplir, ya que el Todopoderoso nos muestra que no es un ser de carne y hueso, y no se arrepiente y siempre cumple aquello que promete. El creador es D’os, Padre, Rey de reyes, y el primero en acatar su propia ley, y no hay contradicción en esto. Como dice en el libro de Mishlei o Proverbios 19-21 (del Rey Salomón hijo de David): «Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre, más el consejo del Señor Permanecerá».

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