Entre bajo fuego y alto al fuego

Una escalada de violencia que empezó el domingo 9 de mayo, con andanadas de cohetes que evitaron la celebración del Día de Jerusalén y obligaron a los parlamentarios israelíes a refugiarse dentro de los cuartos seguros de la Knéset. Disturbios en Jerusalén, y en varias ciudades donde conviven árabes y judíos. Los resultados de este […]

La batería antimisiles Cúpula de Hierro intercepta cohetes palestinos. Vista desde Ashkelon – Foto: REUTERS/Amir Cohen

Una escalada de violencia que empezó el domingo 9 de mayo, con andanadas de cohetes que evitaron la celebración del Día de Jerusalén y obligaron a los parlamentarios israelíes a refugiarse dentro de los cuartos seguros de la Knéset. Disturbios en Jerusalén, y en varias ciudades donde conviven árabes y judíos.

Los resultados de este enfrentamiento particular están a la vista. No se logró conformar un gobierno de cambio en Israel, porque todos estaban ocupados en otra cosa. Hamás se ha erigido en el representante del radicalismo contra Israel, clamando una victoria basada en su capacidad de lanzar cientos de cohetes sin dirección exacta y objetivo sí específico: matar, asustar. Se debilita a la Autoridad Nacional Palestina y se evitan las elecciones allí programadas.  Gaza queda destruida una vez más, con cientos de muertos. Infraestructura muy golpeada, bajas en las líneas de mando de Hamás. Metro-Gaza, la sofisticada red de túneles, ha sufrido también un duro golpe.

No hay solución al conflicto. Llegará de nuevo ayuda internacional para reconstruir Gaza y con ello recuperar el parque de cohetes utilizados y las facilidades de fabricación y lanzamiento que han sufrido daños. Seguirán los campos de refugiados, esos que ya tienen más de 74 años. La UNRWA seguirá ayudando, si es que se puede llamar a esto ayuda. Un alto al fuego que da un respiro. No una solución.

Esta historia que se repite cada tantos años no parece que termine. El quid de todo esto es el no reconocimiento del derecho de los judíos a un estado independiente. Mientras esto no se resuelva, no parece que nada tenga solución. Los hechos de los últimos 75 años dan fe de ello.

También como siempre, los enemigos de Israel y de los judíos salen a relucir.  Es muy poco elegante aceptar que se tiene odio o antipatía a los judíos. Pero cuando se puede utilizar un argumento, aunque rebatible y poco convincente, no se pierde oportunidad. En esta ocasión, los elementos más recalcitrantes del partido demócrata americano lograron calentar las calles. Judíos en Nueva York y Miami fueron agredidos. A Israel se le exige lo que a nadie: no defenderse ante un ataque masivo de cohetes a sus zonas pobladas. Condenarla es fácil, ignorar el sufrimiento de su población va por descontado.

Hamás es reconocida de facto como la contraparte con quien se debe negociar.  Que sea por vía interpuesta, no sabemos si le resta fuerza o le añade carisma ante sus huestes de seguidores. La destrucción que ha logrado para Gaza no atinamos a considerarla como un desacierto ante los ojos de los gazatíes no beligerantes, o un logro de colosales dimensiones. De alguna manera, mientras más violenta la reacción israelí, se considera que mayor ha sido el daño al enemigo sionista. Martirio y victoria van de la mano.

Mientras, nos hemos olvidado un poco de la pandemia.  La verdad, ser víctima de un mal general es algo más reconfortante que ser víctimas de un mal focalizado, como el antisemitismo y el antisionismo. Se hace causa común, se siente menos soledad. Por el lapso en cuestión.

Estamos acostumbrados, pero no nos resignamos.  Israel busca la paz, pero lo más que ha logrado es vivir entre una situación bajo fuego… y otra de alto al fuego.  Es la casi paz que se ha logrado a fuerza de… mucha fuerza.

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