26 noviembre, 2020

Atisbando el futuro

La  sensación de que estaríamos acercándonos a la salida del largo túnel en que estamos todavía sumidos comienza a tomar cuerpo en más de un sentido. Por un lado, los anuncios positivos de al menos dos de las instituciones involucradas en el desarrollo y producción de una vacuna que combata el Coronavirus, que estarían culminando […]

Sede central del Fondo Monetario Internacional en Washington, DC. – Foto: Wikipedia – Dominio Público

La  sensación de que estaríamos acercándonos a la salida del largo túnel en que estamos todavía sumidos comienza a tomar cuerpo en más de un sentido. Por un lado, los anuncios positivos de al menos dos de las instituciones involucradas en el desarrollo y producción de una vacuna que combata el Coronavirus, que estarían culminando exitosamente sus pruebas, comienzan a ser acompañados por anuncios similares de otras instituciones, y alimentan la esperanza de que la solución a la actual pandemia -en sus aspectos estrictamente sanitarios- es ya sólo una cuestión de tiempo.  Por otro lado, los resultados de la elección presidencial en los EEUU., que ha mantenido en vilo a todo el planeta, están  dejando atrás el temor de una continuación de la nefasta administración del Presidente Trump, aunque preocupe la persistencia del apoyo a su gestión y a su obstinada y ridícula oposición a aceptar los resultados de la elección, por parte de una significativa proporción de la sociedad estadounidense.

Pero los signos alentadores que surgen de los avances en el área de la salud -las vacunas efectivas que parecen estar al alcance de la mano- y del respiro que otorga a los EEUU  (y al mundo) la esperada instalación de una administración que, a diferencia de la actual, se compromete al menos a respetar las reglas de juego democráticas, no pueden ocultar los graves problemas que habrá que enfrentar e intentar resolver a la salida de la pandemia, tanto en el terreno económico como en el social. En el caso de Israel, el panorama político no se muestra como el más adecuado para diseñar, proponer y poner en práctica estrategias conducentes a esa salida. De hecho, el gobierno aparece más preocupado por sus rencillas internas -los escándalos políticos están a la orden del día-, que por la grave crisis que atraviesa el país. Por ello es preciso calificar casi como un milagro el que continúen funcionando las instituciones y la actividad cotidiana se desenvuelva con cierta normalidad, porque las directivas gubernamentales -comenzando por la larga ausencia de un presupuesto, cuya falta de aprobación es ya una vergüenza nacional- brillan por su ausencia.

En efecto, es casi un milagro que en medio de la crisis que nos afecta, las cifras sobre el tercer trimestre de este año publicadas recientemente por la Oficina Central de Estadística de Israel muestran un comienzo de recuperación, que es de esperar puedan irse consolidando. Ciertamente, la desocupación continúa haciendo estragos: entre los que buscan activamente empleo y los que se encuentran ausentes temporalmente de sus puestos de trabajo, la cifra actual se sitúa en el orden de las 600.000 personas (casi un 15% de la fuerza de trabajo), para la mayor parte de los cuales los únicos ingresos que perciben provienen de los subsidios votados en su momento. Y como se ha señalado ya varias veces, la desocupación afecta sobre todo a los trabajadores con menores salarios y baja calificación laboral (lo que explica la paradójica situación que en medio de la crisis, el salario promedio haya aumentado). Este sesgo en la estructura de la desocupación implica que, a la salida de la crisis, la recuperación del empleo se hará más difícil y lenta, por lo que sería imperativo contar desde ya con programas de recuperación.

Pero esto, lamentablemente, no está sucediendo, aún cuando el propio Fondo Monetario Internacional (FMI), famoso por sus posiciones respecto a las ventajas del mercado, recomienda definir y mantener estrategias públicas en ese sentido. En efecto, en las últimas semanas visitó Israel una misión evaluadora del FMI y el 19 de noviembre se hizo público el informe preliminar preparado por esa misión (el informe final estará disponible a principios del año próximo). En ese primer informe, la misión del FMI no va, aparentemente, más allá de las generalidades con que reconoce la fortaleza de la macroeconomía israelí para enfrentar la pandemia, las medidas fiscales y monetarias tomadas para enfrentarla y la mención a las políticas que recomendaría para una sólida recuperación. Contiene, eso sí, una  breve referencia a la necesidad de aprobar lo antes posible un presupuesto para el 2021 (¿será un mensaje subliminal para el Primer Ministro?) y recomienda mantener la continuidad de los apoyos fiscales más allá de mediados de ese año -para servicios de salud, para mantener el seguro de desempleo, para apoyar a los autoempleados – en caso de que persista la pandemia (pese a que en círculos gubernamentales se han alzado voces contra esos apoyos, argumentando que con ellos “se desincentiva a la gente para buscar trabajo”, como si sobraran las oportunidades de emplearse).

Mientras tanto la crisis sanitaria no cede, y en el gabinete -con la sociedad como testigo mudo de sus interminables discusiones- se debate si abrir más o menos rápidamente el sistema educativo y un más amplio espectro de actividades económicas, como un “trade off” entre la pandemia y la crisis económica. Pero lo que parece realmente acaparar la atención es el conflicto por el poder, que se refleja en la vigencia de temas tales como la creciente posibilidad de una nueva convocatoria a elecciones, o la necesidad o no de la Comisión gubernamental creada para que investigue el llamado asunto de los submarinos.  Esto justifica, una vez más, la sensación de que esta sociedad continúa moviéndose -¿estará en el modo de piloto automático?-, pese a la falta de gobernabilidad que la afecta.

Es cierto que en el área internacional ha habido noticias alentadoras. Los Acuerdos de Abraham constituyen un paso positivo para el país, una vez que se balancean sus pro y contras (al respecto una nota anterior dedicada al tema); la victoria demócrata en los EUU permite abrigar la esperanza de que en algún futuro (¿cercano?) se termine por negociar la paz con los palestinos y se acabe con la ocupación. Y que ello, junto con los nombrados Acuerdos de Abraham, abra nuevas avenidas para una convivencia pacífica en el Medio Oriente.

Pero lo que es cierto también es que mañana, cuando los signos alentadores de una crisis sanitaria se conviertan en realidad, cuando la pesadilla de otros cuatro años de administración Trump en nuestro más poderoso aliado se haya desvanecido, mañana no nos encontrará listos para rehacer una economía sólida y sobre todo solidaria, si no se planea adecuadamente el futuro. El propio FMI sostiene en el citado informe que “el desempleo, incluyendo las personas que están con licencia sin goce de sueldo, es probable que continúe en los dos dígitos (se refiere al año próximo). Y un mayor desempleo entre trabajadores de bajos ingresos es probable que exacerbe la ya alta desigualdad de ingresos en Israel”.

En todo el planeta comienzan a alzarse voces que vislumbran un futuro distinto a la salida de esta crisis, que reconocen que los modelos de funcionamiento vigentes, con sus funestas consecuencias en materia de desigualdad, pueden y deben ser superados con nuevas y más justas modalidades de desarrollo. Es tiempo de que esas voces se hagan oir también en Israel.

 

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