18 enero, 2021

El Nuevo-Nuevo Medio Oriente

En los últimos meses se ha configurado un Nuevo-Nuevo Medio Oriente.  Si bien en los años 90 se pensaba que se configuraría un nuevo Medio Oriente a través de un acuerdo de estatus final entre Israel y los palestinos, parece que el pragmatismo ha vencido a la intolerancia.  Llamar ideología a la intolerancia es algo […]

De izquierda a derecha: ministro de Exteriores de Baréin, primer ministro de Israel, presidente de Estados Unidos y ministro de Exteriores de Emiratos Árabes Unidos, firma de los Acuerdos de Abraham, 15 de septiembre. Foto: Casa Blanca Joyce N. Boghosian vía Flickr Dominio Público.

En los últimos meses se ha configurado un Nuevo-Nuevo Medio Oriente.  Si bien en los años 90 se pensaba que se configuraría un nuevo Medio Oriente a través de un acuerdo de estatus final entre Israel y los palestinos, parece que el pragmatismo ha vencido a la intolerancia.  Llamar ideología a la intolerancia es algo atrevido.

Ciertamente, la lógica más elemental señalaba que si las partes en conflicto probaban las mieles de la paz, el progreso y el buen vivir, se animarían a convivir como buenos vecinos. Se harían, y se hicieron, concesiones. Los desacuerdos se irían diluyendo en un clima de negociaciones, respeto.  Progreso.  Muchos coincidían en afirmar que el Medio Oriente sólo podría arreglarse si se resolviera el conflicto palestino-israelí, la arista más complicada del largo, complicado y ya aburrido conflicto árabe-israelí.

Más aún, hubo quienes afirmaban que la mayoría de los males de la región, si no todos, se debían al no resuelto problema entre palestinos e israelíes.

No faltaron iniciativas, conferencias, encuentros directos, encuentros secretos, presiones, amenazas.  También, muy lamentable, guerras, ataques terroristas, contrataques.  Túneles y cohetes. Una campaña mediática en contra de Israel de proporciones grandiosas. Boicots.  El BDS.  Demandas en las cortes y condenas a granel en la ONU.

Pero en las postrimerías del primer mandato de Donald Trump, y aún a sabiendas que sería el único; cuando Benjamín Netanyahu se preparaba ya para las cuartas elecciones en menos de dos años, los Acuerdos de Abraham irrumpen en el escenario de la zona, y del mundo.

Países árabes considerados moderados, con economías bastante pujantes, se atreven a reconocer a Israel, a establecer relaciones diplomáticas.  En poco menos de tres semanas, decenas de miles de turistas israelíes visitan los Emiratos Árabes Unidos. Se abren las puertas de iniciativas comerciales, de inversión.  Un jeque compra el 50% del Beitar Jerusalén, un emblemático equipo de futbol israelí.

No es una trivialidad todo esto.  En primer lugar, se rompe la creencia arraigada que toda negociación con países árabes pasa por resolver el conflicto con los palestinos, y desarma de alguna manera la intransigencia de estos últimos, denunciando, entre otras cosas, la profunda división que se alberga entre todos los palestinos: entre la ANP y Hamás, entre Gaza y la Margen Occidental, entre los mismos árabes israelíes, entre las poblaciones palestinas dondequiera que se encuentren.

Para el proceso electoral israelí, que se definirá en las elecciones del 23 de marzo de 2021, se perfila una situación muy novedosa. Los electores y los candidatos al parlamento árabes-israelíes, tienen ahora una perspectiva nueva.  Ya no es enfrentar al Estado Judío desde la óptica del enemigo de turno y rigor. No. Es la posibilidad de incorporarse a la maquinaria gubernamental de un país que se codea con países árabes, los mismos que siempre han apoyado la causa palestina con dinero y votos en foros internacionales, cantidad de manifiestos y declaraciones, y que, como muchos de los palestinos ya, se han cansado de enfrentamientos estériles, posturas fanáticas, estrategias que garantizan el fracaso y la pobreza.

Los Acuerdos de Abraham, salidos como de la nada, porque ha habido muy poco reconocimiento a Trump y Netanyahu, son una ventana de oportunidad para lograr una nueva y mejor realidad.

El Nuevo-Nuevo Medio Oriente.

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