Esperando el cambio

Benito Roitman ¿Cuánto ha cambiado, cuánto puede cambiar la vida en unos pocos meses? ¿Y cuánto puede cambiar en un corto plazo nuestra percepción de lo prioritario, de lo importante, de lo que más nos afecta? Hace unos pocos meses, esa percepción me llevaba a proponer un cierto orden, a postular ciertas jerarquías en el […]

La Knéset – Parlamento israelí – Foto: Wikipedia – CC BY 2.5

Benito Roitman

¿Cuánto ha cambiado, cuánto puede cambiar la vida en unos pocos meses? ¿Y cuánto puede cambiar en un corto plazo nuestra percepción de lo prioritario, de lo importante, de lo que más nos afecta? Hace unos pocos meses, esa percepción me llevaba a proponer un cierto orden, a postular ciertas jerarquías en el funcionamiento de la sociedad israelí. Decía entonces: “El seguimiento del desarrollo de la pandemia ocupa, con toda lógica, un lugar central en las preocupaciones de la sociedad israelí. Más allá de esto, lo que predomina es el mantenimiento del estatus quo tanto en lo económico como en lo político y en lo social. Y ello pese a que ya es inocultable la brecha entre el dinamismo creativo de las actividades de alta tecnología, responsables por la buena performance israelí en el exterior, pero acotados a una parte menor de la sociedad y el resto de la población, afligida por el alto costo de vida y a la que sólo llegan ecos de la prosperidad que reflejan las cifras macroeconómicas. Y que el gobierno (el nuevo gobierno) se niega tozudamente, en boca de sus principales voceros, a reconocer la posibilidad de un Estado palestino y ni siquiera a conversar sobre ello. Y que los conflictos religiosos y étnicos internos son, a juicio de muchos expertos, más peligrosos que las amenazas externas.”  Concluía con que Israel, instalado y formando parte de un mundo cambiante (la pandemia no ha hecho más que acelerar la percepción de la necesidad de cambios en el funcionamiento de las sociedades nacionales), debería tomar nota de ello. ¿Lo hará?

De entonces acá, la noción de que el mundo está cambiando no sólo se ha reforzado, sino que ha adquirido nuevas dimensiones. La pandemia aún continúa vigente, pero en Israel (y en la mayor parte del planeta) los informes sobre su desarrollo han pasado a un segundo plano, desplazados como noticia -y como preocupación- por la invasión rusa a Ucrania y por el panorama de alianzas y de alineaciones, a favor y en contra, que responden a esa invasión. Pero aún esta noticia y estas preocupaciones ceden su lugar, en Israel, a la recurrente ola de enfrentamientos con la población palestina, como reiterada repetición de algo ya visto.  Esto contrasta, de alguna manera, con las incertidumbres que internacionalmente ensombrecen el futuro económico, amenazado desde tiempo atrás por las consecuencias de los cambios climáticos y por las falencias del modelo económico vigente (recuérdese la crisis del 2008 y sus consecuencias). Y estas incertidumbres se ven agravadas en lo inmediato por la aparición de procesos inflacionarios y de eventuales escaseces, resultantes en gran medida de la invasión de Ucrania por Rusia y de las medidas tomadas por la coalición internacional que denuncia y condena esa invasión.

En ese contexto, la posición oficial del gobierno de Israel con respecto a la violenta agresión rusa ha sido hasta ahora extremadamente cauta, quizás como resultado de especulaciones internas sobre el efecto que una condena decidida de esa agresión afectaría los acuerdos (¿cuáles? ¿de qué naturaleza y alcance?) con Rusia y que estarían permitiendo a Israel atacar objetivos en Siria con cierta impunidad. Ciertamente -y quizás también como resultado de la reciente conferencia de seguridad convocada en Alemania por el secretario de Defensa de los EEUU a la que fueran invitados 40 países, incluyendo a Israel (que participó, aunque sin la presencia del ministro de Defensa Beny Ganz)- Israel se habría comprometido en estos días a aumentar su apoyo a Ucrania en materia defensiva, aunque con limitaciones. No es superfluo recordar que los EEUU constituyen el aliado más importante de Israel, que las declaraciones de amor entre ambos países son permanentes y que la asistencia militar estadounidense a Israel (3.5 mil millones de dólares anuales) es vital para éste.  Y como dice el viejo proverbio judío, no se puede bailar con un pie en dos casamientos.

¿Cómo afecta todo esto a la sociedad israelí? Superficialmente al menos, no parece que demasiado. A mediados de abril, en las festividades de la Pascua judía, el Aeropuerto Ben Gurión de Israel volvió a estar abarrotado, como en los años previos a la pandemia.  El crecimiento económico continúa siendo positivo y, en términos generales, satisfactorio; el Banco de Israel en sus últimas estimaciones, prevee para el 2022 una tasa de aumento del PIB del 5.5% y de 4% para el 2023. En esas mismas estimaciones, el desempleo se ubica en el 3,5% y la tasa de inflación se situaría por debajo del 4%, en términos anuales.      

