Knéset - Foto: Wikipedia - CC BY 2.0

En menos de dos semanas vence el plazo para aprobar el presupuesto público de Israel; en su defecto se convocaría automáticamente a nuevas elecciones (que se efectuarían, eventualmente, en noviembre de este año). Como es de conocimiento público, no se trata de que el tiempo sea insuficiente para aprobar el presupuesto (aunque quizás lo sea), sino que los dos partidos políticos que constituyeron el actual gobierno de coalición, -Likud y Azul y Blanco- no se ponen de acuerdo sobre qué período abarcaría el presupuesto que debería votarse dentro de los plazos arriba señalados. Recordemos que la actual coalición de gobierno se constituyó luego de arduas negociaciones, y uno de los puntos estipulados en el acuerdo finalmente alcanzado es que el presupuesto a votarse abarcaría lo que falta del año 2020 y todo el 2021. Hete aquí, sin embargo, que el Primer Ministro Netanyahu insiste ahora -con el apoyo de quienes siempre menean la cola ante sus palabras- que el presupuesto cubra sólo el año 2020 (lo que en buenas cuentas abarca los cuatro meses restantes hasta fin de año), argumentando que el desarrollo de la crisis pandémica impide prever razonablemente cuáles serían las necesidades presupuestales a cubrir en el 2021.

Se sospecha, sin embargo, que la alarmante insistencia del Primer Ministro por salirse del acuerdo firmado y aprobar un presupuesto acotado obedecería a sus deseos de mantener abierta la posibilidad de bloquear la aprobación de un presupuesto para el 2021-en marzo de ese año, cuando venza el plazo para ello- y poder convocar entonces, a su conveniencia, a nuevas elecciones anticipadas. De esa forma, podría continuar entonces como Primer Ministro, utilizando las formas legales (pero pasando por encima de los acuerdos firmados).

En opinión de la gran mayoría de los expertos, así como de los funcionarios de instituciones económicas como el Ministerio de Hacienda y el Banco de Israel, no tiene sentido aprobar un presupuesto sólo para lo que resta del 2020.  Pero esas opiniones no parecen hacer mella en la posición del Primer Ministro, que está aparentemente obcecado en obligar a su socio en la coalición, Benny Gantz, a ceder en ese tema (o quizás esperar que no ceda, para poder acceder a elecciones anticipadas y al mismo tiempo culpar a Gantz por ese resultado).

En todo caso, sería de esperar que mientras tanto se dispusiera ya de un proyecto de Presupuesto que pueda ser eventualmente aprobado por la Knéset, aunque son pocos los detalles conocidos sobre ese proyecto. En materia de defensa, el programa multianual 2020-2024 llamado “Tnufá” en hebreo habría sido aprobado por el Ministerio de Defensa en enero de este año, con una solicitud de aumento anual de recursos del orden de los 4 mil millones de shekel -un incremento del alrededor de 6% sobre el presupuesto del 2019. En cuanto al creciente déficit público que enfrenta el país como resultado de la pandemia, de la crisis económica generada y de las medidas tomadas para paliar de  alguna manera la difícil situación que afecta a la población, el Banco de Israel estimó a mediados de julio que el déficit podría alcanzar a 13% del PIB en el 2020 y a 7% en el 2021 (a título de comparación, conviene recordar que a comienzos del 2020 y antes del estallido de la pandemia, se estimaba para Israel un déficit del orden del 4%, que se calificaba entonces como muy alto).

Estas dos menciones -las demandas presupuestales de las fuerzas armadas y los niveles de déficit que se estiman para este año y el siguiente- son una muestra de los temas  a cubrir  en el proyecto de presupuesto, que tendría que incorporar también una propuesta de gasto público y de política tributaria que explicitara la  estrategia gubernamental  a seguir frente a la pandemia y frente a sus efectos económicos y sociales, una vez que ésta ceda en su virulencia.  Pero todo ello parece estar supeditado a la “petit politique”, cuyo propósito central por parte del actual Primer Ministro sería eludir en lo posible los juicios penales pendientes contra él, para lo cual perpetuarse en el poder a toda costa sería el camino elegido. Quizás es por ello que Netanyahu dice apoyar el proyecto de ley que se acaba de presentar y que ampliaría en 100 días más -hasta el próximo diciembre- el plazo para aprobar el presupuesto, lo que evitaría temporalmente la realización de nuevas elecciones, pero lo mantendría en el interín como Primer Ministro.

Porque el hecho es que, aunque prosiguen y se acrecientan las manifestaciones populares contra Benjamín Netanyahu, éste continúa manteniendo -hasta el momento- un importante apoyo en términos electorales. De acuerdo a las últimas encuestas realizadas, el Likud -el partido que lidera Benjamín Netanyahu- obtendría alrededor de 30/31 escaños de los 120 que tiene la Knéset. Y mientras ningún otro partido llega siquiera a 20 escaños, es de destacar sin embargo que el partido Iemina (que significa Derecha en hebreo), encabezado por Naftali Bennet y que aunque temporalmente en la oposición se sitúa en una línea afín al Likud (si no es que aún más a la derecha), estaría duplicando el número de mandatos que obtendría en unas eventuales elecciones (en parte, probablemente, como trasiego de votos que antes se volcaban al Likud, aunque sea una incógnita de donde provendría el resto). Por su parte, el partido Avodá, la continuación del Mapai, considerado como uno de los principales fundadores del Estado de Israel y que gobernara ininterrumpidamente en el país durante sus primeros 30 años de vida, ha prácticamente desaparecido del espectro político israelí, de acuerdo a las últimas encuestas.

Parece difícil pensar que todo esto acontece mientras estamos abocados a una crisis sanitaria como la actual pandemia, que ha generado una crisis económica de magnitudes pocas veces vista, con cientos de miles de desocupados, retrocesos cuantiosos en la actividad económica con consecuencias catastróficas en varios sectores y profundos trastornos sociales, que se manifiestan entre otras cosas en una creciente desconfianza y descreimiento en las instituciones. Y sin embargo, en el panorama político lo que parece  mantenerse es el fuerte apoyo a la derecha, lo que equivale a una afirmación del estatus quo en lo que tiene que ver con la ocupación de los territorios y con la situación de los palestinos (aun cuando la anexión no tenga un apoyo mayoritario y haya desaparecido del discurso político, al menos temporalmente),  a una continuidad del modelo económico vigente (aun cuando predominan las preocupaciones manifestadas en todas las encuestas sobre situación económica), y al mantenimiento y profundización de la presión de la ultraortodoxia religiosa sobre los estilos de vida de la población (aun cuando constituyen una clara minoría).

Pero esas contradicciones, que atraviesan todo el espacio político, son las que podrían estar estallando ahora, bajo la presión conjunta de la crisis pandémica, económica y social y de la creciente e irreversible pérdida de credibilidad en el actual Primer Ministro. Y que no se diga que es insustituible. Porque la alternancia en el poder es una de las garantías de la democracia, y esta lección la debe internalizar toda la sociedad.

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