Deportados: los visitantes de las ex repúblicas soviéticas que no son bienvenidos en Israel

Ofer Laszewicki Rubin – Tel Aviv Maria Bagaeva, una joven rusa de 32 años, pasó cuatro intensos y enriquecedores años de su vida en Tel Aviv. Llegó en 2014 como mochilera con un visado de turista válido para tres meses. Recuerda que en el aeropuerto “no se requería nada especial, solo te preguntaban tus razones […]

Ofer Laszewicki Rubin – Tel Aviv

Maria Bagaeva, una joven rusa de 32 años, pasó cuatro intensos y enriquecedores años de su vida en Tel Aviv. Llegó en 2014 como mochilera con un visado de turista válido para tres meses. Recuerda que en el aeropuerto “no se requería nada especial, solo te preguntaban tus razones para venir y eran bastante amigables”.

Durante su periplo se enamoró de Nadav, un joven “telavivi”, y empezaron una relación. Al terminar sus tres meses de estancia legal, salió a Jordania y regresó al país para alargar su estadía. Solo le otorgaron dos semanas extra, por lo que se dirigió al ministerio de interior para averiguar cómo extender su permiso. Le abrieron una carpeta de “relación sentimental”: un proceso regular en el que, cada cierto periodo de tiempo, debía presentarse en la sede burocrática para presentar documentación que acredite la vida en pareja.

El amor terminó. María se separó de Nadav, por lo que regresaron a las oficinas del ministerio a finiquitar su carpeta. Entonces, las autoridades israelíes le dieron un mes para arreglar sus asuntos personales en el país y tomarse un billete de vuelta a su Rusia natal. “Pregunté si podría volver al país, y en el ministerio de interior no me dieron una respuesta clara. Al marcharme, pregunté en el aeropuerto al funcionario del control de pasaportes. Buscó mi perfil en el ordenador, y me respondió que sí, que no habría problemas”, relata la joven moscovita.

Maria Bagaeva, durante su estancia en Israel. / Foto: Facebook

Volvió a Rusia, pero un problema físico le trunco su readaptación y pasó un periodo depresivo. “Cuando viví en Israel, practiqué mucho yoga, danza y otras actividades. Me ayudó a darme fuerza interior, y me mostró el camino que quería para mi vida”, cuenta. Además, en Tel Aviv se dedicaba a cuidar animales de compañía de personas que viajaban al extranjero. Se sentía enérgica, añora esos tiempos.

Todavía tenía flecos pendientes para dar carpetazo a su vida en “la ciudad que nunca duerme”: recoger unas cuantas pertenencias; cerrar su cuenta bancaria, que dejó activa porque tenía un cobro pendiente de un último trabajo; y un perro compartido con su ex pareja. “Tenía mi billete de vuelta contratado y pagado, solo necesitaba cerrar la etapa con Israel, las cosas materiales que me mantenían ligada, y seguir adelante”. María aterrizó en Ben Gurion, pero jamás imaginó el calvario que le esperaba: le vetaron la entrada a Israel y fue detenida.

 

LOS MECANISMOS DE CONTROL EN BEN GURION

Al aterrizar en el aeropuerto internacional de Ben Gurion, todos los visitantes son sometidos a un control de pasaportes. Mientras que la mayoría de israelíes lo pasan automáticamente, los extranjeros son cuestionados sobre sus motivos para visitar el país como medida de seguridad preventiva. Joshua Pex, abogado especializado en lidiar con problemas de entrada al país, escribió un detallado artículo en su página web personal con algunos consejos: tener por escrito los nombres de los amigos o conocidos con los que uno se encontrará en Israel, cuanto tiempo tiene previsto estar en el país o mostrar el billete de regreso.

El abogado detalla que suele lidiar con casos de maridos o esposas de israelíes con nacionalidad extranjera a quienes se deniega la entrada; familiares de trabajadores extranjeros que viven en Israel por un periodo delimitado de tiempo y que son rechazados; o turistas de países que no tienen un acuerdo de visado libre con el estado judío y que suelen ser vetados, en cuyo caso se recomienda traer documentación que sirva para probar que su “centro de vida” (trabajo o domicilio fijo) se encuentra en su país de origen para lograr convencer a las autoridades aeroportuarias.

Viajeros detenidos en el aeropuerto internacional Ben Gurion. / Foto: Moshe Milner (GPO)

A su vez, en los últimos tiempos ha suscitado polémica el veto impuesto sobre activistas críticos con Israel y su política respecto a los palestinos. El último caso mediático fue el de la estudiante estadounidense de origen palestino Lara Alqassem, que fue detenida por las autoridades aeroportuarias, por orden del ministerio de asuntos estratégicos, por su supuesto apoyo al movimiento BDS.

