El nazismo, un buen negocio

Hermann Wilhelm Goering, nacido el 12 de enero de 1893, presenta perfectamente el perfil de un megalómano, codicioso, con ínfulas de aristócrata, y en esa cuna de su infancia se crió con la idea de que todo hombre tiene su precio y de que todo lo que ansía debía pertenecerle. Es así como se forjaría […]

Una fotografía histórica muestra a Hermann Goering (izq), Adolf Hitler (2do. a la izq) y Erich Raeder (2do. a la der.) de pie junto a un vagón de ferrocarril en el pueblo francés de Compiegne durante la Segunda Guerra Mundial el 22 de junio de 1940. La Alemania nazi y Francia firmaron el Rendición francesa en Compiegne 22 de junio de 1940. Patrick Kovacs/REUTERS

Hermann Wilhelm Goering, nacido el 12 de enero de 1893, presenta
perfectamente el perfil de un megalómano, codicioso, con ínfulas de
aristócrata, y en esa cuna de su infancia se crió con la idea de que todo hombre tiene su precio y de que todo lo que ansía debía pertenecerle. Es así como se forjaría el futuro ladrón de las obras de arte más
importante de la Alemania nazi. Creció en el castillo de Veldestein en la zona central de Franconia, con la ilusión de que esa propiedad era de su padre, pero que en verdad pertenecía a su padrino el Barón Hermann von Epstein, amante además de su madre. En ese ambiente forjó su
carácter codicioso y debido a ello pensó sin titubeos que todos sus
deseos debían ser acatados amén de pensarse a sí mismo un ser infalible.

Una pantalla que muestra imágenes de televisión originales de Hermann Goering durante los juicios históricos de Nuremberg se representa en la sala 600 del tribunal en Nuremberg
Michaela Rehle/REUTERS

Goering participa en la Primera Guerra Mundial, es aviador en 1914 y hace carrera militar gracias a sus supuestas victorias en combates aéreos.

Lo que en verdad marcaría su vida de allí en más sería el encuentro en 1922 en Munich con Adolf Hitler. Participa en 1923 del golpe militar en el que resulta herido, logra huir al extranjero con su esposa Carin von Kantzow, y es así como inicia su adicción a la morfina para contrarrestar el dolor de la herida recibida.

Se refugia en Italia, en Roma y Florencia, y esas serían las primeras ciudades donde aprendería arte y su pasión de coleccionista.

En 1925 se interna en Suecia en un establecimiento para enfermos nerviosos con el fin de hacer un tratamiento de desintoxicación, pero dicha cura fracasó.
Fue un adicto toda su vida a la morfina, dada su condición de ser un personaje inseguro acostumbrado desde su infancia a refugiarse en castillos y cuentos de hadas para evadirse de la realidad familiar y ahora, ya adulto, de inventarse una historia política inexistente, de ahí que el arte y las drogas le servirían de refugio y evadirse nuevamente de la realidad.

En la misma época también Hitler fue internado en una institución psiquiátrica para curarse de una ceguera histérica, y luego ya siendo el Führer de Alemania manda asesinar al médico que lo ayudó a curar su síntoma para que no delate su debilidad. Hitler es internado en la ciudad de Pasenwalk en la región de Pomerania.

Vemos así el nacimiento de dos canallas, asesinos, disfrazando tras esa pantalla de adictos al arte sus perfiles de débiles y cobardes amén de megalómanos.

Luego de que Hitler fuera nombrado Canciller de Alemania el 30 de enero de 1933, Goering va ascendiendo en diferentes cargos junto a su admirado Führer. Es designado entre otros cargos Ministro de Interior, Ministro de Finanzas de la región de Prusia, cargo conveniente para la disposición de dinero y poder acceder a la compra y expropiación de obras de arte de los judíos enviados a la muerte.

También cabe destacar que cuando se realiza la conferencia de Wannsee el 20 de enero de 1942, comandada por Heydrich, éste alega que las órdenes de establecer y llevar a cabo Die Endlösung (La Solución Final) fueron dadas a él directamente por Goering.

Lo que cabe la pena marcar que es como un acto repetitivo de todos los tiranos y demagogos, tanto durante el nazismo como los que surgen en el presente en América Latina y también en Rusia, no importando el hambre de sus pueblos, acceden al erario nacional para saquearlo, ya sea para la construcción de mansiones palaciegas en su beneficio personal, y en el caso particular de Goering agregaba a dicho robo la compra de obras de arte para su colección privada.

En 1936 compra obras de la galería Gerlach, y en ese mismo año junto a Goebbels, accede al remate con un precio vil, en la subasta Harms en Berlín del patrimonio del coleccionista judío Fritz Gugenheim.

Con la excusa del denominado “arte degenerado”, término que viene de Hitler en cuanto a las obras de vanguardia, Goering saquea de los museos alemanes todas las obras caratuladas bajo esa nominación.

