El votante de siempre

A pesar de tener a su favor un número de diputados de la llamada derecha ideológica, agendas ajenas a los principios de los partidos y grupos que conforman la Knéset han dictado la pauta. El turno ahora es de Yair Lapid, Naftali Bennet y Gideon Saar. Tampoco se puede decir que las negociaciones sean fáciles. […]

Yair Lapid – Foto: REUTERS/ Ilia Yefimovich/dpa

A pesar de tener a su favor un número de diputados de la llamada derecha ideológica, agendas ajenas a los principios de los partidos y grupos que conforman la Knéset han dictado la pauta. El turno ahora es de Yair Lapid, Naftali Bennet y Gideon Saar. Tampoco se puede decir que las negociaciones sean fáciles.

La eventual coalición que pueda formar Lapid ha de ser histórica. Da a un candidato con solo seis o siete escaños, la posibilidad de ser primer ministro.  Y da la posibilidad de unir a varios partidos, cada uno con principios y bases muy diferentes entre sí. No se trata de una coalición de unidad nacional, pero sí de una mitad bien unida por las circunstancias.

Los políticos israelíes son muy mediáticos y vociferantes. No se puede alabar las desproporcionadas descalificaciones entre unos y otros, incluso entre aquellos que alguna vez tuvieron cierta afinidad. Pero no se les puede calificar de irresponsables y ante situaciones de peligro siempre la política y la politiquería se dejan de lado. Esta actitud es uno de los factores fundamentales del éxito del Estado y la razón de su supervivencia.

Cuando parece que un nuevo gobierno, sin Netanyahu, puede formarse, un elemento externo tiende a meter ruido en el sistema. Los disturbios en Jerusalén, con las reacciones o iniciativas de Gaza, depende quien ponga el orden de los acontecimientos, entorpecen las negociaciones entre los eventuales miembros de coalición.

La verdad, existen dos aristas delicadas. La primera es la reacción de partidos árabes que deben ser parte del apoyo a la coalición, bien sea desde adentro o desde afuera. Pero este drama es ya conocido, viejo y el debate se ha dado con anterioridad. La segunda arista parece algo más delicada y tiene que ver con los enfoques de quienes pretenden asociarse.

Cuando se debe actuar para aplacar disturbios en Jerusalén y evitar el bombardeo desde Gaza, los criterios de cómo reaccionar son distintos dependiendo de quién es de derecha o quién es de izquierda. En momentos de esta gravedad, es probable que todos vuelvan a sus raíces fundacionales y se produzca un rompimiento entre las partes, o una parálisis momentánea. La gravedad de la situación obligará a tomar las medidas adecuadas, y tanto los aplausos como las pitas vendrán de sus fuentes originales. Independientemente de la posición de gobierno o de oposición, pues privan otras prioridades.

En las cuatro elecciones que se han llevado a cabo, y particularmente estas últimas, los actores políticos en Israel, y los votantes, han olvidado un poco el entorno en el cual se desenvuelven con naturalidad tal que, a veces, no vislumbran peligros y amenazas ciertas.  Los disturbios de Jerusalén, y los cohetes desde Gaza, han venido a llamar la atención, con demasiada precisión temporal.

Sí, en las encuestas y en el conteo de votos, esta vez como que quedó olvidado el votante de siempre. Aquel que nos recuerda que la situación es algo más compleja de lo que se piensa.

Por algo es el votante de siempre. No siempre decide, pero siempre está presente. Siempre.

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