20 septiembre, 2021

La fragilidad de la seguridad

El pueblo judío tiene en este mes celebraciones importantes.

Ilustración de un virión del SARS-CoV-2 – Foto: Wikipedia – CC BY-SA 4.0

Elías Farache S.

El primero del mes, se celebra el año nuevo, que inicia los diez días muy sentidos, aquellos que concluyen en el magno Día del Perdón, el Iom Kipur. Justo cuando se termina un proceso de reflexión, se obtiene el perdón divino, se encaminan las personas a rumbos más cónsonos con el bien, entramos en la fiesta de las cabañas, Sucot.

La fiesta de las Cabañas, Sucot, exige de las personas abandonar la seguridad de su hogar y hacer vida cotidiana casi a la intemperie, bajo unas hojas de árboles y unas paredes endebles a veces. La seguridad también obtenida luego de los diez días del perdón se topa con la sensación de indefensión humana, la certeza que aún con nuestros mejores esfuerzos, estamos sometidos a una voluntad superior que controla y maneja el mundo.

Los últimos dos años han sido para el mundo como la entrada en una gigantesca cabaña, a la intemperie. A la vera de un hogar robusto, pero que no ha sido capaz de protegernos ante las inclemencias de la naturaleza que no controlamos, y que quizás se pensó se tenía algún importante dominio sobre ella. No era ni es así.

Un virus cuyo origen se desconoce a ciencia cierta, que puede ser destruido con agua y jabón, ha sido capaz de paralizar al mundo. La cierta ciencia que parecía en un punto de máxima eficiencia no ha podido derrotar ni al virus ni los estragos que causa. El mundo entero se ha paralizado a veces y, cuando no, ha debido cambiar su rutina en forma tan drástica como no pensada.

El mensaje de Sucot, de la precariedad de las cabañas, aplica a nuestros días. El pueblo de Israel salía de Egipto, derrotando al Faraón y liberándose de la esclavitud. Recibe los Diez Mandamientos de forma directa. Sin embargo, esa seguridad aparente de espíritu y de cuerpo, se topa con la realidad intrínseca que significa la fragilidad del ser humano.

En el siglo XXI, la humanidad muchas veces se ha jactado de una seguridad aparente. Ciencia y tecnología, avances en todos los ámbitos del saber humano, compresión de fenómenos naturales, controles de diversos tipos. Sin embargo, la conducta ética de la humanidad como tal ha dejado mucho que desear. Desde las agresiones al medio ambiente, pasando por las guerras y conflictos, sin contar con las aberraciones de ciertas conductas que se imponen en algunas sociedades además de tantas injusticias que no se resuelven. Ante tal actitud de prepotencia y falta de cuidado, un evento poco predecible nos alerta de nuestra fragilidad.

Los últimos meses presagian un futuro con nuevas formas de comportamiento social y personal. Distancias sociales, temor a contagios, restricción en la libertad de movimientos. Se tendrá que aprender a convivir con un virus, adoptar una normalidad que permita recuperar parte de la calidad de vida perdida.

En estos días que los judíos deben cobijarse en la Sucá, en la cabaña incómoda y llena de espiritualidad y modestia comprendemos, más que nunca, a instancias también de un mortal y contagioso virus, que en nuestra aparente seguridad existe una real fragilidad.

[email protected]

Compartir

#, #, #

Más sobre Opinión