De Compostela a Ierushalaim

Porque llamar al pueblo a votaciones en cuatro ocasiones los últimos dos años por la incapacidad de esos políticos elegidos para formar un gobierno con una mínima estabilidad, no merece calificativos positivos hacia ellos. Que la ciudadanía exprese su voluntad votando nunca se debería identificar como fracaso, pero sí resulta decepcionante que esa pluralidad manifestada […]

Foto: Comité Electoral Central

Porque llamar al pueblo a votaciones en cuatro ocasiones los últimos dos años por la incapacidad de esos políticos elegidos para formar un gobierno con una mínima estabilidad, no merece calificativos positivos hacia ellos.

Que la ciudadanía exprese su voluntad votando nunca se debería identificar como fracaso, pero sí resulta decepcionante que esa pluralidad manifestada por el pueblo acorde al sistema electoral vigente no se derive en acuerdos firmes y duraderos para constituir un ejecutivo que dé respuestas a las necesidades y problemas que la sociedad manifiesta. No es de recibo lo que en Israel ha ocurrido en estos últimos veinticuatro meses.

Analizar los datos que arroja la compleja política israelí desde la distancia puede resultar atrevido, teniendo en cuenta que nosotros tampoco estamos en condiciones de dar lecciones a la vista de los acontecimientos en los últimos años. Aquí, a nivel del estado español, han emergido nuevas organizaciones que han obtenido una considerable representatividad institucional. Se ha fragmentado el congreso de los diputados, pero nuestros representantes, al igual que acontece en Israel, no son capaces de interpretar la voluntad de los ciudadanos, rompiendo acuerdos habitualmente, disolviendo los parlamentos y llamando a urnas de forma adelantada, buscando el correspondiente rédito electoral.

Pero, ¿qué tiene que suceder en ese trocito de Oriente Próximo, único país con plena democracia de la zona, para que se formen gobiernos que funcionen los cuatro años de rigor? Acaso los resultados en estas últimas cuatro elecciones han clarificado la situación … Ciertamente, no. Un servidor tuvo la osadía en esta misma columna en sugerir una modificación del sistema electoral, donde se exigiera un mínimo del cinco por ciento de votos para acceder a la Knéset. La consecuencia sería una deseable reducción de organizaciones políticas con representación. Otra opción a estudiar podría ser la fórmula de segunda vuelta. El ganador tendría vía libre para gobernar el tiempo establecido. Son alternativas que no se deberían descartar. Desconozco cuál sería el procedimiento para tomar medidas de ese tipo o similares, aunque se supone que precisarían de un amplio consenso.

Otra cuestión detectada en la clase política israelí viene dada por los egos de algunos, por una parte, y en segundo lugar, las aversiones y fobias de los unos contra los otros. Resulta obvio que las altas dosis de cainismo impiden avances en favor del interés general. Probablemente, convendría que Netanyahu decidiera apearse del barco y dejar su liderazgo, dando paso a otros actores. El, siendo el que ha encabezado los últimos gobiernos, no ha sido quién de estabilizarlos. Semeja que en cada curso electoral es un referéndum sobre su persona. Por otro lado, no ayuda en nada la lentitud del proceso judicial en su contra.

Cada judío sabe como es mejor, dice uno de los múltiples y variados proverbios. Pero la cosa pública atañe a todos.

  • Socio de AGAI –Asociación Galega de Amizade con Israel-
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