19 diciembre, 2020

Hoy en Israel

El 2020, el “año de la peste” está por finalizar, pero sin que su término signifique el fin de la pandemia. Por el contrario, en Israel, pero también en amplias regiones del planeta, las cifras de nuevos infectados no decrecen lo suficiente, como no decrece la mortalidad. Ciertamente, las noticias positivas sobre las vacunas se […]

El Distrito de la Bolsa de Diamantes en Ramat Gan. – Foto: Wikipedia – CC BY-SA 3.0

El 2020, el “año de la peste” está por finalizar, pero sin que su término signifique el fin de la pandemia. Por el contrario, en Israel, pero también en amplias regiones del planeta, las cifras de nuevos infectados no decrecen lo suficiente, como no decrece la mortalidad. Ciertamente, las noticias positivas sobre las vacunas se acumulan, aunque ello no debería ser, al menos por el momento, motivo para dejar de lado las precauciones -el uso de máscaras, el mantenimiento de la distancia social, el permanecer en un aislamiento relativo, el mantener estas precauciones en los lugares de trabajo- conducentes a controlar y de ser posible minimizar el impacto de la pandemia.

Pero mientras nos acercamos al fin del año, en Israel nos acercamos también a la convocatoria de nuevas elecciones anticipadas -la cuarta en menos de dos años- lo que constituye un buen indicio del desgobierno que viene caracterizando al sistema político israelí, aunque esta situación no parece quitarle el sueño a nadie. En efecto, una moción de desconfianza contra el actual gobierno espera turno para ser votada en la Knéset (aunque quien fija el calendario de debates, obviamente un miembro del partido gobernante, recurre a excusas infantiles para dilatar esa votación, quizás a la espera de la enésima negociación política entre bastidores). Mientras tanto, y si no alcanzara ese voto de desconfianza que sigue pendiente, se aproxima la fecha de diciembre 23, último plazo para presentar y aprobar un presupuesto o disolver automáticamente la Knéset actual y convocar a elecciones (salvo que los magos de la política israelí se saquen de la manga a último momento algún truco que “legalice” la continuidad del gobierno actual).

Con ese telón de fondo tiene lugar en estos días la Conferencia Eli Hurvitz sobre Economía y Sociedad 2020, calificada como la principal conferencia económica en Israel. El tema de este año es “De la recesión al crecimiento: política macroeconómica”, que incluye además un conjunto de análisis sobre la fuerza de trabajo en Israel, sobre las carencias del sistema educativo y sobre las condiciones de gobernabilidad en tiempos de crisis. Pronto habrá oportunidad de conocer en detalle los planteamientos y propuestas que se han presentado en esta conferencia, así como el grado de receptividad que habrían encontrado en la actual administración, aunque el pesimismo parece predominar. Así, en la inauguración de esa conferencia, el presidente del Instituto de la Democracia en Israel señaló que: “La combinación de la crisis económica y política global han puesto de manifiesto debilidades en la democracia israelí y en su economía. Muchas de éstas eran ya conocidas y discutidas antes de que estallara la pandemia. Falta de habilidad institucional y de una cultura de planeación a largo plazo, falta de métodos de cómo manejar crisis civiles de manera efectiva y de cómo aprender de los errores cuando éstos ocurren, un severo deterioro de la confianza entre los ciudadanos y las instituciones democráticas, un sistema educativo que no está adaptado a las necesidades del siglo XXI, brechas en la inversión en infraestructura de salud y en infraestructura verde, y más”.

Este tipo de pronunciamientos no es excepcional. Vale la pena recordar que hace ya casi diez años, el gobierno de Israel encargó a la Organización Rand la formulación de una propuesta para desarrollar instrumentos que permitieran a Israel formular estrategias socioeconómicas de largo plazo. En su Informe Final, en el año 2016, Rand señalaba, en un lenguaje que cabe calificar como diplomático, que “Israel ha desarrollado exitosamente una economía vibrante y tecnológicamente avanzada, caracterizada por altas tasas de crecimiento económico… Sin embargo, Israel enfrenta desafíos económicos y sociales significativos, varios de los cuales son bien conocidos por los formuladores de políticas y que recientemente alimentaron una ola de descontento social. Estos desafíos incluyen una habilidad diferencial dentro de la población para participar y beneficiarse del crecimiento de la economía, costos de vida recientes, e interrogantes por parte del público sobre la habilidad del gobierno para enfrentar esos desafíos”

Es decir, el reconocimiento de la capacidad de Israel para alcanzar y mantener altos ritmos de crecimiento -como lo atestiguan las variables macroeconómicas-  corre parejas con la constatación de que a lo largo de ese proceso se han generado -y se mantienen- grandes brechas socioeconómicas, a lo que se suma una  miopía política persistente, incapaz de -o carente de voluntad para- buscar soluciones a esos problemas que se arrastran y se agigantan.

