Entre la poesía y la prosa

3 noviembre, 2016
Foto: Rainer Maria Rilke - Wikipedia

Joseph Hodara
¿Qué singulariza al poema respecto a la prosa? ¿La distancia entre ellos depende del ritmo y de la extensión de lo escrito? ¿Puede un escritor ser simultáneamente poeta y novelista?  ¿O se trata de dos criaturas formadas por temperamentos y pericias dispares? Y cuando se embarcan en el áspero camino de escribir, ¿se distancian la actitud y el compás de uno respecto al otro?
Preguntas que acaso tuvieron llana respuesta en tiempos ya transitados cuando los versos se distinguían por rimas y ritmos singulares, y, por lo general, no desbordaban el espacio de una página.  Ya no es así. A menudo nos topamos con líneas y autores que son denominados poemas y poetas, mas no exhiben ni musicalidad ni sobriedad en el número de palabras. Un hecho que cancela las diferencias formales que se han sugerido para deslindar entre el texto poético y la prosa.
Las cartas a un joven poeta que Rainer María Rilke (1875-1926) intercambió con un adolescente inquieto por algunas vibraciones íntimas que buscaban expresarse –  se llamaba Franz Xaber Kappus y aconteció en los años iniciales del siglo XX) – nos ofrecen algunas claves para lidiar con estas preguntas. Y al recordarlo me permito agregar una nota personal: me obsequiaron estas páginas cuando alguna vez  en mi adolescencia una sensible muchacha creyó- ingenuamente- que el que aquí escribe  poseía un rasgo poético. No me corresponde enjuiciarla.
En su misiva inicial Rilke escribe: “… la mayor parte de los hechos son indecibles, se cumplen en un ámbito que nunca ha hollado una palabra…” Es decir, lo escrito y lo que se escribe no agotan la humana comunicación: gestos corporales y silencios son capaces de revelar mucho más que las palabras. Circunstancia que alguna vez me llevó a imaginar un texto con páginas escritas y con otras absolutamente limpias y vacías: ¿descubrirá el lector cuál de ellas desnuda con superior acierto los rasgos y los dramas de quien las publica?
En la siguiente carta Rilke asienta: “…en las cosas más profundas e importantes estamos indeciblemente solos…” Observación  que debe ser atendida con algunas reservas. Es cierto: cuando escribimos notas que reflejan  reflexiones o sentimientos estamos físicamente solos; desde la y nuestra soledad escribimos. Sin embargo, cohabitamos también con la otredad, ya sea la íntima y la  internalizada, ya sea la que dibujamos al dialogar con sujetos y objetos que están en el entorno o en nuestra fantasía.
De aquí que el prosista y el poeta escriben desde y con la soledad; sin embargo, no están solos. Conversan  en la intimidad con una otredad que contiene imágenes que buscan palabras y ritmo. Circunstancia que no pocos ignoran cuando invaden el íntimo espacio de uno y otro pensándolos físicamente solos. Pero en rigor no lo están. Dialogan con su propio y fantasioso mundo.
En la tercera misiva de las diez que Rilke dirige a Franz señala un asunto que acaso incitó la atención de Freud: “la experiencia artística está tan increíblemente cerca de la sexual, en su dolor y gozo, que ambos fenómenos en realidad son formas diversas de una idéntica ansia y goce…” Afilada observación. En la acompañada soledad, el poeta y el prosista buscan el íntimo placer sin eludir a menudo el fracaso y la frustración. En la cópula con el texto ambos lo acarician, pero también conocen resistencias y rechazo. Vivencias que apasionan pero también inhiben.
Retornemos entonces a las preguntas iniciales. Considerando el devenir de la prosa y de la poesía en estos tiempos parece aceptable suponer que la distancia que alguna vez se registró entre ellas hoy se ha desvanecido. Ambas se conciben hoy  en una inquieta soledad debidamente acompañada. Sin embargo, la impaciencia parece dominar particularmente al poeta; cuando una idea o alguna fantasía lo conquistan, se aventura a exponerlas con razonable brevedad  en líneas que se unen con ritmos y metáforas desiguales, y conceden al lector la gracia para  interpretarlas. En contraste, al prosista anima generalmente superior aliento: página tras página pretende  dibujar impresiones y hechos ajustándose a una lógica formal que considera elocuente  y razonable.
Distinción formal aceptable tal vez para algún  lector de poetas y prosistas.  No lo es para ellos cuando-  en verdad y con filo – un libidinoso fantasma los abruma y posee a la hora de escribir.

www.josephodara.com

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