Un regalo de Dios

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Pablo Sklarevich
El levantamiento contra el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, fue ciertamente encarnizado pero tan poco profesional que algunos se preguntan si no se trató en realidad de un autogolpe.
Se ha rumoreado mucho sobre la supuesta paranoia del presidente turco; pero que uno sea paranoico no significan que no lo estén persiguiendo.
Más allá de las teorías conspirativas, Erdogan ve el fallido golpe como “un regalo de Dios”, una oportunidad de oro para purgar por enésima vez al ejército, antiguo bastión del kemalismo laico, una espina para el proyecto islamista del mandatario turco.
Con 400 mil soldados activos y 185 mil reservistas, el ejército turco es uno de los diez más grandes del mundo. Con ese poder militar, Turquía es el segundo miembro más grande de la OTAN, después de Estados Unidos, pero por delante de Gran Bretaña, Francia y Alemania.
De acuerdo con el manual de la CIA, el presupuesto militar anual de Turquía asciende a 18 mil millones de dólares, o sea el 2,2 por ciento de su PBI.
Es poco probable que el presidente turco resista la tentación de “limpiar” el aparato del Estado y adornar con mayores poderes su figura presidencial. Como así también es probable que el giro autoritario, que la Unión Europea tanto teme, irradie mayor inestabilidad en la zona.
El neoliberalismo, la globalización y la revolución tecnológica han causado que los marginalizados y desencantados miren hacia atrás, Erdogan promete a las masas el sueño de volver a la era del Sultán –una propuesta que no entusiasma a los árabes-, el Estado Islámico añorando el califato, Donald Trump la edad de oro americana -y la mitología del cowboy-, Bernie Sanders y Jeremy Corbyn añoran el Estado Benefactor o la revolución bolchevique.
En este contexto de caos e inestabilidad regional sería sorprendente que prosperen iniciativas que requieren mirar hacia adelante, además de una gran inversión de riesgo y confianza.

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