Según la ley israelí, todo aquel visitante rechazado debe ser devuelto a su destino de origen. “El deportado recibe una prohibición automática de entrar a Israel por un periodo de 5 a 10 años. En la práctica, esto se extiende de por vida, a menos que no se produzca un cambio radical de circunstancias”, señala Pex.

 

DETENIDA

Maria aterrizó en el aeropuerto de Ben Gurion la medianoche del 11 de octubre. En el control de pasaportes, una mujer, en tono amable, comprobó que tuvo un visado por relación sentimental. “Tendrás que esperar para unas preguntas extra. Hay un espacio en la esquina del hall, espera ahí porque puede tomar unas horas”, le indicó la funcionaria. Mientras tanto, retuvo su pasaporte.

En el espacio había unas 15 personas. Se puso cómoda para esperar. “Empezaron a llamar a gente por su nombre. Algunos, desesperados, pedían que les dieran explicaciones”, explica la joven. Entre dudas y nerviosismo pasaron cuatro horas. Tenía amigos esperándola, y les dijo a los guardas que podían verificar su teléfono y que tenía su billete de regreso para mostrarles. “Un hombre me preguntó en ruso cuales eran los motivos que me traían de vuelta a Israel. Lo anotó en un papel, me dijo que era un caso difícil, y se fue. Eran las 4 de la madrugada. Hasta que llegaron las 8 de la mañana, tras el cambio de turno, nadie me habló. Entiendo algo de hebreo, y les oía discutir sobre que a mi debía cuestionarme alguien en concreto”, relata María.

Maria Bagaeva, durante su estancia en Israel. / Foto: Facebook

“¡Bagaeva!”, exclamó un guarda. Fue llevada a una sala pequeña contigua. De nuevo, le preguntaron por los motivos de su llegada. Le explicó que vivió cuatro años en Tel Aviv, y que tan solo vino a zanjar unos asuntos personales. “Todo el rato me cortaba. Volvía a preguntarme porque no arreglé antes mis temas pendientes. Yo le repetía que no pretendía quedarme, no me parece ningún crimen volver de nuevo al país”, afirma la joven. El interrogador ni quiso ver el billete de vuelta. Le preguntó si llevaba efectivo, y ella le explicó que no, que todo su dinero disponible estaba en la tarjeta de crédito rusa. Solo necesitaba comprar un billete de tren con dirección al sur de Tel Aviv. “¿Si no tienes pasta, como vas a llegar?”, le insistía. Constantemente, buscaban poner en entredicho las afirmaciones de la detenida.

Continuaron las presiones. Le alegaron que no podía entrar al país porque sobrepasó el visado en la última ocasión. “Es falso, me dieron aquel papel en el ministerio de interior que me permitía alargarme un mes para arreglarme y marchar”, dice. Luego pasaron a su relación. Que según la ley, si te separas de tu pareja israelí debes dejar el país a toda prisa. “Solo trataba de buscar razones para detenerme. Finalizó la entrevista, y me certificó que tenía la entrada vetada”.

 

EL ENCIERRO

La funcionaria del principio volvió: “me dijo que ella era la responsable, que nadie más me hablaría, y que volviera a la habitación, sin decirme por cuanto tiempo me quedaría ahí. Me dio un papel para firmar, pero me negué, porque había muchas cosas escritas y no lo entendía”, prosigue María. Dos tipos se le acercaron, y le pidieron que los siguiera para esperar a su vuelo de vuelta. Se negó: quería hablar con un abogado o alguien en el consulado ruso. Entonces, la amenazaron: “debes seguirnos o usaran la fuerza contra ti”.

No tuvo opción de hablar con nadie. La subieron a un coche “entre rejas como a los criminales”. Junto a otras dos personas de Georgia, la llevaron a las “instalaciones de inmigración, que es a la práctica una prisión rodeada de guardia y vallas. Me metieron en una celda cerrada, con cuatro camas y baño. Para cualquier cosa, me dijeron que debía picar al timbre y esperar a que viniera un guardia”, recuerda. Y continúa: “era muy humillante, se reían de nosotros y nos hablaban fatal. Me confundían, ya que me decían que tal vez volaría el mismo día o podía ser que cuatro días después”.

Cuando le dieron opción de llamar, tecleó el número de su ex pareja, el único que recordaba de memoria. Luego, habló con el consulado ruso, pero le dijeron que poco podían hacer por ella, que solo podía esperar encerrada a ser deportada. “Es difícil cuando hasta tu propio consulado te pide que no molestes”, reconoce.

 

INCREMENTO DE LLEGADAS DE LAS EX REPÚBLICAS SOVIÉTICAS

Dos motivos explican el enorme incremento de las llegadas de ciudadanos procedentes de las ex repúblicas soviéticas. En 2008, Israel y Rusia firmaron un acuerdo que eliminaba la necesidad de obtener visados especiales a los ciudadanos de ambos estados que quisieran visitar el otro país. A continuación, Israel firmó tratados similares con Ucrania, Bielorrusia y Georgia. Estas iniciativas fueron impulsadas por parlamentarios de “Yisrael Beiteinu”, -formación de la derecha israelí cuya base electoral son judíos llegados de la ex URSS-, y supusieron un boom en la visita de turistas.

