Fracaso

23 junio, 2019 , , ,
Santiago de Compostela hacia 1837 por David Roberts

De Compostela a Ierushalaim

No caben medias tintas a la hora de calificar la incapacidad de formalizar un gobierno tras las últimas elecciones legislativas en Israel, cuyos resultados de todos son conocidos. Un servidor, por enésima vez, se permite la osadía de interpretar lo acontecido tras la celebración de unos comicios de los que han salido los 120 diputados de la Knéset.

Esta vez, un empate técnico entre el Likud de Netanyahu y el grupo de Benny Ganz, aunque con ligera ventaja del primero y la entrada de representantes de otros nueve partidos políticos, ha llevado a una imposible gobernabilidad al día de hoy, la cual vendría dada, imperativamente, por la unión de varias fuerzas. A priori, una coalición de todo el espectro de la derecha con los partidos religiosos contaría con un número suficiente de efectivos para obtener la mayoría absoluta y constituír un ejecutivo con la suficiente capacidad para desarrollar una acción de gobierno.

No obstante, esos absurdos e inconcebibles privilegios -siempre desde nuestra óptica occidental- hacia la minoría ultra ortodoxa, son causa una vez más de este fracaso. Insistimos en la difícil comprensión que supone la exención del reclutamiento para los estudiantes de las escuelas rabínicas en un país donde el resto de jóvenes, chicos y chicas, tienen la obligariedad de incorporarse a filas y estar a disposición de un estado como Israel, constantemente amenazado y en el punto de mira de unos enemigos que no dudarían ni un segundo en aniquilar a sus habitantes, incluído por supuesto ese poco más de diez por ciento de la población ortodoxa. Una incomprensible distinción desde el minuto cero de la declaración de independencia.

¿Solución a esta realidad repetitiva?… En primer lugar, convendría aparcar los egos; en segundo lugar, adquirir un plus de valentía y dar un paso al frente las dos fuerzas políticas que han obtenido mayor representación. Ambas suman 70 diputados, por lo que un acuerdo entre Netanyahu y Ganz derivaría en una mayoría más que solvente para afrontar los retos y desafíos que Israel afrontará los años venideros.  Se vislumbrarían varias opciones, entre las que cabría contemplar una alternancia en el sillón de primer ministro, como ya sucedió en los años ochenta con Simon Peres e Isaac Shamir, o un simple reparto de ministerios dentro de un ejecutivo encabezado por el actual primer ministro. Evidentemente, las aversiones y fobias de unos contra otros deberían quedar aparcadas por un tiempo.

La no formación del trigésimo quinto gobierno de Israel desde 1948, supone una frustración para el conjunto de los ciudadanos, que se verán abocados a una nueva convocatoria electoral para el mes de septiembre, con el consiguiente gasto para el erario público, además de favorecer el hartazgo hacia la clase política. Esas nuevas elecciones nunca erigirán a un único líder para que en solitario ejerza el poder los próximos años, sino que se verá obligado a buscar apoyos en otros partidos, es decir, la misma cantinela de todas las veces anteriores.

Por tanto, políticos de Israel, siéntense, negocien, acuerden y consensúen. Por el bien de su nación y de su pueblo.

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