El decálogo de Stephen Vizinczey

19 octubre, 2016

Joseph Hodara
Si todo ser humano debe de tiempo en tiempo confrontarse con los mosaicos Diez Mandamientos ya sea para evaluarse a si mismo, ya sea para cotejar sus prescripciones con nuestra irremediable fragilidad, esta disposición gravita con superior peso en el caso de los escritores. Incluso en estos tiempos en que una página escrita interesa mucho menos que los llamados del WhatsApp que alimentan una ilusoria comunicación. Las minorías que aún se apasionan con algún libro deben escuchar sus prescripciones.
Proceden antes algunas palabras sobre este escritor húngaro hoy ciudadano canadiense. Nació en 1933 en tiempos en los que su país oteaba un futuro incierto. El filósofo marxista George Lukács fue uno de sus principales maestros. Apegado a las lecciones que éste le diera, Vizinczey se distanció de la doctrina y praxis comunistas que Moscú intentó imponer en su país. Militó activamente en las filas de la Revolución Húngara en 1956; y al frustrarse, se refugió en Canadá sabiendo “cincuenta palabras en inglés”. Las enriquecerá en el andar de sus días.
Un libro le dio moderado renombre: En brazos de la mujer madura. Vio la luz en 1965 con un tema que de inmediato lleva a recordar a otro autor: a Vargas Llosa y su Elogio de la Madrastra. Sin embargo, el héroe de Vizinczey no es un astuto y sensual infante sino un macho joven que prefiere a mujeres maduras que aún buscan un sensual abrazo, y ciertamente algo más. Libro que publicó con sus propios recursos, considerado hoy un escrito pospornográfico, donde el sexo no es acción furtiva sino vivencia liberadora.
En paralelo al relato novelesco practicó el ensayo. Verdad y mentiras en la literatura reúne sus reflexiones sobre múltiples temas: Rousseau, la Mafia, Tolstoi, Robert Kennedy, y, en particular, Iván Illich, el sacerdote croata-mexicano que se alzó contra el Vaticano y que aceptó al final de sus días un cáncer invasor sin oponerle resistencia alguna. Tengo mi Dios propio- me confesó cuando le visité en su residencia en Cuernavaca.
¿Cuáles son a su juicio los mandamientos que obligan a todo escritor? Vizinczey sugirió un decálogo; señalaré aquí y ahora sólo algunos de ellos. No beberás ni fumarás ni te drogarás es el primero. Requisito para preservar “un cerebro equilibrado. “ Si alguien lee lo que ahora escribo me dirá que no fue el caso de Balzac y su adicción a la cafeína. Y otros sugerirán este consejo: Si escribes, hazlo erguido en tus pies y sobre una superficie donde estén sólo las hojas y una pluma o tu computadora… Hemingway, Agnón y Amós Oz se apegaron a esta directriz.
Otro mandamiento: “soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir…” Y sigue: “no pierdes el tiempo cuando miras el vacío… Sueña despierto… Y siempre encontrarás tu primera versión confusa e inexacta.” El ordenamiento vendrá después.
Y otro: “ no serás modesto…” El genuino escritor tiene anchas ambiciones, pretende escalar escarpadas cimas más allá de sus verdaderos recursos. Apunta: “nunca he conocido a un buen escritor que no intente ser grande”… Y en fin: “ Escribe sólo para complacerte a ti mismo…” Vida, muerte, sexo, política, dinero: “temas que lúcidamente desgajados conducen a un honesto relato”.
El escritor debe ser por añadidura un buen lector. Vizinczey se ofrece como ejemplo. Sus notas en torno a la publicación de las cartas de Thomas Mann así lo revelan. Lo considera con justicia uno de los más celebrados escritores en lengua alemana. Después de escribir frisando cincuenta años La montaña mágica y Muerte en Venecia, Mann reveló su vitalidad en sus setenta al producir El doctor Fausto y Confesiones de Felix Krull. El Premio Nobel que recibiera mucho antes no agotó sus ambiciones.
Y no deja de recordar a su maestro George Lukács y a ese don quijote de la literatura que fue Arthur Koestler. En suma: Verdad y mentiras: un libro que pide una genuina comunicación en tiempos en que sonoros y difundidos silencios nos abruman.

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