9 octubre, 2021

El controvertido amor por Serbia de Peter Handke

Otro austriaco que se acercó a la historia de los Balcanes, pero de un modo bien diferente al de Walheim,

(Ver https://aurora-israel.co.il/austriaco-en-los-balcanes-el-oficial-nazi-kurt-walheim/), fue el escritor Peter Handke. Aparte de haber ganado el Premio Nobel de Literatura, en el 2018, Handke escribe teatro, novela, poesía y ensayo, también es guionista y director de cine, siendo uno de los pocos escritores en lengua alemana que se ha acercado a la realidad de esos Balcanes indómitos, más concretamente a Serbia, y que conoce la región con cierta profundidad.

Ligado por vía materna a Eslovenia, en su novela “La repetición” nos habla de la historia de los eslovenos de la región italiana de Carintia y defiende esa presencia multicultural y plural en esa zona de Europa, pero eso sí, siempre dentro de Yugoslavia. “Para mí, desde siempre Eslovenia ha formado parte de la gran Yugoslavia, una gran Unidad comprensible en sí misma”, llegó a afirmar alguna vez Handke en unas declaraciones no exentas de polémica y que no caerían nada bien en Eslovenia.

Handke vuelve, en su literatura pero también en sus viajes, a hablar de la antigua Yugoslavia en La noche de Morava y en la Despedida del soñador del Noveno País, en que se opone de nuevo, por razones culturales e históricas, a la salida de Eslovenia de Yugoslavia y lo hace con apasionamiento, con verdadera fruición literaria convencido de que le abriga la razón. Pero, realmente, el verdadero Handke, indignado, casi furioso con una Europa que desconocía la historia y mostraba su peor cara cuando decidió sancionar a Serbia, arrinconarla de la civilización para siempre, es el que escribe Justicia para Serbia, obra cuyo antetítulo dice: Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina. Un libro provocador, valiente y descarnado, sin paliativos ni adornos, tal cual como es Handke.

Aquí, desprovisto ya de la máscara de lo políticamente correcto, Handke toma partido por el otro bando en la guerra civil bosnia, en la defensa a ultranza de Yugoslavia, y apuesta sin mácula de duda y, claramente, sin ambages de ambigüedad, por los serbios. Los bosnios, croatas y eslovenos le acusan de traidor y los intelectuales europeos creen que se ha equivocado de bando.  «Pero, ¿qué bando? ¿Los eslovenos que sólo derramaron la sangre del Ejército Federal? ¿Los musulmanes de Bosnia? ¿Los que ahora viven constreñidos entre Serbia y Croacia y la gran corrupción balcánica? Fueron ellos los damnificados predilectos, con razón (no hay jardín de Sarajevo que no esté moteado por lápidas blancas, como palomas inmóviles), sin ni siquiera preguntándose por las causas de esta guerra civil que tuvo, como siempre en estas matanzas entre hermanos, actores internacionales escondidos en la tramoya. Alemania le dio un golpe con su dedo de acero a la primera ficha y todo el dominó fue desplegando un dibujo terrible», sentencia Handke lanzando sus invectivas contra aquellos que, según él, desplegaron toda su artillería política, militar también y mediática para destruir Yugoslavia. 

Sin embargo, el libro no fue visto así por sus detractores y por numerosos intelectuales. Lo relata así el escritor José Antonio González-Cotta en una columna publicada en aquellos días: «Cuando Handke publicó su Justicia para Serbia Salman Rushdie lo llamó «idiota del año» (un título soberano que, si aplicamos la democracia en su estricto sentido, también podría haber recaído en él mismo en algún que otro año). Hoy la lapidación continúa. El filósofo Slavoj Zizek lo tacha de «apologeta de crímenes de guerra». Y nuestro admirado escritor bosnio Aleksandar Hemon lo llama «el Bob Dylan de los apologetas del genocidio».

Handke cuestiona el papel de los medios, el de las grandes potencias de Europa, pero especialmente Alemania, y el de muchos intelectuales europeos en el conflicto de Yugoslavia y denuncia la burda manipulación durante las diversas guerras yugoslavas, poniendo el dedo en la yaga en una simplificación maniquea que llegó a demonizar a los serbios y a presentar como a inocentes víctimas al resto de las partes, pero especialmente a los bosniomusulmanes, los croatas y los albanokosovares. Cuestiona la supuesta matanza de Srebrenica y asegura que el único genocidio perpetrado en toda la guerra es el de la aldea de Kravica, en la verdadera acepción jurídica de la palabra sin adulterar, dado que en esa localidad las fuerzas de la Armija bosnia -musulmanes, fundamentalmente- asesinaron a mujeres, hombres, ancianos y niños, serbios todos ellos, independientemente de su edad y de no ser un objetivo militar. 

El final de Slobodan Milosevic, un dictador que no merece maquillaje para edulcorarle ni piedad, como algunos personajes de Dostoievski, está también ligado a este escritor genial. Handke lo visitaría en la cárcel de La Haya y vuelve a cargar contra los que han destruido Yugoslavia, entre los que destaca con luz propia, en su opinión, el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia, una institución a la que no reconoce el creador y a la que resta toda legitimidad de antemano para juzgar a Milosevic, «porque ya está juzgado de antemano». Luego, cuando murió Milosevic, en el 2006, Handke asistió el funeral en que, desprovisto de todos los honores y sin la asistencia de su familia y de las autoridades serbias, el caudillo serbio fue enterrado ante más de 50.000 personas, venidas de toda Serbia, en su localidad natal, Pozarevac, a la sombra de un árbol en el jardín de su casa, donde más tarde también sería enterrada su esposa, Mirjana. Handke, en una nueva afrenta a todos lo que le habían criticado por su cercana relación con Milosevic, al que consideró siempre un personaje trágico pero que nunca criticó. Handke pronunció el discurso fúnebre, poniendo el punto y final a esta relación que le granjeó el odio de muchos en casi todo el mundo y el amor de casi toda Serbia. Qué dos austríacos tan distintos, ¿no creen?

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