Entre los artistas repudiados por su arte, amén de ser judíos, se encontraban Emil Nolde, Franz Marc, Oskar Kokoschka entre muchos otros.
La prisa por tal nominación y su expropiación no tenía por cierto ningún fin de llevar y purificar la cultura aria a los alemanes, sino de hacer de dichas obras un fastuoso negocio pues eran vendidas en el extranjero a través de comerciantes del arte en Suiza donde se vendían pinturas, esculturas y grabados. Estas ventas obtenidas por saqueos dieron una ganancia de más de diez mil libras esterlinas, casi cuarenta mil dólares americanos, embolsados en las arcas del partido nazi y también en el bolsillo del Mariscal Goering y su Führer Adolf Hitler. Negocios son negocios, y el argumento de la raza aria superior era ese hueso que tiraban a la chusma populachera, fanática e ignorante tanto de ayer como del presente, de ahí que la cultura está en las antípodas de la demagogia y en los lemas de los gobiernos totalitarios inclusive vigentes en la actualidad.

El insignificante cabo Hitler, neurótico, con un pasado ominoso y con una ceguera histérica que sus fanáticos no debían saber, se creyó el nuevo Napoleón del siglo XX y al igual que él, consideraba el saqueo de las obras de arte de los países conquistados como un “trofeo” de vencedor. Desoye el reglamento sobre la guerra establecido en la Conferencia de la Haya en 1907 que prohibía las sustracciones del patrimonio artístico como trofeo de guerra, tanto público como privado. Debido a ello Hitler decide no apropiarse de las obras de arte del museo del Louvre no así de las obras francesas que estaban en propiedad privada de judíos, entre ellos las importantes colecciones de arte de las familias Camondo y Rothschild.

Y otra vez los judíos quedan desprotegidos incluso bajo las cláusulas del derecho Internacional, y su patrimonio robado queda encubierto bajo el eufemismo de “toma de instalaciones de guerra”. El derecho internacional legitimiza así el robo dado que los judíos fueron descriptos como un poder supranacional cuyo patrimonio no estaría protegido por dicho derecho. Y otra vez son los parias de la historia, son tratados como judíos y no como ciudadanos, en este caso franceses. La excepción aquí del derecho internacional es que trata al patrimonio de arte de los judíos como “material de guerra” y la persona del judío como un bacilo infrahumano. Haría falta que llegara el año 1954 donde la Convención Internacional diera al patrimonio privado saqueado una protección ante ese tipo de excepciones arbitrarias y discriminatorias que encubrían un carácter francamente antisemita.

El argumento de Hitler en cuanto a que el patrimonio judío no debía ser protegido por la Conferencia de la Haya era de que éstos “eran enemigos de la cosmovisión alemana” y debido a ello no se merecían “una paz con base moral”. Y su más profundo deseo en cuanto al pueblo judío era “dañarlos hasta la aniquilación”. Son las mismas palabras que resuenan hoy en día en boca de los árabes y de los nuevos movimientos neo nazis, de hacer desaparecer al pueblo judío tanto como Nación y como “raza”, siendo que el judaísmo no es una raza, más bien una comunidad de espíritu, ideas y creencias que compartimos incluso aquellos que no practicamos los rituales religiosos.

Hermann Goering fue un criminal amén de un adicto y codicioso. Usó la opresión, persecuciones y chantaje a los judíos para obtener su patrimonio a cambio de sus vidas.

En cuanto a los colaboradores y comerciantes de Suiza y de Italia, hicieron la vista gorda no preguntando de dónde provenían las obras de arte incautadas, todo era cuestión de buenos negocios, y en el fondo a nadie le importaba si el precio era la sangre judía derramada, deportada y enviada a las cámaras de gas. Todos conocían el verdadero origen criminal de las obras adquiridas por migajas. Toda esta violación del derecho internacional fue encubierta por Hitler. Como punto final a tal barbarie, una entre tantas concebidas por el nazismo y sus negocios macabros a costa de derramar sangre judía, Goering fue condenado a muerte en el tribunal de Nuremberg en 1945 y Hitler escapa a la Argentina dado que el craneo baleado que los rusos encontraron en el bunker de Berlín pertenecía a una mujer de origen asiático. Su refugio en el sur de la Argentina en la zona de Bariloche lo tomamos de acuerdo a la investigación del historiador Carlos De Nápoli.

¿Punto final? No, la historia sigue, se repite, el antisemitismo está a la orden del día y pareciera que la cultura fuera un valor no atesorado por los demagogos. De allí que Israel exporta tecnología, cuida a sus hijos y pone a la educación como su máximo bien.

Entonces, aún estamos acá, y a ellos, los antisemitas milenarios, les decimos: ­¡No Pasarán!

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