El empuje al crecimiento de la economía continúa dado por las actividades de producción y exportación de los sectores de alta tecnología (en áreas tan diversas como información, comunicación, inteligencia artificial, medicina, armamentos, ciber seguridad, alimentos, por ejemplo). Es preciso señalar, sin embargo, que las exportaciones de bienes -dentro de las cuales el volumen de bienes de los sectores de alta tecnología es decisivo- muestran un estancamiento tendencial a lo largo de los últimos 10 años o más (el monto anual de esas exportaciones se muestra estable en estos años, alrededor de los 58/59 mil millones de dólares). Lo que ocupa su lugar como factor dinámico son las exportaciones de servicios. Así, en la última década las exportaciones de servicios más que se duplicaron (en el 2010 representaron 25,3 miles de millones de dólares, mientras que en el 2020 llegaron a 55.4 miles de millones de dólares y se situaron en 74,3 miles de millones de dólares en 2021) y el 60% de esas exportaciones proviene de sectores de alta tecnología. 

Eso no hace más que confirmar la continuidad de un modelo exclusivista y excluyente, donde los sectores más dinámicos, identificados con las actividades de alta tecnología, cuentan con los más altos niveles de ingreso y la mayor productividad, pero ocupan menos del 10% de la fuerza de trabajo. El resto -la mayoría- se distancia cada vez más de los sectores privilegiados. Es así que los buenos promedios estadísticos, del tipo de los que se mencionan más arriba, ocultan grandes brechas económico-sociales que tienden a perpetuarse y que, en muchos casos, contribuyen a diferenciar y caracterizar a grupos poblacionales en pugna al interior de la sociedad israelí: ashkenazim y mizrajim, religiosos y seculares, judíos y árabes. Y en ese marco se mantiene el estatus quo, referido tanto a la continuidad de la ocupación y de la aplicación de sistemas legales diferenciados a diferentes poblaciones, como a la aplicación de leyes religiosas a la vida civil. Las cuatro tribus a las que se refería el presidente Rivlin allá en el 2015, siguen siendo una acertada descripción de una sociedad fragmentada; y el sistema educativo, que debería ser el principal instrumento de integración nacional y de superación intelectual, está lejos de cumplir con sus responsabilidades.

En vista de lo anterior, parecería confirmarse que la vida en Israel, pese al convulsionado ambiente internacional en lo político y en lo económico, continúa por sus cauces normales, con sus prioridades bien establecidas. Ciertamente, el gobierno de amplia coalición instalado hace poco menos de un año logró ¡finalmente! sustituir a Benjamín Netanyahu, lo que ya es ganancia, pero más allá de ello no ha habido un cambio significativo de las políticas previas, aunque los estilos puedan ser diferentes. Y esa continuidad se constata en áreas como las de los asentamientos, en la política de ocupación, en la negativa a negociar con los palestinos, en la posición frente a EEUU y sus negociaciones con Irán, en el mantenimiento de la Ley de Estado Nación, en el manejo de la seguridad y en el mantenimiento de las políticas económicas y sociales.

De hecho, la fragilidad de la actual coalición, notoria desde su instalación, ha aumentado más que nunca, ahora que la deserción de la diputada Idit Silman canceló la débil mayoría del gobierno en la Knéset y la oposición se apresta a intentar derribarlo. Pero si la oposición lograra su propósito y se convocara nuevamente a elecciones, esta sociedad continuaría funcionando como lo viene haciendo desde hace años, aún en medio de una serie de atentados terroristas, como en el presente. Los costos a pagar, sin embargo, están cada vez más presentes y se manifiestan tanto en la permanencia de los conflictos sociales internos como en una paulatina pero creciente indiferencia frente a la pérdida de valores democráticos. Y esa indiferencia no habría cesado con la deposición de Netanyahu. Continúa caracterizando al funcionamiento de la sociedad israelí, la mayoría de la cual tiende a ignorar las realidades de una situación en la que los derechos individuales y ciudadanos existen para algunos, no para todos. 

No nos confundamos. La creación del Estado de Israel, que acaba de celebrar sus 74 años, es digna de defensa y alabanza. Su construcción requirió sangre, sudor y lágrimas, hasta alcanzar lo que es hoy, un país con muchos, muchos motivos para ser admirado. Pero no nos olvidemos que es el país del pueblo del libro, que como tal debería ser depositario de los valores humanos que lo acompañaron durante la larga diáspora y que visionarios como Hertzl quisieron recuperar en su descripción del soñado Estado Judío y de su utópica Altneuland. ¿Podrá el Israel actual, la sociedad israelí actual, aceptar ser el país de todos sus habitantes, sin por ello negar su carácter de hogar nacional judío?  ¿Será posible ese cambio? ¿Y cómo alcanzarlo?

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