8 abril, 2019

Entre la historia y la histeria

Nunca antes una campaña electoral en Israel exhibió – como en nuestros días-  un maligno juego de personajes y un desprecio cabal a temas que – si no tienen feliz rumbo y solución – habrán de cuestionar severamente la fuerza de la democracia israelí y su lugar en el mundo ilustrado. Insinuaciones falaces contra y […]

Foto: REUTERS / Ammar Awad

Nunca antes una campaña electoral en Israel exhibió – como en nuestros días-  un maligno juego de personajes y un desprecio cabal a temas que – si no tienen feliz rumbo y solución – habrán de cuestionar severamente la fuerza de la democracia israelí y su lugar en el mundo ilustrado.

Insinuaciones falaces contra y entre candidatos; la solicitud de apoyos y bendiciones en el extranjero por parte de Netanyahu  – Trump, Putin, Bolsonaro- que todos deberemos pagar; la conformación de un partido rival cuyo liderazgo responde a valores e inclinaciones absolutamente indefinidos y dispares; el empeño casi agónico y desesperado de un Laborismo que modeló el país en otros tiempos; el esfuerzo agobiante de una izquierda – Meretz – que apenas sabemos si es fiel a Marx, o a Rosa Luxemburgo, o a Roosevelt: algunos rasgos en breve suma  del presente torneo que apenas merece algún aplauso pero en el que toda la ciudadanía israelí debe en los próximos días tomar activa parte.

Sin olvidar el peligro mayor: el rebrote legitimado con maligno cálculo por el liderazgo del Likud de la fracción kahanista que hoy considera válido su afán de expulsar a más de tres millones de palestinos y adjudicar a los ciudadanos de origen árabe y cristiano un lugar marginal y marginado. Aspiración obsesiva que conduce inevitablemente a legitimar y fortalecer – cambiando actores y términos – a las corrientes antisemitas en el mundo.

Temas de singular y alta importancia – la defensa de la Corte  Suprema hoy lastimada por los planteamientos de Bennett y Shaked, la deprimente situación en los hospitales, los trastornos en el ferrocarril, la creciente desigualdad en el reparto del ingreso, la conducta arbitraria de las burocracias, la crisis en Habima y en otros conjuntos teatrales por acciones y omisión de una ministra que tal vez  apenas distingue entre Shakespeare  y Agnón, la inserción desmesurada de temas bíblicos y razonamientos metafísicos en los programas escolares en desmedro de la reflexión universalista y  científica-  asuntos que hoy el juego electoral- incluyendo a la oposición parlamentaria- descuida cuando no desprecia.

Indiferencia y desvaríos que ofenden a la ciudadanía tanto a los que aquí nacieron como a los que en temprana adolescencia – es mi caso –  subimos a Israel para entregarnos- incluyendo hijos y nietos-  lealmente a todas sus exigencias.

La conducta de Netanyahu que agravia y ofende al Presidente sin considerar la dignidad de su cargo y la inquietud personal que hoy le embarga; sus insinuaciones sobre el débil equilibrio mental y las infidelidades maritales de sus adversarios olvidando su propio pasado- tres matrimonios y filosas distancias de su hija y nietos jerosolimitanos-, el beso a Trump y el apretón de manos a Putin: actitudes y maniobras por las cuales todos deberemos pagar.

Y en el otro costado una oposición de «centro» e «izquierda» que apenas sabemos qué piensa y qué hará si atina a formar una coalición gubernamental con rumbo desconocido; un cínico partido que predica tanto la legalización selectiva del cannabis como la construcción del Tercer Templo; y, en fin, dos agrupaciones que mal reúnen a una ciudadanía árabe decepcionada que se limitan a vocear violentas protestas parlamentarias ignorando las lecciones tanto de un Churchill como de un Gandhi.

Graves e inquietantes circunstancias que nos obligan a concurrir en masa a las urnas electorales. La indiferencia jugará en contra de la ciudadanía además de debilitar perceptiblemente la existencia de y los constructivos nexos con las diásporas judía e israelí que no toman parte activa en el voto.

Juzgo que una alta participación electoral – independientemente de sus resultados- indicará a los actuales líderes políticos que deben considerar en todo momento la aptitud reflexiva y contestataria de la ciudadanía israelí que por libre decisión habita y defiende este país y su cultura por las cuales múltiples generaciones han contribuido existencial e intelectualmente y que – en no pocos casos – pagaron caro por ella en sus y con sus vidas.

No votar en el día señalado ofende y lastima nuestro pasado y presente, y multiplicará inquietantes preguntas respecto a nuestro devenir.

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