Y la crisis de la pandemia está poniendo de manifiesto esta situación, tanto en el campo político, donde es notoria la falta de orientaciones y estrategias de largo plazo -puesto que su lugar campean los intereses inmediatos de los líderes de turno- como en el campo económico, donde la noción del funcionamiento de dos economías al interior del espacio nacional resulta muy marcada. En efecto y tal como es evidente, el impacto económico más grave de la pandemia ha sido la desocupación provocada por la necesidad de combatir el virus. Así, con el primer cierre de actividades, desde comienzos de marzo, se llegó a niveles de 35% de desocupados, cifra que descendió a niveles del orden del 12% entre comienzos de junio y comienzos de septiembre y volvió a aumentar a raíz del segundo cierre, entre septiembre y comienzos de noviembre.

Pero esta desocupación no ha sido uniforme en todos los sectores y ámbitos de la población, como lo muestra el estudio presentado en esta última Conferencia Eli Hurwitz por Michel Strawczynski, director del Departamento de Investigación del Banco de Israel, donde resulta claro que los sectores poblaciones más afectados se ubican en los quintiles más bajos en términos de ingresos. Esa falta de uniformidad es más notoria aún si se consideran cuáles actividades han sido más afectadas por la pandemia y cuales han sufrido menos. Aquí se presenta un hecho curioso. Como es sabido las actividades de alta tecnología viene constituyendo hace ya tiempo el sector más dinámico en la economía israelí, y su producción, tanto de bienes como de servicios, se destina mayormente a la exportación. De hecho, su ámbito de acción se concentra en el exterior y su desarrollo está ligado a la demanda externa, no a la del país.

Pues bien, en medio de la crisis del coronavirus -y quizás habría que decir pese a ella- las cifras disponibles del comercio exterior para los primeros tres trimestres del año muestran que las exportaciones de bienes -cuya parte más significativa es la de productos de alta tecnología- se mantuvieron en niveles similares a los de los primeros tres trimestres de los años anteriores (2017, 2018 y 2019), es decir, no crecieron pero tampoco decrecieron, mientras que las exportaciones de servicios en los primeros tres trimestres de 2020, con exclusión de los servicios de turismo -obviamente afectadas de manera muy severa por la pandemia- habrían crecido cerca de un 4% con relación al mismo periodo del año 2019. Por su parte, la información disponible sobre las importaciones de Israel durante el período comprendido entre Enero y Septiembre de 2020 muestra una caída significativa, en comparación con las importaciones durante períodos similares en los años inmediatamente anteriores (ver cuadro adjunto).

Ciertamente, todas estas cifras, originadas en la Oficina Central de Estadística de Israel, son provisorias y serán seguramente revisadas cuando concluya el año. No obstante, lo que seguramente se mantendrá es la tendencia que estas cifras apuntan, de modo que podemos esperar para fin de año un fuerte superávit en la balanza comercial. Quizás el tamaño de ese superávit ayude a explicar la fuerte revaluación del shekel durante la pandemia (sin ignorar otras posibles causas que podrían estar contribuyendo a esa revaluación, como el ingreso de capitales por la compra de startups y la obligada disminución del turismo israelí al exterior por los cierres de fronteras, por ejemplo, elementos todos que influyen en la oferta de divisas). Y un shekel revaluado no favorece necesariamente a toda la economía del país, sino sólo a algunos sectores dominantes.


En todo caso, lo que podría inferirse de lo anterior es que, en medio de la grave crisis de la pandemia y de sus graves efectos sobre la economía -y en particular sobre la desocupación y sus impactos sociales- una parte de la economía, la más dinámica, habría continuado funcionando casi normalmente y, por lo tanto, a diferencia del resto, no habría sido afectada tan gravemente.

Empero, esa parte de la economía, que abarca las actividades de alta tecnología, no ocupa más que un 10% de la fuerza de trabajo en Israel. La otra economía es la que carga con el peso de la crisis, además de arrastrar desde antes el estigma de una baja productividad, y es esa otra economía la que acumula el grueso de la desocupación generada por las medidas tomadas para combatir la pandemia. Las propuestas centrales para enfrentar ese grave problema se centran sobre todo en la necesidad de recalificar a la mano de obra desocupada, enfatizando programas de capacitación, de reentrenamiento, de nuevas carreras, etc. Todo ello parece correcto. Pero es preciso agregar: ¿Capacitar para qué? ¿reentrenamiento y nuevas carreras para qué? Porque el país carece de una estrategia de mediano y largo plazo que oriente hacia donde se querrían abrir nuevas actividades y así poder definir qué tipo de calificaciones se requieren, qué capacidades es necesario reforzar, y si el futuro del país está en nuevos desarrollos tecnológicos, es tiempo de preparar a la mayor parte de su fuerza de trabajo para participar en ellos y no descansar en una elite minoritaria. Pero todo esto, y mucho más, sólo será posible alcanzar con una visión societaria amplia, que trascienda la politiquería que hoy predomina en Israel y que aleja a sus mejores gentes de la desacreditada actividad política.

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