Según datos recogidos en una investigación del diario Haaretz,  de una media de 55.000 visitantes de Rusia a principio de los años 2.000, en 2009 aterrizaron en Ben Gurion 228.000, y casi 300.000 al año entre 2015 y 2017. Algo similar ocurrió con los ucranianos: mientras que a principios del nuevo siglo venían apenas 27.000 por año, entre 2015 y 2017 se contabilizaron 130.000 por año. En 2017, por ejemplo, 8.560 turistas ucranianos fueron devueltos a su país tras ser detenidos en Ben Gurión. En los primeros cinco meses de 2018, 1.477 visitantes rusos corrieron la misma suerte. Maria Bagaeva se sumó a esta lista.

Pista de aterrizaje del aeropuerto internacional Ben Gurion. /Foto: Ya’acov Sa’ar (GPO)

Por otro lado, miles de ucranianos y georgianos han entrado a Israel en los últimos dos años con la pretensión de lograr estatus de asilo político, e impulsados por una industria local de empleadores que buscan mano de obra barata. Los “fixers” israelíes les aconsejan vías para entrar al país, pedir asilo y así obtener permiso de trabajo legal, para luego colocarlos en sectores como la construcción, limpieza u hostelería.

Este periodista pudo presenciar enormes colas frente a la sede del ministerio de interior en la calle Shalma al sur de Tel Aviv, donde centenares de ucranianos y georgianos pasaban la noche para guardar turno en la oficina de petición de asilo. Debido a esta problemática, las autoridades han elevado la supervisión. Mientras que en 2017 se registraron 7.700 peticiones de asilo de ucranianos, durante el primer medio año de 2018 se produjeron menos de 1.000.

 

TRATO DENIGRANTE

“No me dieron ningún papel durante todo el proceso. Solo tres días después, un guardia, algo más humano, me escuchó. Le pedí explicaciones, así que me dijo que comprobaría en el sistema. Luego regresó, y me dijo que fui detenida porque sospechaban que quería quedarme ilegalmente en el país”, detalla María. Pero en el fondo seguían siendo palabras, nada por escrito.

El día 15 de octubre, cuatro días después de su detención, fue llevada con seguridad especial y en solitario al aeropuerto. La iban a poner directa en un vuelo, sin tan siquiera devolverle el pasaporte en mano, que fue entregado a la tripulación. “Me querían mandar de vuelta por la misma ruta que usé para venir, vía Salónica (Grecia). Les dije que no tenía visado para la zona de libre circulación europea Schengen, pero ellos me repetían que no tendría problemas”.

Su temor se confirmó: al poner pie en el aeropuerto griego, fue detenida en la zona de tráfico. “Me mintieron en todo momento, y llegué a Grecia sin ningún papel para acreditar lo que ocurrió. La policía griega decía que era raro, que normalmente con el pasaporte te entregan un documento de deportación. Como no lo tenía, no me podían mandar de vuelta a Rusia”. Un caos.

Durante su estancia detenida, María recuerda que compartió celda con una mujer filipina que venía a ver a su madre, que trabaja hace seis años como cuidadora en Israel. Fue detenida y encerrada con su bebé. También compartió espacio con una anciana rusa que venía a darse un tratamiento para sus rodillas malheridas en el Mar Muerto. “No está adaptado para viejos o niños. Es muy duro, no hay donde sentarse o estirar las piernas. Si pides agua, tardan en traértela. Incluso gente que pedía un médico con urgencia no era atendida”, asegura María.

En la investigación de Haaretz, el portavoz de la embajada rusa en Israel, Dmitry Alushkin, alegó que “estamos en contacto con las autoridades de Israel sobre este asunto. A veces recibimos explicaciones sobre casos específicos de denegación de entrada, pero no siempre nos satisfacen”.

Hay casos verdaderamente graves, como el de la familia Weisgeim. Los padres, Andrei y Yekatarina, llegaron a Ben Gurion con su hijo Nikita, un niño de seis años autista. Venían a ver amigos, ver a un psiquiatra especialista para ayudarles con la patología del pequeño, y visitar lugares sagrados cristianos “para rezar, que tal vez ayudará”.

Las autoridades aeroportuarias decidieron encerrar a la familia, alegando que proporcionó información contradictoria en el control de pasaportes, por lo que sospecharon que querían quedarse a trabajar ilegalmente. Fueron detenidos y el niño sufrió un estrés intenso, que agudizó todavía más su enfermedad. Respecto a esta problemática, las autoridades se limitaron a alegar que “cuando mayor es el número de turistas que llegan de un país específico, mayor es el número relativo de entradas rechazadas”.

 

 

 

 

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