12 enero, 2022

Formas y fondos

Israel es sin duda una de las democracias más activas del planeta.

Modelo atómico de la estructura externa del SARS-CoV-2. Cada «bola» es un átomo. – Foto: Wikipedia – CC BY-SA 4.0

Elías Farache S.

Además de contar con un sistema parlamentario que se regula con frecuencia, elecciones por doquier y separación cierta de poderes, el debate diario de todos los temas del país es parte de la vida misma de los ciudadanos.

Un país sometido a intensas presiones desde su fundación. Presiones externas que atentaron y atentan a su propia supervivencia. Guerras, ataques terroristas, campañas mediáticas de deslegitimación, condenas en la ONU sin pausa ni tregua. Además de la amenaza en ciernes de un desarrollo nuclear en la zona con intenciones nada veladas.

Las diferencias internas no son menos intensas. Está el criterio respecto a la solución del conflicto palestino israelí de una izquierda que asume la lógica de la entrega de territorios por paz, enfrentado a la derecha que no se convence de esta fórmula, intentada sin el éxito esperado ni acorde con el sacrificio realizado. Las diferencias entre sectores más observantes de la población y otros más seculares afloran con fuerza de tanto en tanto, aunque siempre están latentes. Existen pugnas entre distintos grupos religiosos y por supuesto entre los sectores laicos propiamente. No falta el componente de la población árabe israelí, que divide sus simpatías entre la lealtad a los árabes palestinos y las conveniencias propias que le significan la ciudadanía israelí con sus derechos civiles.

Estos últimos meses, el tema de cómo combatir la pandemia resulta de primera magnitud. Especialistas son aquellos capaces de explicar lo que ya pasó, no siempre lo que va a pasar. Israel ha tenido un manejo bastante certero de la crisis de salud, con campañas de vacunación y prevención, ayudas a los grupos afectados por los aislamientos y controles de entrada y salida al país. Siempre hay lugar para críticas y debe reconocerse que no existen experiencias ni estadísticas que pudieran haber facilitado la labor de los responsables, pero se puede afirmar que el manejo israelí ha sido satisfactorio en líneas generales.

La actual coalición de gobierno es muy variopinta. Siete partidos que cubren todo el espectro de derecha a izquierda política, con puntos de vista encontrados en aquellos asuntos que son fundamentales para el presente y el futuro de la nación. Esto se puede ver como un logro de tolerancia y unidad, o como un mecanismo desesperado para evitar un gobierno encabezado por Benjamín Netanyahu. Preferimos verlo más como lo primero, en aras de ser benevolentes con todos.

Sí, es verdad que las situaciones que se viven en Israel son de extrema presión. Crispan los nervios y se ponen siempre en juego muchos aspectos de importancia vital. Todo bajo la mirada permanente y los comentarios muy rigurosos de los medios de comunicación que gozan de libertad absoluta.

Un país con tales niveles de presión que logre salir adelante constituye un milagro de nuestros días. Quienes admiramos a Israel así lo reconocemos. Pero hay algo que molesta y desagrada: la descalificación continua de los actores políticos en todos los ámbitos posibles. En el parlamento durante sus intervenciones y actuaciones, en declaraciones y entrevistas, en artículos de prensa. No hay límites para adjetivos calificativos denigrantes. Se ha perdido el respeto a las investiduras, a las instituciones y a las personas. Ello redunda en un desánimo de la población, en perder confianza en la capacidad de sus dirigentes para atender sus funciones y a quienes deben representar.

El fondo de las discrepancias y los enfrentamientos puede ser muy noble. Las intenciones también. Pero en la forma de abordar los temas y los adversarios políticos, se pierde la argumentación y la confianza. Israel, sus ciudadanos y el pueblo judío no se merecen este nivel de debate. Tampoco lo que llamamos un sistema democrático.

Esta situación debe atenderse por todos. Por los políticos y por quienes son sus portavoces y medios. Es responsabilidad personal, institucional y colectiva. No permitir que el lenguaje despectivo, la descalificación y la grosería ocupen el espacio de la noticia y el comentario como si lo fueran. No lo son, son solo el amarillismo que alimenta el morbo de quienes no se dan cuenta del daño que se genera.

Si bien en cierto que el fondo es muy importante, las formas no deben perderse. Lo elegante no quita lo valiente, y la verdad se pierde en la euforia que descalifica.

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